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Voy a hacer lo que casi nunca. Me tomaré la atribución para escribir un artículo en primera persona, porque en esta ocasión es el deseo de este cronista al cual la realidad intenta sobornar con sus artilugios, hacerse cargo de cuanto dice y reforzar de esta manera dicha intención.

Se los dire de una vez: Estoy harto de escuchar justificaciones éticas o morales, vueltas frase cotidiana al estilo de “tengo derecho a pensar diferente”, “hay que respetar las ideas de los demás”; “es mi modo de pensar”, junto a tantas otras similares, como si haciendo uso o abuso de una semántica “democrática” en la cual nadie cree, se pretendiera reducirlo todo a “usted es de ese equipo de fútbol; yo de tal cual”.

Es imposible suponer que ser simpatizante de Atlético Nacional y no de América de Cali, por ejemplo, pueda conllevar intereses particulares disfrazados de razones e ideologías. En materia de política, de la clase de persona que se es, en cambio no. De igual modo existen hechos posibles, permitidos, pero inadecuados, indebidos, aunque la confusión mediática, la atrofia de una ley al servicio de los poderosos la pueda permitir.

Más, cuando el interés siempre existente, la maldad solapada, el engaño, tiende a disfrazarse de “opción”, “ideología”. En resumidas cuentas, “del derecho a pensar lo que se quiere”, sin importar el de otros a no sucumbir al interior del sanitario por meros individualismos disfrazados de pensamiento, aunque destilen fuertes dosis de egoísmo inconcebible.

En tiempos antiguos, de sociedades más precarias, cuando la democracia ni siquiera existía como término, los opuestos al interés del colectivo eran considerados execrables. A este concepto primario le sobrevino el de la idea del equilibrio entre el derecho individual con el comunitario y se perfeccionó. El problema fue cuando se pretendió primero, lográndolo después, que las atribuciones de unos pocos, alimentadas por el egoísmo de algunos en la mayoría de los aspectos, incubaron el germen de la injusticia.

En realidad, el único derecho inexplicable es concebir el de unos cuantos para perjudicar, sabotear, borrar de la faz de la tierra a terceros, lo cual suele implicar la curiosa e impensada prerrogativa de terminar con quienes lo suelen ejercer, que dicho sea de paso además de justo es bueno, a pesar de muy poco aleccionador por la manía de repetir los errores del pasado.

 

Conciencia

Vayamos al grano. Verdaderamente siento no sólo consternación, sino mucha angustia por quienes votarán “NO” a la refrendación de la paz en el plebiscito.

Aquí no entran en consideración ideas referentes a los modo de organizarse el Estado, buenos y malos, dependientes de sus distintas formas de la aplicación la mayoría de las veces. Está en juego la culminación real de un conflicto armado que lleva casi setenta años en el país.

¿Alguno de los que se oponen puede atreverse a cavilar acerca del mal de permitir mediante el “libre ejercicio de su voluntad”, la continuación de un endeudamiento de 411 billones de pesos anuales, 22 mil millones al día, manteniendo una guerra como consecuencia de la inequidad generada desde el solio pontificio del poder estatal?

¿Quién puede osar de cargar con el peso de la responsabilidad de irse a dormir, pensando que así sea con el voto, algo infinitamente microscópico dentro de la constelación de la amañada democracia colombiana, contribuyó a negarle a 6 millones de compatriotas a dejar de permanecer desplazados?

¿Impunidad? Si día a día se comprueba como la ley rehúye al desamparado, para incrustarse tuerta del lado de los poderosos de turno, de sus inescrupulosas alianzas, de una clase política que mantiene amarrada a la población a sus necesidades y las estimula a través de la concesión de un favor que entretiene pero nunca alimenta. Cuando el rostro de los malhechores parece guiñar el ojo desde los carteles electoralistas, preñados de conexiones con los actores armados, las sustancias ilícitas, la corrupción, el vaciamiento, la entrega, mientras las bancadas están atiborradas de sendos personajes de indescriptible prontuario, a los que el pueblo vota a cambio de una promesa, del tamal, del copón de arroz cada cuatro años.

¿Honor? ¿El de la guerrilla, presa de la descomposición, cuando en sus inicios fue la consecuencia inmediata y no la causa de las injusticias, como se intenta hacer creer, promovidas desde un estado violento, excluyente, de espaldas al país? ¿El de los paramilitares, puestos a hacer el “trabajo sucio” de los sucesivos gobiernos de turno, a título auto adjudicado, ahora sí, de quienes piensan distinto por el hecho de buscar alternativas así sean radicales porque están hartos de ver tamaño hambre y miseria en uno de los países más ricos del globo? ¿El de la Armada Nacional, que dejó de ser el glorioso ejército de Simón Bolívar, para transformarse en el elemento de coacción, amedrentamiento y defensa del lucro, de la explotación del trabajador, para luego dispararle cuando sus protestas alteran la tensa calma de los dueños del verdadero poder, sean maestros, líderes indígenas, peones de fábrica, campesinos, no sin antes hacerlos figurar como pertenecientes a facciones armadas, para justificar el presupuesto malavenido de una falaz lucha antisubversiva?

