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¿Por qué la paz no? Es cuanto debería preguntarse todo colombiano uribista o no, cuyo máximo deseo es vivir libre de guerra, progresar ganándose el sustento en la tierra de sus padres, sin acudir a países extranjeros para obtener los bienes tan negados al interior del país de origen. El resto, la solución de los distintos focos de conflicto.

Para lograrlo, es necesario el aseguramiento del primer fuero de todo ser humano: El derecho a la vida. La guerra perpetua, como se pudo comprobar a través de la cruenta historia de Colombia, fue un absoluto fracaso. A pesar de las promesas del mismo Álvaro Uribe Vélez, de exterminar la insurgencia en apenas seis meses y de asignar el 61% del presupuesto nacional a gastos militares, la insurgencia armada prevaleció por encima de la satisfecha sensación de seguridad de algunos.

Es por esa razón que a pesar de su modelo político, social o económico legítimamente cuestionable debido a graves hechos de corrupción, la venta de rentables empresas del estado como ISAGEN o la misma ETB, el gran acierto del gobierno del presidente Juan Manuel Santos es haber sabido interpretar la conveniencia de anteponer el costo de tiempo al de la sangre.

El tiempo perdido no se recupera jamás. Es cierto. La guerra viene haciendo estragos en los colombianos desde hace sesenta y ocho largos años. Sobran al respecto las palabras del ex burgomaestre de Dosquebradas, Carlos Alberto Cano López: “En mayor o menor medida cada uno lleva un pedazo de la guerra dentro”. Pero si es resulta bastante iluso pensar en las posibilidades de recuperar el tiempo, mucho más lo será devolverle la vida a los cadáveres en toda la geografía nacional, de no mediar el inmediato cese de las hostilidades.

 

El negocio “guerrerista”

Ni hablar de seguir alimentando esa inmensa y macabra “moledora de carne”, sustentada en el negocio ilícito de las drogas o de las armas, tendientes a llenar el bolsillo de unos pocos, con el sacrificio de compatriotas en su mayoría de extracción popular, como moneda corriente de uso común de una inmolación innecesaria, cuando el camino consiste en dar los primeros pasos hacia la inclusión social a partir del afianzamiento de la convivencia pacífica.

En contra de la paz, quienes se enriquecieron a expensas de las tierras arrancadas a los campesinos de las manos a punta de fusiles; sectores políticos renuentes a ceder una mínima gota de poder; terratenientes, industriales, empresarios celosos de perder “la gallina de los huevos de oro”, como si la única forma de enriquecerse fuera por medio del despojo y no, de promover el crecimiento conjunto de la sociedad.

Más por debajo del límite de la conveniencia, se encuentran las bellas jóvenes uribistas, las encantadoras señoras mayores que en su mayoría de buena fe las acompañan, sin atinar a imaginarse cuanto tocará la guerra a los habitantes ya no de las grandes urbes donde moran, sino en la periferia de lejanos departamentos rurales, donde tienen lugar verdaderas carnicerías entre ejército, policía, paramilitares, guerrilla, con la población civil en medio.

Le siguen los sensibles hombres de trabajo; los desocupados con la necesidad de percibir latente el control social, como si por sí sólo el control se las arreglara para garantizar bienestar. Distintas personas que no obstante recibir las tendenciosas noticias “confeccionadas” desde personajes, medios de comunicación opuestos a la paz de todos los colombianos, nunca se dieron la oportunidad de conocer los puntos acordados entre el Gobierno Nacional y la insurgencia armada en La Habana, Cuba.

Desde luego no se volverán santistas quienes apoyen la firma inmediata del acuerdo de paz, ni se volverán de golpe uribistas quienes pienses que las negociaciones son una farsa o bien, valga la pena mejor matarse como pájaros otro medio siglo más, sin convencerse de la inconveniencia general de continuar la guerra civil.

