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Mucha gente no se siente despierta por las mañanas hasta que se dan una ducha, se peinan y se cepillan los dientes. Hoy en día es difícil imaginar estar más de uno o dos días sin hacer una de estas cosas, mucho menos un año entero, o una vida. Sin embargo, exactamente así era la cotidianeidad para muchos de nuestros antepasados. Obviamente, tenían unos estándares significativamente diferentes a los nuestros. Antes del surgimiento de la fontanería, electricidad y la investigación médica, la higiene personal era algo desagradable, por decir algo suave. Sin las comodidades que nosotros disfrutamos a diario, la gente tenía que recurrir a algunas prácticas ciertamente extrañas.

Por citar algunas costumbres de las personas de antaño:

1. Se lavaban extremadamente poco

Las autoridades cristianas permitieron que la gente se bañara por limpieza y salud, pero condenó la asistencia a las casas de baño públicas por placer, y las mujeres tuvieron prohibido el acceso a instalaciones mixtas. Con el tiempo, las restricciones empeoraron; A los cristianos se les prohibió bañarse sin ropa y, en general, la iglesia comenzó a desaprobar la excesiva “indulgencia” en el hábito de bañarse. Esto culminó en que la iglesia medieval proclamara que el baño público conducía a la inmoralidad, relaciones promiscuas y enfermedades. Asimismo, las mujeres permanecían varios meses sin lavar sus zonas íntimas, pues de acuerdo a dicha premisa, podrían quedar infértiles.

2. El olor era insoportable

Para evitar las enfermedades del agua y la naturaleza pecaminosa del baño, la gente comenzó a usar trapos perfumados para frotar sus cuerpos y perfumes para enmascarar el olor. No obstante, no fue suficiente, ya que la población comenzó a despedir un olor a podredumbre bastante rápido. Por si fuera poco, las calles de las ciudades tendían a ser recubiertas de heces y orina gracias a la gente que arrojaba el contenido de sus urinarios por las ventanas, provocando que hubieran corrientes fétidas de agua turbia. Asimismo, algunas personas debían colocarse pañuelos perfumados bajo la nariz para no vomitar cuando salían de sus casas. Si eso no es suficiente, los carniceros mataban a los animales en las calles y dejaban los restos inutilizables y sangre en el suelo, que comenzaban a pudrirse al cabo del tiempo. No es posible imaginar cómo podía sobrevivir la gente al hedor en los días de verano…

3. Pruebas de embarazo

Antes de la invención de los dispositivos actuales, la prueba más fiable era esperar y ver. Sin embargo, existían algunos remedios desagradables para que las mujeres pudieran comprobar si estaban encinta. Uno de los más llamativos fue popular en el Antiguo Egipto: Tanto los papiros médicos egipcios como Hipócrates, alabado como el padre de la medicina, sugirieron que si una mujer sospechaba de estar embarazada podía insertar una cebolla u otro vegetal de olor fuerte en sus partes íntimas durante una noche entera. Si a la mañana siguiente, su aliento emanaba un olor desagradable a cebolla, no estaba embarazada. Esto se basaba en la idea de que los vientres estaban abiertos, llevando el olor del vegetal a la boca como si fuera un túnel de viento. En caso de estar encinta, entonces el útero estaría cerrado, por lo que no podría pasar el hedor.

4. Métodos anticonceptivos

Las mujeres de las culturas antiguas utilizaron una variedad de métodos inusuales para prevenir el embarazo, con diferentes niveles de éxito e higiene. Las féminas del Antiguo Egipto usaron excremento de cocodrilo como solución; una vez mezclaban las heces del reptil con una masa fermentada, rociaban el brebaje sobre sus vulvas o dentro de sus partes íntimas para impedir que el esperma alcanzara el útero. Otros pueblos de la India emplearon heces de elefante como una forma similar del control de la natalidad. Pese a ser insalubre, algunos investigadores piensan que la naturaleza alcalina de los excrementos podría haber surgido efecto, mientras que otros afirman que al aumentar el pH naturalmente ácido de las partes íntimas, aumenta las probabilidades de quedar embarazada, ya que una alta alcalinidad es beneficiosos para los espermatozoides.

5. Menstruación

No es sorprendente que hubiera una gran vergüenza religiosa asociada a la menstruación, particularmente en el cristianismo medieval. Debido al horror que generaba la sangre misma, no es ninguna sorpresa que las mujeres se esforzaran en ocultar sus menstruaciones de la vista pública. En la Europa Medieval, las mujeres llevaban retazos de hierbas aromáticas en el cuello y la cintura, con la esperanza de que neutralizaran el olor de la sangre, y trataban de contener los flujos pesados con algunos medicamentos, como el polvo de sapo. Al sur de La India, por ejemplo, se realizaba un rito de purificación cada vez que una mujer llegaba a la pubertad. Se debían frotar los dientes, hacer gárgaras y lavarse con estiércol, y meterse en el río varias veces.

6. El barbero: doctor y dentista

Durante la Edad Media, los dentistas, médicos y barberos eran todos la misma persona. Y como no había anestesia y la compresión médica era bastante cruda, todo era ciertamente desagradable. Los “cirujanos barberos” eran los responsables de atender las heridas de los soldados durante y después de los combates. Obviamente, había una tasa de mortalidad muy alta debido a la pérdida de sangre e infecciones. Uno de los remedios más empleados era el uso de sanguijuelas sobre las heridas y las sangrías, que trataba básicamente en dejar que una persona se desangrara para curar las enfermedades.

7. Peinados

Tanto en el siglo XVII como XVII, las mujeres tenían mucho cuidado a la hora de hacerse un peinado, ya que eran muy complicados. De hecho, había barberos o peluqueros que tardaban horas en apilar sus cabellos, teniendo que usar unos soportes especiales para sujetarlos. Es por eso que las mujeres se dejaban estos peinados durante semanas o incluso meses, lo que desembocó en que gran parte de la población contrajera piojos debido a la falta de higiene. Además, también era bastante común utilizar ciertos remedios, como la ceniza o la mostaza, para lavarlos, pues en esa época no existía ningún tipo de champú.

Por supuesto, frente a la conveniencia o no de elegir entre pasado y el presente, la última palabra la tiene el lector…

Fuente: PARA LOS CURIOSOS

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