Pobreza, la tragedia de los comunes

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Pobreza, la tragedia de los comunes

“Nos estamos muriendo de hambre y hay días en que lo único
que podemos tener es lo que nos da la carretera”.

(Testimonio de un habitante a Fred Jiménez, realizador del audiovisual
que documenta la problemática de pobreza en Tasajera).

La explosión fue fulminante. El camión cisterna voló en llamas y con él, la esperanza y la vida de una decena de descamisados pobladores del humilde corregimiento de Tasajera, en Pueblo Viejo (Magdalena). El cuadro dantesco que circula por las redes y noticieros del país da cuenta del momento en que las llamas abrazan a estos pobres pescadores de la otrora Ciénaga Grande de Santa Marta. Minutos antes medio centenar habían llegado al lugar y, con el alma pegada a sus huesos, rondaban el “camión-bomba” en busca de una oportunidad para conseguir combustible gratis, ante la mirada impotente de las autoridades de policía.

La tragedia que está semana sacudió al país, ocurrió en la Troncal del Caribe en el kilómetro 47, a la altura de la Vía Parque Isla de Salamanca y es el resultado de años de abandono y desidia oficial de uno de los pueblos más pobres de la costa norte. La pobreza de sus habitantes es tan grande como el tremendo daño ambiental que sistemáticamente se ha causado a este hermoso ecosistema conocido como el “aeropuerto internacional de las aves del caribe”.

La situación de pobreza extrema comenzó hace cerca de 50 años con el deterioro ecológico provocado por el inicio de la construcción de la Troncal del Caribe, que une a Barranquilla con Santa Marta, sin los estudios de impacto ambiental y pese a la oposición de muchos ambientalistas nacionales y extranjeros. La vía interrumpió el natural flujo hidrológico entre la ciénaga y el mar, causando en los años 90 un tremendo impacto ambiental con la pérdida de más de 285 kilómetros de bosque de mangle y la muerte de miles de peces y especies endémicas.

Para muchos investigadores y estudiosos, como Lerber Dimas, la situación social que viven los pescadores artesanales de esta zona es una verdadera “bomba de tiempo” que explotó por el eslabón más débil. La pesca artesanal ha venido en franca e inexorable decadencia debido principalmente a cuatro conflictos ambientales: los incendios, la ocupación ilegal de predios, el robo de los ríos y la pobreza rural.

Desde el año 2014 se han venido presentando reiterados incendios cerca de la carretera y de la margen derecha del río Magdalena que han afectado casi 1.000 hectáreas de las 16.000 que conforman el áreas protegida del Parque Natural de la Isla. La conflagración más grande se presentó este año en el mes de mayo, en medio de la pandemia, afectando la cobertura vegetal y el desplazamiento de diferentes especies de fauna y flora, como caimanes, aves, tortugas y zorros mangleros. Estas quemas -según declaraciones de Patricia Saldaña, directora del Parque- están asociadas, en su mayoría, a los cazadores y pescadores que dejan prendidas sus fogatas, a los pasajeros de la vía que arrojan colillas de cigarillo y a manos criminales de personas inescrupulosas que quieren apoderarse de los terrenos.

La ocupación ilegal de los predios es una típica usurpación de las “tierras baldías de la nación”, llevada a cabo por “tierreros” o testaferros a sueldo que se encargan de arrazar con la vegetación nativa para plantar pastos y darle paso a la ganadería extensiva que viene consolidándose en la zona de amortiguación del Parque. Entre los años 2002 y 2003, el exdirector territorial del Incoder (hoy ADR) del Magdalena, José Fernando Mercado Polo y 6 funcionarios más, participaron de la usurpación de predios para entregárselos a Jorge 40 -jefe paramilitar del Bloque Norte-, quién lo había hecho nombrar en el primer Gobierno de Álvaro Uribe; hechos por los cuales fueron condenados por delitos de fraude procesal, concierto para delinquir y falsedad ideológica en documento público.

El robo de las aguas de los ríos que abastecen la Ciénaga Grande del Magdalena es una práctica promovida por los grandes empresarios de la industria bananera y palmera del Magdalena, quienes desvían el curso de los ríos y quebradas. La construcción de grandes diques para irrigar sus predios, disminuyen el caudal y afectan todos los ecosistemas acuíferos de la zona. Hace apenas un año (2019), el alcalde de Puebloviejo Wilfredo Ayala, fue víctima de las amenazas de poderosos empresarios del agro, cuando denunció el robo de las aguas del río Aracataca que provocaron una grave crisis entre los pescadores y habitantes de las riberas de la Ciénaga. Este tremendo daño ambiental ha dejado sin agua potable a por lo menos la mitad de los 33.000 habitantes del municipio.

Debido a estos dramáticos conflictos ambientales, la situación de pobreza de la zona se agudizó y empujó a los desesperados pescadores a abalanzarse sobre el camión, como lo han venido haciendo desde hace varios años ante el volcamiento de vehículos de transporte de alimentos o el bloqueo de la vía para “pescar” ayudas en los carros que pasan por allí. Solo que está vez, el carro-cisterna los condujo al infierno.

Como lo registra la literatura, las tragedias en Colombia como la pandemia y la pobreza andan de la mano de la muerte. La gestión de la muerte en nuestro país, a diferencia de las naciones más civilizadas, ha sido por mucho tiempo el asunto público más destacado. Vivir esta constante amenaza no es solo cuestión de enfermos y desahuciados, sino es nuestro problema colectivo más importante. Con cientos de masacres, miles de muertos y desaparecidos, hemos convertido a la parca en la fórmula más efectiva de dominación política. De ahí la banalidad de los matarifes que creen hacerlo por el bien de la patria y en nombre de dios y la santísima virgen.

Ahora, con motivo de la pandemia del Covid-19, los dirigentes se lavan las manos como los más cínicos e indolentes. La vida y la muerte de los pobres les parece siempre sospechosa. Privados de la libertad para elegir una forma de vida digna y condenados por la necesidad de sobrevivir, a los pobres nos les queda otro camino que jugarse la vida en cada trance, con tal de procurarse su precaria subsistencia.

Para algunos comentaristas y voceros oficiales, la muerte en la explosión del carro-cisterna les parece algo ridículo y torpe. “Ellos se la buscaron”, es la frase que se repite cada vez que los pobres mueren trágicamente. Porque en este caso, de los pobres pescadores de Tasajero, la crónica de sus vidas es la tragedia anunciada de su muerte en el intento de apañar un mendrugo de pan.

En este caso, como lo afirmó Adela Cortina, el odio a los pobres es un pensamiento racista y aporofóbico basado en la creencia de que quienes están en situación de pobreza y vulnerabilidad no tienen nada que aportar a la sociedad y son una partida de “atenidos” y dilapidadores de los recursos escasos que podrían emplearse en cosas más productivas y eficientes!

Fuente: Luis Alfredo Muñoz Wilches

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