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La guerra contra las drogas, que se ha basado en la criminalización, la prohibición y la penalización para enfrentar las conductas vinculadas a todas las etapas del negocio de las drogas, ha afectado de manera especial y particular a las mujeres.

En Colombia, los delitos de drogas se han ido feminizando con los años, lo que quiere decir que, cada vez son más las mujeres que se ven involucradas en este tipo de delitos. Ellas representan 16,2% de las personas recluidas por delitos de drogas, aunque que sólo representan el 7% de la población carcelaria. La feminización de este tipo de delitos va, sin duda, en aumento.

Su labor, como lo sugiere el estudio Mujeres, Política de Drogas y Encarcelamiento, elaborado por Dejusticia, Washington Office for Latin America (WOLA) y Open Society Foundations, suele ser de bajo rango y alto riesgo. La precariedad económica es el detonante para que cada vez más mujeres decidan participar en este negocio.

Su vulnerabilidad las vuelve más propensas a ser cooptadas por las organizaciones narcotraficantes, y así terminar realizando tareas que no las enriquecen, pero sí les dan los necesario para satisfacer sus necesidades, cuando no son enviadas directamente a la cárcel. La Corte Constitucional, en la Sentencia T-815 de 2013, estableció que las mujeres son sujetos de especial protección constitucional dentro del sistema carcelario, poniendo así en evidencia que el encarcelamiento tiene efectos específicos sobre sus vidas.

Dentro de esos efectos no cuantificables, el estudio Mujeres, Política de Drogas y Encarcelamiento destaca: la pérdida de respaldo de sus familias al momento de ingresar a la cárcel; la atención inadecuada en salud antes durante y después del embarazo; y la falta de acceso a servicios de salud en enfermedades como el cáncer de seno o de cuello uterino y a métodos de planificación. Además, la reclusión representa un obstáculo para mantener la custodia de sus hijos o para verlos de vez en cuando.

“En últimas, la cárcel no está pensada para las mujeres; las necesidades propias de su biología no encuentran respuesta en las prisiones y esto genera vulnerabilidades sobre sus cuerpos y sus vidas, y sobre sus hijos o hijas”, dice el estudio.

Fuente: PACIFISTA

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