Risaralda

Con un porcentaje récord de participación, la juventud como la gran protagonista de la jornada cívica, la previsibilidad de algunas tendencias y el cuestionamiento de las maquinarias políticas, concluyeron las elecciones presidenciales.

De un momento al otro, las seguras previsiones de fraude parecieron descartadas casi de inmediato, cuando la velocidad en la cual se realizaban los correspondientes conteos, reveló con minuciosa fidelidad que el curso de los acontecimientos superaba las previsiones de los más optimistas.

La vigencia y popularidad indiscutible del polémico ex presidente y actual senador, Álvaro Uribe Vélez, sólo oscurecida por la injerencia de sus puntos de vista en la opinión de miles de colombianos; la profundización de un inconformismo anti establecimiento sobre todo en los más jóvenes, buscando alternativas al continuismo político; el duro golpe recibido por los aparatos o la profunda crisis del partido liberal, el notable descenso de la abstencionismo, fueron la tendencia manifestada en las urnas.

Por otra parte, aún con el elevado índice de personas acudiendo a emitir su voto, el llamado de grandes segmentos sociales a cambiar una dura realidad bajo el signo de la corrupción, los escándalos, la crisis política, socio – económica, de salud, educación, de los intentos de la clase dirigente “de capear el temporal” de reclamos sin naufragar en el intento, los síntomas mejoran, pero los problemas de fondo subsisten, siguen siendo una asignatura pendiente.

El clientelismo, la compra de votos, de conciencias, persiste a la sombra de unos históricos comicios marcados a fuego por la más absoluta normalidad democrática, sin incidentes ni alteraciones del orden público, en mayor medida producto del acuerdo de paz firmado entre el gobierno de Juan Manuel Santos y la desmovilizada guerrilla de las ex FARC.

Juventud

En general, aunque la complicidad de la voluntad expresada consolida el poder de la dirigencia a pesar de los serios cuestionamientos, existe la insinuación de una exigencia tácita que parece amenazarla con poder quitarle ese favor. Quizás no tanto por un aumento abrupto de la conciencia política, lo cual podría descartarse a raíz de la elección de algunos candidatos controversiales, sino por la aparición espontánea e inadvertida de flamantes actores, surgidas del corazón de la sociedad.

Esas nuevas generaciones, provenientes de la academia, carecen del nivel de hipocresía de los adultos. Descreen de la opinión formada desde los medios de comunicación masivos, porque son testigos de la realidad cotidiana de primera mano. Poseen una visión inexperta pero inteligente del país, diametralmente opuesta a los prejuicios de los padres, reconocen los fracasos del pasado, reclaman renovación, transparencia, futuro y a la postre, libraran la batalla por sus legítimos derechos, paralela a la de una verdadera democracia en Colombia.

Vencedores

Una vez más, el claro ganador fue el ex presidente, Álvaro Uribe Vélez. Tras luchar ocho años contra la eventual rebeldía de quien fuera el antiguo “delfín”, Juan Manuel Santos Calderón, resultó siendo el creador de una asfixiante polarización política, mermando la autoridad del presidente en beneficio del interés propio y de sus ambiciones personales.

Encontró en la incapacidad de réplica del Gobierno, el terreno propicio para hacer fermentar una constante sensación de incertidumbre, inestabilidad e inoperancia. Esto, como si Colombia estuviera al borde del colapso, de la claudicación frente a la inexistente “amenaza comunista”, que azuzó con éxito ininterrumpido, aunque no correspondiera con la realidad.

Referente insustituible de los sectores reaccionarios del “no cambio”, largo plazo, la estratagema fundamentalista de talante patriótico, sin otra ideología más que la de volver a empoderarse de los negocios del país para manejarlos de forma excluyente, con puño de hierro, irían arrojando los resultados esperados. Lo que no logró instalando a Óscar Iván Zuluaga en “cuerpo ajeno”, comenzó a cultivarlo al agrupar en torno suyo a los enemigos de la paz, ganando el plebiscito por muy escaso margen y de acuerdo con uno de sus partidarios, a punta de mentiras, completas falsedades, así como generando temor en la población ignorante de los términos de lo acordado en La Habana, Cuba.

De esa forma, además de la vigencia, Uribe Vélez supo edificar una credibilidad inapelable en amplios sectores de la opinión pública. Tanto, que reveló el alto grado de vulnerabilidad de la institucionalidad o de la política colombiana, al entregarle para muchos las llaves del Palacio de Nariño a un virtual desconocido como Iván Duque Márquez, relegando dirigentes con una abrumadora trayectoria mayor, contra todos los cuestionamientos y pronósticos.

No importa si el aspirante uribista participó de los negocios de Odebrecht, tenga experiencia, sea joven o lo hayan puesto para volver o no a Colombia “otra Venezuela” desde el punto de vista de la instalar un sistema político autoritario, asociado al peor de los modelos económicos inimaginables. Sin discurso, plataforma, caudal ideológico, copiándole a los demás las propuestas de gobierno, quienes le dieron el voto lo hicieron porque era “el candidato “de Uribe”. Nada más, aunque al parecer conociera mejor Venezuela que su propio país, repitiera hasta el cansancio la voluntad de su mentor de “combatir al castrochavismo” e impoluto, igual al máximo adalid de Centro Democrático, así se pueda algún día demostrar lo contrario.

