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El arzobispo de Cali, Monseñor Darío de Jesús Monsalve, se define apenas como un “párroco de familia”. Lo dice con ironía y trae a cuento un inventario incuestionable: que es el tercero de diez hermanos, que los casó a todos, que luego bautizó, dio la primera comunión y confirmó a los hijos de cada uno, y que ya perdió la cuenta del número exacto de nietos de sus hermanos a los que ha bautizado. Todo eso es verdad, pero también es real que su nombre es reconocido y apreciado en los mundos de la clandestinidad, en las periferias del hampa, al interior de las prisiones de alta y baja seguridad, dentro de los organismos de inteligencia, así como en propia Casa de Nariño.

Su incidencia en la esfera del poder político quedó clara hace unas semanas cuando le pidió al Presidente Santos hallar el cadáver del cura guerrillero Camilo Torres Restrepo, abatido hace 50 años cuando también desapareció su cuerpo. Tras la petición del obispo pasó menos de una semana para que el Presidente ordenara ubicar la tumba de Torres, se designara un grupo especial de Medicina Legal, encabezado por su director, y éste recuperara una osamenta oculta en un osario militar en Santander. Ahora, para tener certeza que los huesos corresponden a Camilo Torres, los forenses cotejan los restos hallados con los de la madre del desaparecido sacerdote, cuya tumba se halla en Cuba. Más pronto que tarde el presidente Santos tomará el teléfono para decir algo como: ‘Monseñor Monsalve, hecho’.

Desde mucho antes de llevar los hábitos Darío Monsalve ha sabido lo que quiere. Era sólo un niño de doce años, inteligente y con carácter, cuando pasó por su pueblo (Valparaíso, Antioquia) el obispo de Jericó y pidió que reunieran los niños que estaban por terminar la primaria. El pequeño Darío de Jesús, de doce años, fue puesto en el grupo con mérito propio: había aprendido a leer y escribir muy temprano gracias a que se tomó en serio el trabajo que hacía su padre y el párroco en la emisora comunitaria que crearon para alfabetizar. Luego, alojándose en casas ajenas, la suya estaba alejada en las montañas de la zona rural de Jerico, había logrado cursar hasta cuarto de primaria en el pueblo, destacándose porque ante la ausencia del profesor él bien podía dictar la clase.

Ante el grupo de niños reunidos el obispo de Jericó pregunto:

– ¿A quiénes de ustedes les gustaría ser sacerdotes cuando sean grandes?

– A mí –dijo el niño, levantando la mano.

– ¿Por qué? –preguntó el obispo.

– Porque Dios me llama y la gente me necesita.

El obispo quedó tan impactado con la contundente respuesta que la apuntó en su agenda personal. Y de inmediato organizó todo para que el niño se incorporara al seminario. Darío de Jesús –haciendo honor a su premonitorio nombre– dejó a su familia y se mudó al Seminario Menor de Jericó, donde se formó hasta los 20 años, para luego ser trasladado al Seminario Mayor de Medellín. Allí continuó su formación sacerdotal y en paralelo cursaba Filosofía en la Pontificia Bolivariana, hasta que fue expulsado de ambos lugares por negarse a pensar igual que el obispo rector, monseñor Juan Eliseo Mojica Oliveros. Echado de la carrera sacerdotal se mudó a Bogotá y empezó a estudiar por su cuenta teología en la Universidad Javeriana, tras graduarse, y al cabo de cuatro años desde su expulsión del seminario, se reencontró con el obispo Mojica quien había terminado por convencerse de la vocación del testarudo alumno. Le pidió regresar. Y fue el propio Mojica quien lo ordenó sacerdote en 1976. Desde entonces sus compañeros advirtieron que Monsalve sería uno extraño espécimen: un capellán más dentro de la férrea estructura eclesiástica, pero a la vez con vuelo propio.

