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En un día de 1984 Miss Frances Hunter llegó a la sede de la Royal Geographical Society de Londres con una carpeta bajo el brazo, y pidió una entrevista con su secretario, el Dr. John Hemming, autor, entre otros libros, de un relato acerca de la conquista de la Nueva Granada, The Search of El Dorado. Miss Hunter quería donar a la Royal Geographical una colección de cuadros de tipos y costumbres de la Nueva Granada pintados por su bisabuelo, Joseph Brown, durante una estadía en el país entre 1825 y 1840. Algunos otros cuadros y diarios del mismo personaje fueron obsequiados por Miss Hunter a la sección de manuscritos de la biblioteca del University College, en Londres. Además donó la ruana y un par de alpargatas de Joseph Brown al Museo de la Humanidad. Desafortunadamente, según recuerda ella, el fino sombrero de jipijapa de Brown había sufrido mucho con los juegos de su infancia y no sobrevivió.

Joseph Brown. Interior de una tienda en la calle principal de Bogotá, con muleros de compras. Acuarela

Observamos escenas de los albores de la república
que tenían la frescura física de haber sido guardadas
durante siglo y medio con buen cuidado,
y también la frescura iconográfica de no haber
sido reproducidas nunca.

El autor de esta nota supo de las acuarelas en un encuentro casual con John Hemming. La colección de la Royal Geographical es muy extensa, los deberes del secretario son muchos: el Dr. Hemming me habló de algunas acuarelas que representaban a Bogotá durante los años ochenta del siglo pasado. Me demoré varios meses en hacer cita para mirarlas. Sin grandes esperanzas, fui a verlas con Efraín Sánchez, estudiante de mi Universidad de Oxford y autor de un libro muy erudito y bien documentado sobre Ramón Torres Méndez, el pintor costumbrista de mediados del siglo XIX.

No eran algunas acuarelas sobre los años ochenta. Eran nada menos que sesenta acuarelas y dibujos sobre los años veintes y treintas del siglo pasado. Era fácil reconocer la mano de José Manuel Groot, antes de que dedicara sus mejores esfuerzos a la polémica cristiana y a la historia. Era fácil ver grupos, temas y composiciones que reaparecerían después en las obras superconocidas de Torres Méndez, pero dibujados antes y por manos menos familiares. Observamos escenas de los albores de la república que tenían la frescura física de haber sido guardadas durante siglo y medio con un buen cuidado, y también la frescura iconográfica de no haber sido reproducidas nunca. Existen Ramón Torres Méndez y Edward Mark, dos artistas que tienen sin duda muchos méritos, pero a falta de otros ilustradores de la época su obra ha padecido demasiadas reproducciones y es ya tan familiar que su impacto ha disminuido. En cambio, en la carpeta de Joseph Brown hallamos Efraín y yo una nueva visión, más temprana y más original. Después de pasarla y repasarla toda una mañana, quedamos convencidos de que estábamos en presencia de una colección importante, y que nuestro deber era buscar recursos para su edición.

 
Joseph Brown. Joven indio (que me ha acompañado siempre en las cacerías) sosteniendo un par de patos cucharas. Acuarela y tinta sobre cartón, 1830

Había sido el propósito de Joseph Brown formar un álbum de tipos y costumbres de la pintoresca y desconocida Nueva Granada para publicarlo en Londres, en la famosa casa editorial de Ackermann, pero el propietario murió. En los cuarentas ya había por las novedades hispanoamericanas un interés menor del que había existido en los veintes y treintas, y tal vez los dibujos de la colección de Brown no tenían una sofisticación que los hubiera puesto a la altura del mercado londinense. Además, pocos ingleses se interesaban por la Nueva Granada.

La colección presenta ciertos problemas. No es fácil decir con certeza quiénes son los autores de los dibujos. Algunos son de la mano de Groot, otros de Brown, otros de los hermanos J.M. y José Ignacio Castillo. Otros podrían ser copias realizadas por Brown sobre originales de Groot. En todo caso, el conjunto constituye un temprano esfuerzo común anglo-colombiano. Lo que hay de fecha anterior a esta colección es bien poco: unos esbozos de François-Désiré Roulin, unas pocas vistas reelaboradas en Europa para acompañar la obra de Humboldt, y nada más. El arte colonial no ilustraba el país ni sus habitantes. El arte religioso presentaba uno que otro vestigio nativo, y tal vez los exvotos de la época colonial, de los cuales han sobrevivido muy pocos, ofrecieran algo más. Hay retratos de personajes oficiales, de virreyes y obispos, de la alta sociedad colonial, en el estilo de la escuela formal española, pero no hay representaciones de neogranadinos anónimos, de indios, mestizos, campesinos, pulperos, ni de la vida diaria. Es posible que los dibujantes de la Expedición Botánica, que mostraron tan alta capacidad en la reproducción de la flora, hayan dejado algún testimonio etnográfico que esté todavía por descubrir y que pinte la gente de la Nueva Granada, así como pintan al Perú los álbumes de Baltasar Martínez y Compañón, obispo de Trujillo, pero aún un descubrimiento de tal estilo e importancia nada cambiaría a la aseveración de que en la colonia no hubo demanda por representaciones de tipos y costumbres: si existía la noción, no había interés entre españoles ni criollos. Tampoco había litografía ni talleres de grabado para reproducir esta clase de dibujos.

La representación de tipos y costumbres nace con la independencia y con la llegada de extranjeros, en particular de los ingleses. Entre ellos estaban de moda los folios ilustrados con paisajes y gentes exóticas, y entre ellos —comerciantes, mili tares, cónsules, oficiales de marina— el arte de la acuarela, ese arte particularmente inglés, estaba bien difundido. Muchos, de regreso a su país, querían llevar “souvenirs; para satisfacer esta demanda nació en Quito una pequeña industria de representaciones de tipos nativos, y en Bogotá ganaron unos pesos en la misma línea don José Manuel Groot y los Castillo. Parece que en Bogotá la costumbre entre los extranjeros de encargar series de estos cuadros fue menos común que en Quito: la serie de Brown parece hasta ahora única, Con la obra de Mark y de Torres Méndez y con el álbum de la Comisión Corográfica forma parte fundamental de la iconografía de los primeros años de la república.

 
Joseph Brown. Caza de patos. Acuarela
 
José Ignacio de Castillo. Fiesta de bodas en Guaduas. Acuarela. 1834

La publicación de la obra por el Fondo Cultural Cafetero se logró con el entusiasta apoyo de Miss Frances Hunter y de la Royal Geographical Society y con la importante ayuda de Thomas de la Rue de Colombia. Tipos y Costumbres de la Nueva Granada, que circula ahora, contiene todos los cuadros y esbozos de la colección reproducidos a color, e incluye el diario de una excursión de Brown al Socorro y a Bucaramanga en el año de 1834. La introducción y las notas son de Aída Martínez, Efraín Sánchez y del autor de esta nota. Esperamos que los lectores y quienes visiten la exposición de las láminas del libro que el Fondo Cultural Cafetero presenta en su sede de Bogotá, compartan nuestro gran placer y nuestra profunda emoción por este hallazgo. Se trata de los primeros retratos conocidos de colombianos comunes y corrientes, hechos, evidentemente, con cierto amor.

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