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Después de dos meses sin noticias de Colombia, en unas pocas horas, en sólo tres horas, una avalancha de acontecimientos, cuya trascendencia a nadie pueden pasar inadvertidos, vino a confundirme a mi llegada al país. Apenas había descendido del avión de la Panamerican en el aeropuerto de Soledad, en Barranquilla, cuando fui informado de que en ese momento el presidente encargado de Colombia había dejado de serlo, y que reasumía el poder el presidente titular. Más tarde las noticias me fueron ampliadas con los detalles que la prensa de hoy dio a conocer a sus lectores. Cuando a las seis de la tarde tomamos una vez más el avión para completar la última etapa de un viaje aéreo de setenta y ocho horas, en Barranquilla se sabía el nombramiento del señor Leiva como ministro de guerra, aunque se desconocía el hecho más importante, el de que Leiva había llamado a calificar servicios al teniente-general Gustavo Rojas Pinilla.
Los acontecimientos se desarrollaron con tal imprevista rapidez, en tan corto lapso, que solamente el prodigio de las comunicaciones aéreas podrían permitir a un colombiano como yo que me encontraba a las once de la mañana en territorio panameño, regresar al país desde tan larga distancia, a tiempo para asistir, sin saberlo, a un triple cambio presidencial. En Panamá mientras esperaba la llamada que la Panamerican debería hacer a los pasajeros con destino a Colombia, leí un periódico, y en una de las páginas interiores, escondida, como siempre ocurre con las noticias colombianas, encontré una que decía: «Fue puesto en libertad el doctor Luis Eduardo Nieto Caballero». Después de dos meses sin leer una sola noticia colombiana —con excepción de aquella aparecida en la primera página de un periódico parisiense de características «amarillas», según la cual un león le había devorado la mano a su domador en Cali— el enterarme que nuestro querido amigo y admirado escritor había sido encarcelado por las autoridades colombianas, cerró bruscamente el paréntesis de involuntario olvido de las tragedias de nuestro país. Me pareció entonces, mientras leía el texto de la información, que la vecindad fronteriza de los dos países era un timbre de alarma que ponía nuevamente en tensión mis descansados nervios. Volvía una vez más a recibir el choque de impresiones desagradable.
Era el regreso a la triste realidad colombiana, No sabía, ni podría presumirlo, ni siquiera lo intuía, que aquella escondida noticia era apenas el comienzo de una serie de sucesos sensacionales que habrían de producirse en cuestión de minutos. De todas maneras el texto de aquel cable, en el que se hablaba de un complot para asesinar al presidente encargado Urdaneta Arbeláez, amargo fue el aperitivo noticioso para la suculenta cena que me esperaba en el aeropuerto de Soledad.
En igual forma en que el avión nos puede acercar en un lapso increíblemente corto a nuestra tierra, a nuestra familia, a nuestros amigos, a nuestro trabajo, también puede el avión transportarnos a regiones muy lejanas. Entre Bogotá y París hay una distancia que se calcula por miles de kilómetros. Cada uno de esos miles de kilómetros hace las veces de un aislante poderosamente efectivo. Por lo tanto, es de extrañar que en París —no solamente por lo que es París, sino por la gran distancia que separa a París de Bogotá— no se sepa nada, o casi nada de Colombia. Ocurre entonces el fenómeno de que a las veinticuatro horas de viaje, el personaje que acaba de abandonar el vértice de los rumores, se encuentre en un mundo maravillosamente tranquilo. De vez en cuando el colombiano se acerca a la portería de nuestra embajada a comprar un periódico bogotano. Pero como los periódicos estaban censurados, a extremos tales que en sus páginas no ha podido aparecer durante largos y penosos años la expresión real de lo que acontecía en el país. El lector colombiano apenas podía enterarse en ellos de los resultados de un encuentro de futbol, o del gracioso concurso del kilómetro lanzado en uno de los seis costosos kilómetros pavimentados de la avenida a Chía.