Desde cada uno de los puestos que ha ocupado en su larga carrera Monsalve se ha encargado de confirmar tales vaticinios. “Mi pensamiento me ha traído problemas”, admite con entera seriedad, sin asomo de arrepentimiento. Revisada su trayectoria y contrastada con varias fuentes que piden no ser citadas, salta a la vista que el problema real de monseñor ha sido el de actuar –contra viento y marea– siempre de acuerdo a su pensamiento. “Entendí siempre mi fe y mi ministerio en términos del prójimo”, explica. En consecuencia prefiere dejar un lado la opción de pontificar sobre el deber ser de los demás, y prefiere servir como mediador para alcanzar acuerdos de convivencia cívica, aun a costa de ser duramente criticado en un país profundamente macartizado.

Su primera misión tras ser ordenado sacerdote fue dirigir la Pastoral Juvenil de Medellín, luego hizo un periplo de varios años por remotas parroquias en corregimientos de Antioquia que existen, aunque no figuran en los mapas. Cada tanto sus superiores en Medellín y Bogotá recibían noticias sobre las múltiples versiones de sus pactos de convivencia. “De alguna forma su trabajo siempre tenía resonancia, ya fuera por admirado o por lo cuestionado”, anota un sacerdote.  En 1986 fue llamado por la Conferencia Episcopal de Colombia para hacer parte del comité que recibió y atendió al papá Juan Pablo II en su visita al país. Dicen que hizo buenas migas con el sumo pontífice o tal vez su presencia le hizo pensar en otros horizontes. El caso es que se marchó a Italia por dos años y regresó graduado en teología bíblica de la Universidad Gregoriana de Roma. Fue nombrado rector de su seminario de formación, en Jericó, y cinco años después pasó a ser obispo auxiliar de Medellín. Poco se le vía en el despacho eclesiástico, pasaba más tiempo en las comunas discutiendo con las pandillas, los jíbaros y demás ‘chachos’ de la delincuencia juvenil del momento. Acumuló ocho años inventando iniciativas como ‘¡No matarás!’ o ‘Pare, no dispare’. Y cuando dentro y fuera de la iglesia se presumía que lo siguiente sería su asenso como obispo en propiedad de Medellín, sorpresivamente fue retornado a la periferia.

Efectivamente en el 2001 le nombraron obispo pero la decisión superior fue enviarlo a terreno escarpado. Vendrían nueve años trasegando por decenas de municipios entre Málaga (Santander) y Soatá (Boyacá), como jefe de esa diócesis unificada. Hay quienes sostienen que se trató de un castigo por su insistencia de estar rompiendo el molde. Otros lo ven más bien como un acierto de la Santa Sede pues alguien con su talante y trayectoria era lo más indicado en aquel tiempo para esas zonas cuando justamente estaban siendo disputadas a muerte por las Farc, el ELN, el Bloque Central Bolívar y el Ejército. Antes mudarse a Málaga –cuando su sorpresiva designación tenía desconcertado a más de uno en la iglesia–, un viejo amigo suyo le hizo llegar desde Manizales un regalo muy especial que aún conserva, un crucifijo con una frase grabada en el anverso: Porque Dios me llama y la gente me necesita.

No le tembló el pulso  para enfrentar públicamente al pesidente Uribe y también cuestionó el asesinato de Alfonso Cano en el gobierno Santos

