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Colombia decide cuál será el rumbo del país

Hoy, 32 gobernaciones y 1.101 municipios se jugarán su futuro político por los próximos cuatro años. Se estableció la presencia de 40 clanes familiares en 16 regiones del país.

Hace cuatro años las elecciones regionales se realizaron bajo el influjo del debate entre partidarios y contradictores del proceso de paz con las Farc. El entonces presidente Juan Manuel Santos había sido reelegido y su coalición en el Congreso tenía el 80 % de los escaños. El expresidente Álvaro Uribe acababa de revivir políticamente fundando el Centro Democrático y buscaba la revancha. El resultado fue la incontrovertible victoria de la Unidad Nacional que conformó el Gobierno, el nacimiento de la figura de candidaturas avaladas en coalición y la consolidación de unos clanes electorales, suprapartidistas, que ponían candidatos y fichas en varias colectividades y regiones.

El 26 de octubre de 2015, un día después de la cita en las urnas, el Partido Liberal celebró como ninguno: consiguió 181 alcaldías, cuatro gobernaciones propias y 10 en coalición. Le siguió Cambio Radical, con 155 alcaldías, cinco gobernaciones propias y ocho en alianza. El tercero en el podio fue el Partido de la U, con una particularidad, arrasó en alcaldías con 258 municipios; además de dos gobernaciones propias y seis en sociedad. El uribismo, por su parte, tuvo un resultado agridulce: 151 alcaldías, una gobernación propia y otra en alianza, pero también se convirtió en el partido con mayor número de concejales, con 595. De alguna manera, esto, sumado a los 19 senadores que lograron en 2014, le permitió al joven Centro Democrático realizar una fuerte oposición en el Congreso y en los concejos de ciudades claves.

Hoy la fotografía política no está atravesada por las heridas de las elecciones presidenciales o, por lo menos, no en la medida de hace cuatro años. Atrás quedaron los pulsos desde las trincheras en contra y a favor del Acuerdo de Paz, y esta campaña se ha movido al compás del reacomodamiento de las estructuras políticas regionales que luchan por mantener el poder ante el crecimiento de un voto de opinión alimentado desde las redes sociales. Y aunque nadie puede hacer vaticinios sobre el resultado electoral, el análisis del mapa proyecta el triunfo de los clanes políticos, en torno a los cuales se han apertrechado la mayoría de los partidos, casi que por sobrevivir. Y si en 2015 uno de los resultados fue el absoluto triunfo de los candidatos con varios partidos, que en ese momento lograron 17 de las 32 gobernaciones, hoy será un milagro que alguna colectividad obtenga un cargo con candidato propio.

Y es que la entrega de avales en esta ocasión fue de una rapacidad y una falta de escrúpulos inédita. Los partidos le dieron chequeras en blanco a los congresistas, que se volcaron a sus regiones con un poder omnímodo. Algunos vendieron las credenciales, otros las entregaron a sus amigos, otras más jugaron al ajedrez entregándole a malos candidatos para favorecer una campaña de otro partido, y hubo hasta quien prefirió sumarla a una candidatura con varios escudos para no favorecer a algún copartidario con el que se disputan los votos en su región. Solo eso puede explicar que se hayan presentado más de 17 mil candidatos, con un elemento adicional: en estas elecciones aparecieron, de la nada, tres partidos étnicos -Colombia Renacientes, el PRE y el ADA- y uno religioso -Colombia Justa Libres-, que operaron como una verdadera imprenta de avales.

Por eso, estas podrán ser recordadas como las elecciones de la desinstitucionalización de los partidos políticos. Se vio, por ejemplo, al Partido Liberal avalando a dogmáticos candidatos religiosos o a antiguos militantes de sus archirrivales regionales; el conservatismo vistió con banderas azules a furiosos exagitadores del trapo rojo; en algunos lugares se juntaron el uribismo y la exunidad nacional, que tanto defendía la paz, y hasta reconocidos dirigentes del Centro Democrático terminaron tocando a las puertas del Partido de la U para que les otorgaran un carné y un aval. Este maremagno se explica por una razón: los comicios regionales son las elecciones de los congresistas. Las presidenciales son de las grandes figuras nacionales; las de Congreso las de los barones electorales y los directores de los partidos, pero las de hoy son de los parlamentarios.

Con otro factor que hace de estos comicios una realidad política hasta cierto punto inédita. Para nadie es un secreto que las relaciones entre el Ejecutivo y los congresistas están maltrechas por cuenta de que el actual Gobierno insiste en romper el esquema tradicional de la política en los últimos tiempos. El presidente Iván Duque ha sacrificado la gobernabilidad al cerrar la llave de la mal llamada “mermelada” y la representación política a las colectividades, dejando solo un trozo del pastel para el Centro Democrático y algunos amigos del Gobierno. Esto ha producido que la clase política haya entendido estas elecciones en clave de supervivencia y busquen refugio afanosamente en las alcaldías, gobernaciones, concejos y asambleas, desde donde podrán aceitar sus maquinarias, esas que viven de puestos y contratos, con los que planean la siguiente elección.