Todo es igual. Nada es mejor. Los acuerdos de La Habana, Cuba, no son una rendición, sino condiciones para la terminación de la guerra en Colombia, donde todas las partes responsables en su proporción de los males del país, perderán y ganarán durante al negociaciar.

Pero lo más gratificante, sería intuir si existe la predisposición a entender razones o si alcanza con lo vertido por medios de comunicación, en su mayoría favorables a quienes se benefician del conflicto armado, para tomar determinaciones anteponiendo la ignorante obsecuencia, el chisme de feria barato, la falacia desinformativa, al sentido elemental del bien común, de lo ético y correctamente moral, que va más allá de cualquier sistema de creencias.

 

Peculiaridad

Quisiera hacer énfasis sobre la desilusión, el desengaño, la amargura que me producen muy especialmente aquellos distinguidos por la naturaleza por su condición de artistas, defendiendo a capa y espada el estado de guerra perpetua, la muerte como modo de llevar a cabo la política.

Debido a su permanente contacto con la cultura, desechada la presunción de la ignorancia, del desconocimiento, de la precaria formación intelectual en la mayor parte, se supone que un artista es o defería ser un acérrimo partidario de la vida.

No deja de ser llamativo el hecho de concebir tan trágica elección guerrerista e intolerante, de soportar la responsabilidad de cientos de muertos y desplazados sobre la conciencia, de la pretensión de imponer el sometimiento, la carestía del conflicto armado a los propios compatriotas, más cuando se hace referencia a poseedores de tal sensibilidad al momento crear o  transmitir expresiones elevadas.

Lo dicho, porque se supone que el verdadero cultor del arte es un natural defensor de la vida, desde el novelista suicida, pasando por la melancólica pintora de noches de insomnio, hasta el escultor albergando emociones aun cuando le da forma a cualquier figura ambigua.

No sólo en este caso cabe preguntarse cómo pueden ser capaces de dormir, legándole guerra en lugar de arte a su entorno. Después recuerdo que Adolfo Hitler fue artista antes de político y el apetito intelectual, la sed de comprender, la ametralladora de preguntas, se me esfuma.

Volviendo una vez más a la figura del abominable austríaco devenido en alemán; ¿será que las concepciones de dichos artísticas admitirán la posibilidad de darle formas altruistas a las expresiones desgarradas de los cadáveres bajo las balas guerrilleras? ¿Concebirán la motosierra paramilitar como una suerte de cincel transformador? ¿No se resignarán a perder la elevación general, provocada por el gemido de los malheridos al momento de ser sepultados con vida en las fosas comunes de Colombia entera, sin importar el bando al cual pertenecen?

Sin embargo, volviendo a los depositarios del “oleo de Samuel”, resulta más deplorable todavía escucharlos hablar de la escasa valoración del arte desde los círculos de poder, de quejarse de la marginación impuesta por el establecimiento, para que llegada la hora, en lugar de hacerles un funeral de lujo, agachen la cabeza con la misma deferencia del campesino servil, enseñado de niño a agachar la cabeza frente al patrón sin mirarlo a los ojos.

Cuesta enfocar a Leonardo Da Vinci, Víctor Jara, Pablo Neruda, Alfonsina Storni, Juana de Ibarbourou, Miguel de Unamuno y a tantos exponentes de las diversas ramas del arte, apoyando una manifestación plástica cuyo único fin imaginable presume un collage de sangre, trozos de cuerpo o masa encefálica sobre la tierra natal. A esto, sumada la hipocresía de algunos que afirman desinteresarse “de lo político”, sorprendidos “in fraganti” arrojando la piedra para esconder más tarde la mano, contrariamente a eventuales convicciones divinas, pacifistas y al “buen concepto” del que suelen gozar en la comunidad.

Debido a la personal afición al canto, confeccionar poemas, hacer algo de radio, actuar, escribir crónicas como esta, a muchos se les dio por darme el inmerecido mote de artista, en complacencia a las limitaciones de mi capacidad creativa. Pero si a fuerza de intentarlo fuera incluido entre semejante “Parnaso de talentos”, fantásticos para expresar cuanto son incapaces de sentir, me arrepentiría de no haberme convertido en contador, bancario, doctor en ciencias económicas, como quería mi extinto padre. No tanto a manera de adoptar concepciones más economicistas de la vida, sino a modo de tener un menor compromiso con mis conciudadanos.

