Discurso de Mauricio Gómez, hijo del político conservador, por los 100 años de su natalicio.

Quisiera empezar por agradecerle, señor Presidente, su más que generoso gesto de hospitalidad para con la memoria de mi padre y para con mi familia; este homenaje nos honra en el alma, de manera muy profunda, y nos obliga, en el mejor sentido de la palabra, a seguir cultivando los valores y las enseñanzas de un legado que se acrecienta con los años y que acaso esté hoy más vigente que nunca.

Para mí, como hijo, es por supuesto muy difícil hablar de Álvaro Gómez Hurtado. Siempre se corre el riesgo de la cursilería y el sentimentalismo cuando uno habla de sus padres, del tiempo pasado, de la nostalgia. Y ambas cosas, la cursilería y el sentimentalismo, eran rasgos que a él le parecían aterradores, casi un fracaso de la civilización. Y no porque no fuera una persona cordial y sensible. Todo lo contrario. Pero su manera de expresar esos sentimientos tenía que ver más con la aprobación sutil, con la conversación y el diálogo –inagotables a su lado–, con la solidaridad y la serenidad y no tanto con las manifestaciones más obvias del afecto y la melosería.

Para mí siempre fue un misterio inquietante ese contraste que había entre la imagen pública de mi padre, sobre todo la que de él impusieron sus enemigos y sus críticos, y su actitud en la casa y en la vida en familia, marcada por la tolerancia, por la ausencia de cualquier autoritarismo, por la curiosidad. Quizá no resulte excesivo decir que Álvaro Gómez fue una de las personas más liberales y abiertas que yo haya podido conocer.

Recuerdo muy niño que mi gran pasión era, ya desde entonces, leer los periódicos por la mañana. Me despertaba y era lo primero que hacía: correr a buscarlos. Una vez, sin embargo, los periódicos no estaban; me dijeron que ese día no habían llegado. Por la tarde me las arreglé para encontrarlos en el escritorio de mi padre, y ahí supe la razón por la que él los había cogido primero y se los había llevado: había unas fotos con víctimas del tenebroso y célebre “corte de franela”, y no quería que esas imágenes de la violencia hicieran parte de nuestra vida cotidiana.

Alguna otra vez, también leyendo los periódicos de la mañana, vi que en ellos había un par de caricaturas en las que mi papá salía pintado como un feroz cavernícola, bailando en una gran olla alrededor de sus contrincantes a fuego lento. Esa escena, por supuesto, se repitió sin descanso a lo largo de los años; era una especie de lugar común, una tradición: Álvaro Gómez el retardatario y el enemigo del progreso y del cambio; Álvaro Gómez “el godo”, que es como me decían a mí también en el colegio, por herencia, y mis amigos de la época que están aquí lo pueden confirmar.

Él jamás se quejó por ello, entre otras cosas porque ese era el lema de su vida: ‘Nunca quejarse’, decía, porque quien lo hace les está trasladando a los demás la responsabilidad y el peso de sus preocupaciones y problemas. Así que nunca resintió la deliberada desfiguración que se hacía de su pensamiento, ni tampoco las derrotas que tuvo en la política. Es más: cuando ellas ocurrían, y fueron varias, decía muy alegre: “Ganamos”. Todos lo mirábamos desconsolados, perplejos. Volvía y nos decía: “Sí, ganamos. Primero, porque mañana no nos toca pensar en los puestos y, segundo, porque vamos a poder seguir diciendo lo mismo que veníamos diciendo hasta hoy…”.

Para mí, en cambio, Álvaro Gómez era quien en 1963 nos trajo, a mí y a mis hermanos, el primer disco de los Beatles. Era quien me ayudaba a hacer las escenografías y los programas de las obras de teatro que yo dirigía, cuando me dio por esas. Era quien nunca hablaba de política en la casa ni pretendió jamás obligarnos a nosotros a seguir su camino y a prolongar su vocación.

Era el maestro del periodismo que siempre me decía: “Nunca pases un día sin leer y sin escribir…”. ¡Y había que verlo armar una página, titularla, diagramarla! Era un placer verlo ‘manos a la obra’, con un talento formidable para ejercer un oficio que con el tiempo también sería el mío, y en el que jamás me quiso imponer nada ni pretendió que mi trabajo fuera la caja de resonancia de sus causas políticas. Jamás.

Claro: también tenía un límite Álvaro Gómez; aun su temperamento de hombre libre reñía a veces con mis ocurrencias o las de mis hermanos. Recuerdo todavía cuando les recomendé, a él y a mi madre, que fueran a ver La naranja mecánica. Para mí era lo mejor que se había hecho en la historia del cine, y así se los dije con la convicción que solo la juventud permite. Se fueron al teatro y a los diez minutos ya estaban de vuelta, aterrados de que los hubiera mandado a semejante horror. ¡Y eso que apenas estaba empezando la película y todavía faltaba lo peor! Debo confesar que hace poco, yo mismo traté de vérmela otra vez y no pude pasar de la escena que ahuyentó a mis papás. No sé si ese es un síntoma de la madurez o de la vejez.