El otro vencedor, Gustavo Petro, primer aspirante de izquierda democrática en pasar a segunda vuelta, lo hizo en base a propuestas que lejos de ser radicales e inadmisibles, de acuerdo al testimonio de los contradictores, resultaron ser las más adecuadas para una Colombia cuyo escaso desarrollo, se produjo a merced de obtener rentabilidad del sacrificio de una comunidad despojada de derechos básicos como acceso a la vivienda, salud, educación, entre otras necesidades cualitativos.

El éxito rotundo de la Colombia Humana, radicó en el lógico planteo de gestar un estado capaz de generar inclusión, oportunidades, sin apartarse del sistema capitalista ni del régimen de propiedad privada. Aunque se pretendió desde un principio tildar al petrismo de “expropiador”, el programa progresista dejó bien claras sus pretensiones de alzar modernizadas las viejas banderas liberales de Jorge Eliécer Gaitán, de Alfonso López Pumarejo, acerca de la función social asignado a las propiedades o de impulsar la productividad de las tierras.

Prescindiendo de los dineros de sus poderosos contendores, Gustavo Petro se las ingenió para brindar una oratoria didáctica, comprensible a la mayoría de los oídos, la cual llegó a cautivar a sectores sociales reacios a la izquierda, lejos del fantasma populista que pretendieron asignarle al contemplar absortos la forma en la que llenaba las distintas plazas de la geografía nacional.

Si algo se le debe al progresismo, es haber hecho interesar a la juventud colombiana en la política, de liderar el surgimiento de una conciencia fundada en la necesidad de lograr cambios inminentes, mostrando caminos sino fáciles, cuanto menos transitables desde la inmediatez, partiendo de la celebración de un acuerdo sobre sobre lo fundamental, el cuidado del medio ambiente, de los recursos naturales, hasta el aspecto esencial de la generación de empleo, único medio de generar riqueza.

Su boleto a la segunda vuelta de las elecciones presidenciales, daría la impresión de ser un reconocimiento a la claridad argumentativa, pero también al pluralismo a la hora de invitar a la suma de los sectores políticos a integrar un espacio variopinto, alejado de cualquier clase de sectarismo y poniendo de relieve la capacidad de traducir en hechos los ideales incluyentes de su propuesta programática.

Por fuera

Aún, los resultados electorales consumados, podría catalogarse hasta de “curioso” el hecho de no ver al líder de Cambio Radical, Germán Vargas Lleras, disputando la segunda vuelta.

Para tratar de encontrarle sentido al veredicto de los colombianos, sin dejar de enfocar las virtudes incuestionables, debería recalarse en falencias estratégicas fundamentales, como la excesiva confianza en las maquinarias y los continuos ataques a la izquierda, tratando de obtenerse beneficios de la polarización que en el discurso se le criticaba al uribismo del cual pretendía desmarcarse al menos en apariencia.

La capacidad de liderazgo del candidato, el simple hecho de haber demostrado que los fondos gubernamentales también pueden ser destinados para beneficiar a la ciudadanía a través de ambiciosos planes de viviendas, fueron eclipsadas por la exposición pública de un supuesto temperamento irascible, la presunción de cierta imagen de prepotencia, de soberbia, que resultaría determinante en el balance final.

Ubicado en la centro – derecha del abanico político, quedó expuesto a los embates mediáticos de sus antagonistas. Mientras la izquierda acusaba a Vargas Lleras de pretender recrear una suerte de “uribismo sin Uribe”, desde la derecha se lo acusaba de ser el “verdadero candidato” de un santismo al cual se había dedicado a desprestigiar sin descanso.

El “tiro de gracia” al vargallerismo, llegó de la mano de una maniobra elaborada al estilo del inescrupuloso publicista venezolano, Juan José “J.J.” Rendón, cuando los distintos medios masivos se dedicaron a promover la imagen de unas jóvenes en traje de baño, promoviendo la campaña “Mejor Vargas Lleras” con publicidad impregnada en las escasas partes del cuerpo donde no llegaba su desnudez.

Al tiempo que las redes sociales se hacían eco y las distintas figuras de la política aprovechaban la situación para repudiarla, la sentencia de la gente no se hizo esperar. Unos, se alinearon con la propuesta uribista a nombre de “poner orden”. Otros, con posturas más radicalizadas, optaron por el petrismo. En cambio, los sectores de centro se sintieron atraídos hacia la Coalición Colombia, excluyendo al ex vicepresidente de las preferencias, para apartarlo con sus interesantes propuestas de gobierno y los directorios que las maquinarias políticas nunca acabarían de llenar.

