Cuando las empresas tienen intereses ajenos al pueblo y al bienestar general

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Cuando las empresas tienen intereses ajenos al pueblo y al bienestar general

Si fuese asumido por el conjunto, o por lo menos por un sector de la burguesía nacional, serían posibles acuerdos en línea con el interés del país. Que no han podido prosperar porque la posición de esta clase social como tal en los hechos, nunca lo hizo posible. A lo sumo, algunos gremios económicos en particular expresaron y expresan ocasionalmente, con mucha validez, pero de modo aislado y fugaz, sus reclamos o su descontento ante el vulgar entreguismo de los gobiernos, prácticamente sin excepción, respecto de los intereses nacionales del país, desde el inicio de la imposición del modelo neoliberal en Colombia hasta hoy, para no referirnos sino a este tramo de nuestra historia reciente. Pero una posición como clase frente a hechos fundamentales del país, por ejemplo, la apertura económica, el TLC con Estados Unidos, el abandono total del fomento industrial y agrario, la completa desprotección del trabajo nacional ante la competencia foránea, no se ha visto en el sentido indicado.

El adocenamiento, la tendencia a acomodarse rápidamente a lo dispuesto por el gobierno de turno, e incluso el servilismo ante las “novedades” de la metrópoli gringa ─especialmente en la cándida euforia de los comienzos en materia de “economía de mercado”─, ha sido la regla entre sus portavoces, o entre quienes era dable esperar que lo fuesen, con muy contadas excepciones. Recientes posiciones del presidente de la Andi, Bruce Mac Master, planteadas en su columna a fines de mayo: “Estructuralmente, lo único que defiende el empleo es la defensa del aparato productivo nacional”, tras lo cual, agudamente, añadió la necesidad de la “…revisión de las cláusulas excepcionales vigentes en el marco de los acuerdos de la OMC y los tratados de libre comercio suscritos por Colombia…”. De desear que, en lugar de furtivos chispazos en la oscuridad, formulaciones tan rotundas como acertadas presidieran la actitud del empresariado ligado a la producción ante las dificultades en aumento, presentes y venideras. Y eso que falta ver si los empresarios del sector productivo se aguantarán otra vez impasibles que el gobierno, frente a la recesión global en marcha y su anunciada caída en depresión, ─y no obstante la ruptura o ralentización temporal de la cadena global de suministros─ sacrifique de nuevo el interés nacional frente a entidades financieras globales, multinacionales, intereses comerciales foráneos y grupos financieros criollos.

Una posición temprana, vigente hoy y mañana

La industrialización y el desarrollo nacional no son, por supuesto, asuntos que interesen exclusivamente a los industriales. Conciernen a todos los colombianos, cualquiera que sea su ideología, posición política y situación social. Viene al caso entonces anotar que si alguien denunció con vigor insuperable y claridad máxima, incluso desde antes de la plena implantación en Colombia de la superchería ideológica del modelo neoliberal, con el ahondamiento de las desigualdades sociales y su raíz imperialista, ese fue Francisco Mosquera Sánchez, el líder y fundador del PTC, más conocido entre el público como MOIR.

Desde fines del gobierno Barco ─quien le dio temprana aceptación al consenso de Washington─ hasta su fallecimiento en 1994, Mosquera apremió a la burguesía nacional a ponerse de pie, a develar la falaz promesa de prosperidad de la apertura económica y a rechazarla, a defender el resuelto papel del Estado como fuerza principal del desarrollo nacional, y a unirse a los trabajadores en aras del progreso del país y de su independencia como nación. Su refutación de los postulados aperturistas, como sus advertencias sobre sus consecuencias, resistió la prueba del tiempo y se cumplió de modo incontestable. Lejos de poder reconvertir sus equipos con financiación extranjera, como pregonaban los embaucadores neoliberales, al igual que el enunciado absurdo de que someter sin más la industria nacional a la competencia foránea iba a traer un aumento de su competitividad, como la prosperidad que debía inundarnos con las inversiones extranjeras, lo que sobrevino a la industria fue la peor fase de su historia, perdiendo peso en el producto nacional, atacada de raquitismo, desmantelamiento o desnacionalización y rezago de los estándares internacionales.