En criterio de algunos analistas, si bien las elecciones presidenciales y parlamentarias siguen inmersas en los vicios de vieja data, como la compra de votos o el trasteo de electores, existe consenso en reconocer que los comicios regionales tienen elementos tóxicos diferentes e incluso más complejos de depurar. En municipios pequeños muchas veces la pelea por las alcaldías no depende de las direcciones nacionales de los partidos, sino del entramado de los intereses económicos locales: del juego de los contratistas, los comerciantes o gremios locales, entre otros escenarios de poder. Con el agravante de que los dineros oscuros provenientes de economías ilícitas o informales se hacen más difíciles de rastrear, en escenarios donde se vive el rebrote de la violencia, a partir del control de estructuras que se financian con el narcotráfico, la corrupción, la minería o el contrabando.

En otras palabras, con el chorro del Ejecutivo cortado, el grifo abierto para los clanes regionales son los comicios locales. Ahí está la gasolina extra para posicionar los cacicazgos. Es probable que los victoriosos en las grandes capitales o las gobernaciones de mayor peso salgan a sacar pecho junto a sus partidos, pero en la letra menuda de la mayoría de los municipios de Colombia, las cuentas serán otras. Así se han movido los grandes electores a la largo de la historia, y desde que se sumó a la democracia, en 1988, la elección popular de alcaldes y gobernadores, la oportunidad de consolidar estas maquinarias es todavía mayor. Son, desde un punto de vista, el primer paso del ciclo político. Las casas regionales mueven sus fichas para controlar los municipios y departamentos, para sentar la base electoral de los comicios a Congreso, y de ahí empieza la negociación con el poder nacional a cambio de la gobernabilidad, es decir, la transacción de representación política -puestos- y cupos indicativos -mermerlada- a cambio de respaldo a las iniciativas en el Congreso, las asambleas y los concejos.

Al revisar el mapa de Colombia El Espectador estableció que de los 32 departamentos, hay 16 donde los clanes políticos han montado poderosas estructuras electorales, en algunos hegemónicas, como ocurre con la casa Char en Atlántico o los Gnecco en César; en otros en disputa, como en Córdoba entre los Lyons y los Musas; y unos más en asociación, como en Bolívar, donde los García Zuccardi y los Blel actúan en alianza. Pero el fenómeno no es exclusivo de la Costa Caribe, aunque allí hayan tecnificado al máximo el sistema; también ocurre en Santander, Norte de Santander, Casanare, Arauca, Guaviare, Chocó, Valle del Cauca, Caldas y Antioquia. A juicio de un curtido político, conocedor de los herrajes del sistema electoral, el único departamento donde los clanes no se quedarán con la Gobernación será Antioquia.

Pero, ¿cuáles son las características que hacen de un grupo político un clan electoral? En términos prácticos deben tener algunos de los siguientes elementos: haber consolidado una hegemonía política, tener una estructura a través de entramados familiares y estar dirigido por un patriarca, la mayoría de las veces con condenas e investigaciones por narcotráfico, paramilitarismo o corrupción. “Por hegemonía política entiéndase: organización política clientelar que ha gobernado una región durante ocho o más años, directamente o por interpuesta persona”, explicó otro veterano cacique regional.

Estos clanes construyen estructuras que se caracterizan por controlar casi la totalidad de la institucionalidad regional: gobernación, el mayor número de alcaldías, corporación ambiental, institutos descentralizados departamentales, dependencias regionales o seccionales de los entes nacionales, procuradurías, contralorías, registradurías y, en algunos casos, fiscalías. Así las cosas, las elecciones de hoy toman la forma de una auténtica batalla de clanes regionales. Solo en las principales capitales departamentales, y ciudades de más de 500 mil habitantes, donde predomina una clase media creciente cada día mejor educada y con alta concentración de jóvenes menores de 30 años, estas estructuras se ven amenazadas por el surgimiento del voto de opinión.

Finalmente, el resultado de estas elecciones también arrojará, aunque en menor medida, cómo comienza a jugarse el pulso entre los presidenciables. Los protagonistas de las elecciones de 2018, Sergio Fajardo, Gustavo Petro, Álvaro Uribe y Germán Vargas Lleras, podrán hacer un balance inicial que les permita tomar la posición de arranque para la carrera por la Casa de Nariño en 2022, pero aunque sirva como indicador de cómo se ha movido el equilibrio ideológico entre izquierda, derecha y centro, en política el camino electoral es retrechero y muchas veces el destino es chambón, porque los clanes no hacen política por convicciones ideológicas, sino por la mera afición al poder y al dinero. Y saben muy bien que estas elecciones son su mejor escenario para empezar un nuevo ciclo político.

Fuente: DIARIO EL ESPECTADOR

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