En medio de las disyuntivas, emergió la figura del ex gobernador de Medellín, Sergio Fajardo, triunfante en el distrito capital, quien se quedó fuera de la instancia decisiva por algo más de trescientos mil sufragios.

Una prédica haciendo hincapié en la lucha anticorrupción, el refuerzo aplicado al mejoramiento del área educativa como puntapié inicial para la superación de los problemas del país, supo atraerse con generosidad al electorado moderado, temeroso de los extremismos poniendo bajo amenaza la institucionalidad.

Salvaguardar el bajo perfil, instó al fajardismo a no dejarse tentar por las demostraciones de fuerza en la vía pública, al preferir el trabajo de base, llamando a la puerta de las casas, convencer al electorado por intermedio de un formidable ejercicio cívico que lo llevó al diálogo franco en plazas, calles o avenidas, para traducir los males comunes en la conciencia de la necesidad de erradicarlos con el concurso insustituible de los ciudadanos.

Proveniente de la academia, exento de la calumnia de haber pertenecido a grupos insurgentes, Sergio Fajardo planteó sus propuestas con más sencillez que carisma, ostentando un amplio conocimiento de la forma de ser de los electores al no cometer el pecado de desgastarse, profundizando cada una de las propuestas y apelando al instinto de conservación del sistema por parte de los ciudadanos, como herramienta para la formulación de pensamientos proclives al cambio.

Tuvo a favor el prestigio conquistado al interior de las corporaciones de Claudia López, la ex aspirante a la vicepresidencia de Colombia Humana; el peso específico de un especialista del debate de la talla del senador Jorge Enrique Robledo; la experiencia de Antonio Navarro Wolf y el talante de Angelica González, lo cual compensó una supuesta falta de visión de unidad, que bien pudo catapultar a Fajardo a la segunda vuelta si hubiera aceptado aliarse a otros sectores afines.

Justamente, luego de obtener una cantidad de votos sin representar de forma alguna su elevado nivel como estadista ni el compromiso ético demostrado con la paz del país o la vigencia de la Constitución, el liberal Humberto de la Calle lamentó la imposibilidad de concretar la tan anhelada alianza con el fajardismo.

Desde los primeros instantes de la campaña, adoleció del literal abandono de las “toldas rojas”, de los efectos de una dirección enfrentada, junto al desatino de la dirigencia presurosa de apoyar otras campañas, frente a la falta de despegue de la que según numerosas opiniones fue la mejor candidatura del tradicional partido en décadas, avalada por una trayectoria increíble, junto al prestigio de ser el “rostro” de los Acuerdos de Paz en reemplazo del de Santos, sin haber ganado el Premio Nobel.

Vilipendiado al principio como el “candidato del presidente”, puesto que los mecanismos de propaganda más adelante le asignaron a Vargas Lleras, De la Calle sufrió en carne propia el desprestigio del santismo al interior del Gobierno.

En medio del abandono de sus copartidarios; del presidente del Partido Liberal, César Gaviria; del necesario distanciamiento de la administración nacional, no le alcanzó el poder de convicción para salvar una candidatura condenada al fracaso desde el comienzo.

A la sombra de la fallida candidatura del también ex vicepresidente del período de Ernesto Samper y ex jefe del Equipo Negociador del gobierno Santos, sobreviven las cenizas de una de las colectividades que más contribuyeron a la defensa de las libertades colombianas a lo largo de la historia, hoy incapaz de haber superado el umbral luego de hacer una muy buena campaña durante las legislativas, a causa de haber antepuesto las ambiciones individuales a los intereses del partido.

Especulaciones

Aunque en honor a la verdad existe el hecho incontrastable de que el uribista Iván Duque casi dobló en cantidad de votos a su inmediato, Gustavo Petro, existe la posibilidad matemática de revertir el inminente desembarco del “ungido” de Uribe al poder, omitiendo los predecibles acercamientos de sectores del liberalismo, Cambio Radical o del Partido Social de la Unidad Nacional, la cual amaga a volver con su “primer amor”.

Para lograrlo, los seguidores de Colombia Humana no tienen más remedio que limar sus asperezas durante las tres semanas restantes a la segunda vuelta, concordar las condiciones de un acuerdo tendiente a compartir la misma propuesta programática y los espacios comunes del poder en el marco del futuro gobierno democrático.

Sumada la posibilidad de encontrar aliados reacios a unirse al uribismo, quienes podrían incrementar el caudal de votos, en compensación de los que de seguro perderá el fajardismo al apoyar la opción petrista, los dirigentes deberían comenzar a dar muestras de su voluntad incluyente al escuchar el reclamo de las bases de superar los sectarismos, las diferencias, a fin de constituir una fuerza en condiciones de pasar de las palabras, a la cristalización urgente de las soluciones que reclama Colombia.

El resto, dependerá de la propaganda, de la capitalización de defectos o virtudes, para inclinar la balanza a favor de uno de los dos modelos opuestos de país, pero los cuales con todas sus diferencias, tendrán en común la posibilidad de definir el destino, el futuro de millones de colombianos.

Escribe: CARLOS ALBERTO RICCHETTI

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