Cuando empecé a pintar recuerdo que un día me dijo: “¿Por qué no coges un balde de pintura y sales corriendo y se lo echas al lienzo a ver qué pasa…?” Antes que pensar en la pureza del estilo, en la conservación de las formas, me estaba señalando allí, con ese gesto a la vez provocador y radical, la importancia que para el arte tiene la libertad: el descubrimiento de nuestra propia voz que solo ocurre cuando intentamos lo inesperado.

Nunca lo vimos perder la serenidad ni la calma; nunca se sobresaltaba con nada, ni siquiera en los momentos más difíciles y tensos. Igual que mi mamá: era como si los dos estuvieran hechos del mismo material estoico y recio; quizá por eso el suyo fue un amor que duró la vida entera, más allá de la muerte.

Podría quedarme aquí en una evocación interminable de anécdotas y de enseñanzas recibidas de él: experiencias vividas a su lado y que hoy me asaltan en cualquier momento del día, como un recuerdo perdurable, y me hacen sonreír por lo que hubiera dicho o pensado, por sus frases contundentes y llenas de humor y lucidez.

Pero ya digo: para un hijo es muy difícil hablar de su padre, y más en una circunstancia como esta. Los hilos del afecto y la nostalgia nos pueden enredar en una imagen que creemos universal y, sin embargo, es solo nuestra, irrepetible, alimentada por pequeños gestos sin ninguna significación para los demás, pero que para nosotros fueron la esencia misma de la vida al lado de una persona.

Los hombres públicos renuncian de alguna manera a su vida privada; la sacrifican en nombre de una causa que creen justa y superior. Yo solo estuve una vez en una correría política con mi papá, cuando a los 14 años lo acompañé en una lancha por el Magdalena Medio. Llegábamos a cada pueblo y su camisa blanca quedaba llena de las huellas dactilares de todos los que se le acercaban a abrazarlo: era la manifestación más visible de la admiración y el cariño que suscitaba.

Luego, el candidato seguía caminando y uno sabía dónde estaba por la nube de polvo que lo perseguía. De noche, mientras la lancha se iba acercando a una nueva parada, los voladores le avisaban la ruta y el punto de llegada. Yo iba ahí, a la sombra, viéndolo todo. Curioso y maravillado ante el cumplimiento de un destino que consiste en estar al servicio de los demás.

No me corresponde a mí hacer el elogio de Álvaro Gómez, ni valorarlo o juzgarlo como el político que fue, casi desde niño. Quería solo mostrar, de manera parcial y apresurada, cómo fue como padre, el mejor.

Apoyado siempre en la serena y sabia compañía de mi mamá, que también hizo suya la consigna de que no había que quejarse jamás en la vida. Y a ella sí que no le faltaron motivos, pues padeció el destierro y, luego, el secuestro y el asesinato de su marido. Su voz, no obstante, era de concordia y de paz; de amor sin que ningún reproche la ensombreciera. ¡Y eso que fueron muchos los banquetes, las convenciones y los directorios que le tocaron a la pobre!

Es que también las familias de los hombres públicos deben aprender a convivir con el peso de su fama, su importancia o su influencia. Y no es nada fácil. En nuestro caso, sin embargo, se trata de una herencia que nos llena de orgullo y felicidad. Tanto más cuanto más pasa el tiempo.

Orgullo, felicidad y, sobre todo, gratitud: la que sentimos al verlos a ustedes hoy aquí, celebrando, en nombre de la amistad, la memoria de mi padre. Muchas gracias.

Fuente: DIARIO EL TIEMPO

05/10/2019

Un siglo del natalicio de Álvaro Gomez y la vigencia de su pensamiento

Quisiera empezar por agradecerle, señor Presidente, su más que generoso gesto de hospitalidad para con la memoria de mi padre y para con mi familia; este […]
05/09/2019

Buscan intensamente dos niñas extraviadas en la ciudadela Cuba de Pereira

Se solicita con suma urgencia hallar el actual paradero de los siguientes mencionados: KAREN DAYANA GARCIA LONDOÑO Edad 12 años Fecha de Reporte: 06 de Mayo […]
05/08/2019

Hace 72 años fallecía Miguel Abadía Méndez, el presidente de la “Masacre de las Bananeras”

Nació en Piedras, Tolima en junio 5 de 1867. Murió en La Unión, Cundinamarca, mayo 9 de 1947. Miguel Abadía Méndez fue el último presidente de […]
05/07/2019

Dario Echandía, a 30 años de la partida del presidente de la antipolítica

De todos los políticos que hemos tenido en este siglo, es el que menos se parece a cualquiera de ellos. Detestaba las intrigas. Lo ponían de […]