En el PIB colombiano, entre 1970 y el año 2019, la industria pasó de casi un 23 a un escuálido 12 por ciento. Sus tasas de crecimiento anual, del elevado promedio del 7 por ciento en la década 1961-1970, el denostado período cepalino de fomento estatal, casi se mantuvieron en la de 1970-1980, con un aceptable 6 por ciento. Luego, con los primeros amagos del nefasto modelo bajó a un regular 3 por ciento en 1980-1990; inmediatamente después, en el primer decenio neoliberal, empezó la debacle: apenas el 1,1% entre 1990 y 2000. A juzgar por los incontestables resultados de los cuales son responsables los gobiernos colombianos en materia de desarrollo industrial a partir de 1990, como de la basura ideológica de los postulados de la Escuela de Chicago que los inspiraron, poca asimilación en materia de experiencia padecida y de sus conclusiones parece acompañar a la burguesía nacional colombiana.

La eficiencia administrativa que debía venir con el debilitamiento del Estado, con su abandono de esenciales funciones y con las prometidas bellezas de la privatización, inauguraron un período de aberrante y masivo traspaso de riqueza pública a manos privadas plutocráticas, de inauditas indemnizaciones a empresas foráneas y a una racha de gran corrupción sin precedentes. Millones de toneladas de alimentos importados, mientras el agro y el campesinado languidecen, constituyen triste monumento a la estulticia gobernante. Mosquera exhortó a los capitanes de industria a volver por sus fueros en cuanto al espíritu emprendedor que animó a sus pioneros, que insufló progreso y avances desde fines del siglo XIX y comienzos del XX, y que luego cuajó en el surgimiento del capitalismo nacional, en los primeros núcleos de la industria moderna, en Medellín, Bogotá, y Barranquilla. Sin embargo, el grueso de los mismos terminó haciendo coro y apoyando la sucesión de gobiernos que desde el inicio de la era neoliberal en Colombia propiciaron la ruina y el debilitamiento industrial del país. Es muy significativo que tanto Francisco Mosquera como Jimmy Meyer y Bruce Mac Master emplearan idéntica expresión para referirse a la economía y a la industria nacional: “defendamos lo nuestro”. Una feliz coincidencia que augura mejores tiempos a la política de frente único. Sólo que Mosquera lo planteó 25 años antes.

Loable que el senador Robledo resalte varias de las posiciones positivas de Jimmy Meyer relativas al desarrollo nacional. Lo que no es muy comprensible es que no haga mención, ni buena ni mala, ni en esta ocasión ni en ninguna otra, de quien formulara como nadie, las tesis cuya vigencia se alza, tersa e imbatible, en torno a las causas del atraso colombiano al igual que sobre el camino a transitar para superarlo y sobre todo, acerca de la gran herramienta para conseguirlo, el gran frente único de la abrumadora mayoría de las clases y sectores sociales para liberar y desarrollar a Colombia. Me refiero, como debe resultar obvio para no pocos, a Francisco Mosquera. Reivindicar su nombre, en lugar de omitir ─con diligencia nada disimulada─ una trayectoria revolucionaria, serviría para resaltar ante el país democrático que la izquierda ha hecho contribuciones notables al empeño de los colombianos por descifrar el genuino camino de su progreso. Que la izquierda tenga pésima memoria al respecto es una cosa, pero que el desagradecido mal afecte al senador Robledo ya es otra, y muy significativa. Da grima ese moirismo pasado por agua, desteñido. Ha de ser que el distinguido vocero del Polo juzgue que lo presentable y de recibo, en el medio parlamentario o en el mundo oficial de la política del país, no pasa por reivindicar un exponente del marxismo. Y que crea en serio que tanta desigualdad social y tanto atraso como existe en Colombia haya de solucionarse con una posición de mucha compostura, inspirada en lo “políticamente correcto”, y ─cuando Colombia y el mundo marchan hacia la agudización de los antagonismos─, en posiciones entre frías y calientes.

Escribe: MARCELO TORRES BENAVIDEZ*

*Dirigente político. Ex alcalde de Magangué, departamento de Bolívar.

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