Penosamente acostumbrados, contra nuestra voluntad, a padecer el ambiente de zozobra y de intranquilidad que se respiraba en Bogotá hace dos meses, llegar a París era encontrar en esa ciudad de paz. Y aunque las cosas de la patria preocupan siempre por encima de todas las demás, es indudablemente cierto que un corazón herido mil veces por los padecimientos de la patria, encuentra en la tranquilidad lejana un cicatrizante prodigioso. No se olvidan totalmente los recuerdos demasiado violentos de todo cuanto le ha ocurrido al país, pero en parte se mitigan.
Por lo tanto, no es de extrañar que en París, ni aun entre los mismos colombianos, se hable mucho de política colombiana, de dictaduras y otros defectos.
Durante dos meses estuve sometido a un ayuno político, que vino a culminar, como sucede casi siempre después de la abstinencia, con un banquete en el que se mezclaron los más suculentos platos. Como lo anotaba al iniciar estos apuntes, al llegar a Barranquilla volví a penetrar en el mundo de la política de una manera vertiginosa. En aquella ciudad de la costa, por mil razones admirada y querida por mí, no ocurre lo que en otras ciudades colombianas. Allá se puede hablar de política sin ningún peligro. Del aeropuerto fui llevado, como siempre sucede para mi alegría, a la Tertulia de Santa Fe, donde alrededor de una mesa cordial se sientan liberales y conservadores, desde hace muchos años, a discutir de política y a arreglar el país.
La primera impresión política que recibí en esa grata Tertulia, fue la de que los asistentes ya no estaban divididos como en los tiempos anteriores, en conservadores y liberales. Ahora lo estaban en liberales, conservadores gobiernistas y conservadores ospinistas. Unos y otros y los nuevos fueron poniéndome al corriente de todo cuanto en los últimos días había sucedido en el campo político del país. Me explicaron fragmentariamente algunos de los capítulos de la “Nueva” Constitución que el grupo de gobiernista pensaba hacer aprobar en una asamblea constituyente, varias veces convocada y otras tantas aplazadas. En cuanto a la prensa, me informaron ampliamente sobre la discusión que originó la intención del gobierno de hacer de ella un servicio público, y alguno de ellos me suministró un recorte de periódico donde un “constitucionalista” que estuvo a punto de quedarse sin patria insistía en transformar los periódicos en algo así como un bus de pasajeros de El Retiro al Nogal. No pude menos de pensar que su puesto estaba en la prensa española, convertida para deshonra de ese país tan entrañablemente querido, en un servicio público.
Los conservadores ospinistas de la Tertulia Santa Fe me informaron de cierta volcánica conferencia radial del presidente titular. Y los conservadores gobiernistas me suministraron detalles sobre la negociación que la familia Gómez Hurtado acababa de realizar en Barranquilla para la adquisición de un lote con destino al nuevo periódico de la cadena “El Siglo”. Y los liberales como sucedía últimamente, se limitaban a escuchar lo que los conservadores gobiernistas y los antigobiernistas decían y discutían.
En la mañana de ayer había salido para Bogotá el doctor Evaristo Sourdis, con el objeto de asistir a la Asamblea Constituyente. Se habló mucho en la Tertulia de cuántos votos tendría el doctor Ospina y cuántos el señor Andrade. Se hicieron conjeturas sobre si Abelardo Forero Benavides y compañeros votarían con los ospinistas o con el gobierno. Y se terminó por hablar de la posición del presidente encargado, Urdaneta Arbeláez, de la salud del presidente titular, y de la actitud del general Rojas Pinilla.
*
Hasta esos momentos, dos de la tarde, en la Tertulia Santa Fe nada se sabía de los acontecimientos que se venían desarrollando en Bogotá. El presidente de Colombia era para nosotros, en esos momentos, el doctor Urdaneta Arbeláez.
A las tres de la tarde llegamos al aeropuerto para arreglar los papeles y tomar el avión que debía trasladarnos a Bogotá. Por el micrófono, la oficina de información solicitó mi presencia en el teléfono:
— Te habla Manuel Castellanos —dijo la voz lejana—. Laureano Gómez acaba de posesionarse y ha sido destituida Pabón Núñez. Si sabemos algo más en la Tertulia Santa Fe ya te volveremos a llamar.
