Escribe: OSCAR CRUZ RAMÍREZ*

Están en todas partes, y no están en ningún lado: Sentados en la puerta de alguna iglesia o a la entrada de un cementerio, ubicados en viviendas precarias en una plaza o en la vereda de una calle transitada. También pueden ubicarse en los paseos centrales y principalmente en los semáforos. Están allí, y procuran llamar nuestra atención de muchas maneras, algunas más creativas, otras veces simplemente con su presencia, algunos vendiendo frutas u ofreciendo algún servicio que puede o no resultar útil y necesario. Están allí, pero no los vemos.

En algunos casos, su presencia nos pasa absolutamente desapercibida, y en otras, como cuando terminamos de estacionar y se acercan a pedir la “contribución” de rigor, podemos sentirnos molestos o resignarnos ante el problema, pero ya no podemos fingir que no los vemos. Sentimos en ocasiones que constituyen un peligro, o por lo menos que forman parte de la inseguridad generalizada. A veces, las menos, los llegamos a conocer, saber sus nombres y eventualmente tomar conciencia de su situación. Por diferentes razones, propias de la forma de ser de cada uno de nosotros, de pronto una de estas personas puede llegar a caernos bien o a ganarse nuestra simpatía, y colaboramos con ellos de manera usual.

Muchos son niños aún, lo que hace más triste su realidad; no se puede precisar el porcentaje de mujeres y hombres, o la franja etaria, que es muy disímil. Algunos tienen discapacidades físicas y hasta intelectuales, aunque la mayoría se valen de sus propios medios físicos y ciertas habilidades para, sencillamente, sobrevivir.
Son las personas más pobres de nuestra sociedad, los que habitan y engrosan año tras año los cinturones de pobreza de la capital y algunas otras ciudades, los indígenas relegados por siglos que jamás se sobrepusieron a la condición de siervos impuesta por los jesuitas, comiendo los restos fuera de las reducciones, los desposeídos como son llamados por muchos, los campesinos que vendieron sus tierras pensando en poder huir de la pobreza endémica de dimensiones culturales centenarias y dejaron la marginalidad rural para encontrarse con otra marginalidad más dura que los ubica como absolutos analfabetos funcionales dentro de una sociedad que no los comprende y con un esquema político corrupto que los utiliza.

Según los últimos datos del Dane realizados, la población colombiana en estado de pobreza representa el 42.,1% del total de los habitantes del país, por lo que de un universo de 50.000.000 habitantes podemos inferir que según esta entidad estatal son más de 21,02 millones de personas las que subsisten con menos de $331.688 mensuales, un monto que, según el Dane, es la línea de pobreza en Colombia en situación de pobreza .Las explicaciones en relación a qué determina o cómo afecta a este extracto social tal condición es extensa, pero básicamente podemos decir que están obligados a hacer lo que sea para llevar diariamente el sustento a sus hogares. De estas personas, por razones de edad (menores y ancianos), sexo (niñas y mujeres) y origen étnico (indígenas principalmente), se encuentran enmarcadas en la llamada vulnerabilidad extrema; y otro dato importante es que en el extremo del índice de pobreza está la pobreza extrema, que en nuestro país es de aproximadamente el 15.1 %, que representa 7.5 millones de colombianos invisibles para un Estado que no les importa que pasen hambre.

Título original: “LOS CIUDADANOS INVISIBLES”

*Dirigente social y político de Alianza Verde, en disidencia con las decisiones inconsultas a las bases. Constructor del Pacto Histórico en Risaralda. Empresario con énfasis social, el agro y ex concejal de Pereira durante doce años.

 

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