Los artistas no deberían dejarse atrapar por el insolidario mundo de quienes los invisibilizan, marginan, les niegan el merecido reconocimiento. Cuando los legatarios de la sensibilidad, de expresar el amor, la desazón por la vida, no albergan en sus corazones el deseo, la necesidad de darles a otros un porvenir distinto al oprobio donde subsisten, pontificando las cadenas para luego desdeñar a los que luchan por quitárselas, es cuando se tiene la certeza que todo esta perdido.

 

Análisis

Definitivamente, una persona es a la política lo que como persona. Dime si eres nazi, pinochetista, uribista, macrista, guerrerista, amante de las dictaduras, de toda forma de racismo, intolerancia, violencia, exclusión, humanista, demócrata, peronista, cristiano, comunista, pacifista y te diré como eres en verdad.

De allí es posible deducir si una persona es autoritaria, violenta, egoísta, fraterna, cordial, ignorante adrede o por defecto, buena o no.

Una pareja, una amistad, dura para siempre. En el mismo concepto desgastado e incluso mal entendido del derecho, existe la posibilidad de elegir con quienes permanecer o bien, abstenerse de cosechar algo tan especial sobre terrenos que nunca darán frutos.

Desde luego, por carácter fraternal, solidario, culto a lo ideológico relacionado con la forma de ser o de pensar, al bien común, podré colaborar, ayudar, querer, amar, transmitir afecto de forma espontánea, sincera, porque contribuye a predicar, dar ejemplo a otros a fin de que vea la forma de modificar características, a pesar de saber que la gente en esencia jamás cambia.

Pero de allí a construir amistades donde reina el temperamento inequitativo, la intolerancia, la maldad, la ignorancia malintencionada, la falta de personalidad de los cerebros lisos y lavados, resulta una pérdida de tiempo más imperdonable que esa clase de individuos.

Como la mayoría de los mortales, sufrí muchísimas decepciones de amistad, de amor, al interior del complejo mundo de las relaciones personales. Fui abandonado, despreciado; no me avergüenza decirlo. Me rompieron el corazón en tantos pedazos, que a veces cuando me muevo siento todavía el pinchazo de las astillas. La sinceridad brutal como la entrega son mi mejor regalo al mundo, junto a la constante prédica donde pueda encontrarme.

A pesar de la obligación de aceptar al prójimo, de poner en evidencia cuando corresponde su estupidez al derrotarla con sólidos argumentos, lo cual quizás conlleve cierta dosis de soberbia intelectual, recibo, acepto a las personas dentro mío al verlas y me convenzo con el tiempo como son en realidad.

No le deseo a nadie cuanto padecí. Ni al peor de los enemigos, porque ese pensamiento me volvería alguien demasiado malo. Tanto, como para dejar de ser amigo de mí mismo al decepcionarme de quien soy.

 

Conclusiones

Al igual que toda libertad conlleva una responsabilidad, en la vida es cuestión de elegir, demostrar sin ambigüedades las ideas, intenciones, propósitos, porque constituye además la mayor e irrefutable evidencia de sinceridad, transparencia y honestidad.

Estar en favor de la continuación de la guerra en Colombia, es ubicarse voluntariamente del lado de los feudales, los enemigos del país, de la libertad, de la restitución de tierras, de la dignidad de la gente ya no por avasallar el primero de sus derechos humanos, que es el de la vida, sino por el grado de complicidad en ese acto, desde el desinterés de tomar recaudos procurando una buena decisión, al mísero pregón de la muerte que incurre en graves faltas a la verdad.

Nada de lo existente es superior a la vida humana, a su preservación, al mejoramiento paulatino de la misma. Las negociaciones entre Gobierno e insurgencia armada, como la suma de lo material, no le llega ni a los talones. En cualquier caso, su condición de importancia radica en que al fin los colombianos dejarán de matarse cual pájaros. El cese al fuego debería ser la llave de entrada a la verdadera construcción de la paz, correspondiendo a todos hacerla cumplir.

La muerte es estancamiento, quietud. No existe avance ni retroceso. En cambio, la vida implica posibilidades de progresar, mejorar, de evolucionar como seres humanos y alcanzar un alto grado de avance social.

Por ende, ser trata de no ser lo suficientemente ignorante ni mala persona, votando por el NO en el plebiscito, a favor del genocidio perpetuo entre hermanos, para no tener que sostener la hipocresía de quejarnos en el futuro de haber provocado desde lo minúsculo e insignificante, la tragedia colombiana y el atraso político de los cuales hacemos parte.

Para finalizar, de triunfar la negativa a la refrendación de los acuerdos, que al menos haya unos pocos capaces de hacerse cargo de haberse negado a vivir en paz.

 

Escribe: CARLOS ALBERTO RICCHETTI

09/17/2016
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