Al mismo tiempo que escuchaba tan sorprenderte noticia, por los micrófonos anunciaban los funcionarios de Avianca que el vuelo sería demorado cerca de una hora y media.
—Laureano Gómez ha nombrado a Jorge Leiva ministro de guerra —me informaron.
Cada una de estas noticias se propagaron como pólvora encendida en el aeropuerto, y en todos los salones se fueron formando corrillos en los cuales, como sucede siempre, se daban las más variadas interpretaciones a lo ocurrido, Hé aquí algunas de ellas.
—Laureano se posesionó para que Urdaneta pudiera asistir a la Constituyente como expresidente y así llevar un voto gobiernista de más.
—Pabón Núñez fue cambiado para que su suplente, marcadamente ospinista, asistiera a la asamblea. Se le restaba así un voto al doctor Ospina y el gobierno ganaba otro.
—El ejército no aceptó a Pabón Núñez, y por lo tanto había que destituirlo.
—Leiva tendrá que llamar a calificar servicios a Rojas Pinilla. Es un movimiento político contra el doctor Ospina.
Todo eran suposiciones. Nada en concreto se sabía, diferente a las noticias oficialmente confirmadas de que Colombia tenía de nuevo como presidente a Laureano Gómez.
*
A las cinco y media de la tarde aterrizó en el aeropuerto un avión, del cual descendió el doctor Evaristo Sourdis.
Inmediatamente le informamos lo ocurrido. No tenía, o por lo menos así lo dijo, noticia alguna de los acontecimientos.
Había estado volando durante cinco horas, y el avión tuvo que regresar a Barranquilla, por un incendio en uno de los motores, según se informó.
El doctor Sourdis se dirigió inmediatamente a una cabina telefónica y sostuvo una serie de conferencias, después de las cuales dijo que ya no viajaría esa misma noche a Bogotá. Nos despedimos de él, que era el aparentemente más sorprendido de todos cuantos estábamos en el aeropuerto.
Finalmente, a las seis de la tarde, salió el cuatrimotor de Avianca con cupo completo hacia Bogotá. En el avión se continuó hablando de los sucesos políticos que con tan desconcertante rapidez se habían venido sucediendo.  En pocas horas Colombia había tenido dos presidentes.
Al aterrizar en Bogotá, después de los abrazos emocionados de costumbre, cuando un viajero regresa después de tan prolongada ausencia, me dijeron:
—Rojas Pinilla ha asumido el poder.
Era el tercer presidente de Colombia en un día. En el departamento de equipajes, un funcionario se acercó a uno de los pasajeros, del cual era amigo, y en voz muy queda, no tánto tampoco para que yo no alcanzara a escucharla, le dijo:
—Vete rápido… Toma el último taxi que queda en el aeropuerto… El ejército ha ocupado la ciudad.
El pobre hombre cambió de color. Había en su cara la palidez del desconcierto. Afuera llovía torrencialmente, fríamente, al estilo bogotano.
Ni un taxi. Ni un bus. Ningún vehículo de transporte. Apenas los automóviles de parientes y amigos valerosos que se fueron al aeropuerto dejando a sus espaldas una ciudad palpitando en acontecimientos.
Hacia la ciudad marchamos lentamente, bajo la lluvia, por calles solitarias, con los cafés cerrados. Una ciudad en golpe de estado. Una ciudad en la cual, en un día, tres hombres habían sido presidentes.
Fue un recibimiento periodístico, indudablemente. Un recibimiento con “chiva”. Con una noticia tan sensacional, que ha ganado ya una página en la historia de Colombia.
Después de la calma viene la tormenta, dice el proverbio. Y nunca fue más cierto que mi caso. De la apacible tranquilidad de París-Madrid-Nueva York-México, al centro mismo de los sucesos más trascendentales. En unas pocas horas, casi en minutos, al ritmo de las hélices de un avión, la fisionomía política de Colombia sufrió un vuelco total.
Fuente: DIARIO EL ESPECTADOR
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