En tiempos de la máxima popularidad del presidente Álvaro Uribe y su boyante política de Seguridad Democrática, monseñor Monsalve fue el bicho raro del país. Aparecía en los medios cuestionando la visión militarista del gobierno, le ponía el retrovisor al presidente y lo acusaba de estar alimentando el fuego de la violencia desde sus tiempos como gobernador de Antioquia a través de las ‘Convivir’. Cada que pasaba por Bogotá cuestionaba las redadas del Ejército en los campos y las directivas del Ministerio de Defensa, denunciaba que había visto supuestos guerrilleros que aparecían con los cuerpos abaleados y sus camuflados intactos. Sus posturas levantaban más ampolla que debate, sin embargo, no se callaba. Aun es recordada una reunión en la Casa de Nariño en la que se presentó para descalificar de cabo a rabo el programa ‘Soldados de mi patria’ con el que se reclutaba a los jóvenes campesinos. “En las veredas están quedando solos los ancianos sin nadie que vea por ellos, no puede ser que para la juventud la única opción sea la guerra”, dijo, Y esto exaltó a los principales asesores del presidente, entre estos el hoy senador José Obdulio Gaviria,  uno de los protagonistas de esa reunión, recordada por el calibre de las expresiones que se usaron para descalificar al curita Monsalve y defender al estadista Uribe.

Quienes no conocen su trayectoria entre los vericuetos de la violencia levantan la ceja cuando de pronto se enteran que el hoy arzobispo de Cali se cruza cartas con el comandante del ELN. En cambio, quienes han seguido su carrera como “líder espiritual y social” les parece de lo más normal. No es simple coincidencia que la noticia mundial de los atentados en Nueva York el 11 de septiembre de 2001, haya sorprendido al obispo en una cárcel de Medellín, cuando estaba reunido con Gerardo Bermúdez, más conocido como Pacho Galán (quien fuera uno de los hombres clave del ELN y ahora apartado de la insurgencia), cuando estaba tratando de mediar en nombre de un sacerdote sentenciado a muerte por esa guerrilla.

Las posturas controversiales de monseñor Monsalve no han sido únicamente en los gobiernos de Uribe. El arzobispo levantó un debate incómodo después que el país conoció la noticia sobre la muerte del número uno de las Farc, Alfonso Cano, abatido por el Ejército. “¿Por qué no trajeron vivo a Alfonso Cano?”, preguntó. Y fue la de Troya. Según Monsalve en la operación militar hubo desproporción absoluta y el jefe de las Farc fue ejecutado cuando era un hombre de más de 60 años reducido, ciego, herido y sólo. Por posturas como esa, en tres ocasiones, Monsalve ha tenido que concurrir ante la justicia penal militar acompañado de un abogado defensor, y en los tres casos los expedientes han sido archivados sin determinaciones en su contra. Es algo que poco le interesa a varios sectores de la opinión pública que le cuestionan implacablemente. Sus más más vehementes críticos (léase, el grueso del Centro Democrático) dicen que tiene doble racero, severo para contra el ‘uribismo’ y tolerante con la guerrilla. Al margen del debate político, si se revisan con atención las intervenciones del obispo se encuentra que constantemente también crítica y condena los actos de la guerrilla y las distintas formas de delincuencia común, aunque esos comentarios nunca tienen el mismo despliegue mediático que el de sus frases percibidas como políticamente incorrectas.

Preservar a contracorriente su criterio de independencia por tantos años es en buena medida lo que le permite mantener interlocución con sectores que son como agua y aceite, y que este obispo aspira a ver algún día reconciliados. Persiguiendo ese mismo objetivo desde hace un par de años se inventó laComisión Interurbana de reconciliación (Ciur), una red multidisciplinaria que él preside y que aspira a extender a 30 ciudades del país en donde la violencia determina el diario vivir. Su idea es la misma de siempre: promover pactos de paz como un escape frente al no futuro de la violencia. Sólo en Cali aspira a entablar diálogo con más 100 pandillas que delinquen en el área metropolitana. El mismo propósito lo persigue, en otros niveles, cuando recibe llamadas (nacionales e internacionales) de jefes de las bandas criminales que están pidiendo pista para desarmarse, cuando se comunica con la comandancia del ELN a la que le pide “audacia” para avanzar hacia la paz, o cuando se reúne con algún alto funcionario del Estado colombiano, o del Estado de la Ciudad del Vaticano.

Fuente: LAS 2 ORILLAS

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