A la hora que las bombas empiecen a sonar con todo su estertor, a surcar los aires los cilindros bomba, los helicópteros Black Hawk a encender los cielos con disparos; cuando el glifosato vuelva a caer sobre trozos de tierra ganados a selvas y montañas, los paramilitares a jugar futbol con cabezas de inocentes campesinos sin ideología, la guerrilla a reclutar gente, secuestrar, matar por no tener otra salida política, ningún actor armado se detendrá a preguntar quién es santista, uribista, cual estaba a favor de permanecer toda la vida como enemigos acérrimos y quienes, al contrario, optaron por hacer las paces entre hermanos, avanzando en igual dirección.

 

Interpretación “adrede”

En lo que refiere a la cuestión de fondo, el presidente de la República no mintió. Más allá de cualquier detalle del tipo técnico; ¿qué cabe esperar frente al eventual fracaso rotundo de los acuerdos de paz, en caso de no lograr ser refrendados por el pueblo? ¡Una verdadera hecatombe nacional!

Descártese la renuncia del gobierno, lo cual a los enemigos de la paz les convendría para hacerse con las riendas del poder, emular muchas de las medidas que hoy le critican a la administración de Juan Manuel Santos, aun cuando ya las repitieron durante casi una década, al momento de ser gobierno.

La consecuencia inmediata sería por lógica el recrudecimiento inmediato del conflicto armado, con una multiplicación de atentados tanto civiles como urbanos en la búsqueda de nueva estrategias para asestar audaces golpes, que harían parecer “juegos de niños” los cometidos durante el pasado por la guerrilla del Movimiento M-19.

No robarían en esta ocasión el glorioso sable de Simón Bolívar. Tampoco asaltarían el Palacio de Justicia, porque la existencia de Internet haría obsoleta la intentona. Volverían a tomar ciudades no como Pereira, Dosquebradas, Cali, Medellín, Barranquilla. En cambio sí como Mitú, Pueblo Rico, Leticia, entre otras, poniendo a Colombia de nuevo bajo fuego.

¿Y por qué? Debido a que las maniobras políticas de engaño, amedrentamiento, confusión, mentiras que poderosos señores viviendo de las regalías de una matanza entre colombianos, lograron su vil propósito de convencer a la mayoría de no refrendar los acuerdos de paz, sin dejarle otra alternativa que la resistencia militar a los embates de la fuerza pública, con los habitantes del país como rehenes “de lujo”, cayendo como moscas de una guerra que les es ajena e inentendible.

Se sabe de donde provienen las armas para afrontar el conflicto armado. Por supuesto, también de los encargados de aportar las víctimas: El pueblo. Lamentablemente, lo único que resulta desconocido para la opinión pública es la identidad de todos los responsables que se lucran de la muerte de sus propios compatriotas y entonces, en algunos casos, buscan revolver a propósito los hechos con el objetivo de inventarse las diferencias suficientes. Por desgracia, razones amparadas en sospechas de dudosa legalidad, hacen difícil suponer ver esos nombres y apellidos algún día transcriptos sobre una lista confiable.

De allí, la necesidad de malinterpretar las palabras acertadas del presidente sobre la inminencia de la profundización del conflicto interno armado, para transformarlas en infamia, haciéndolas ver como una deliberada estratagema de amedrentación, la imposición dictatorial de un grupo de inescrupulosos tratando de instalar la paz “con impunidad”, cuando en realidad es al revés. Son los detractores de los acuerdos, los verdaderos responsables de pretender obligar a los colombianos a vivir en un estado de guerra permanente, porque en el fondo, les molesta que en Colombia haya mayor equidad, por no hablar de los extensos prontuarios ni de la impunidad de la cual gozan, gracias a sus múltiples conexiones e influencias.

En cuanto al Gobierno Nacional, se le recuerda que construir paz  “no es soplar”, “hacer botellas”, limitarse a firmar acuerdos de libre comercio, conceder meras licencias a empresas mega mineras, beneficiar a las compañías petroleras, desforestar el territorio, contaminar el suelo, permitir el freaking” o sancionar un nuevo código policial, destinado al paulatino reforzamiento del orden público.

Revivir las horas extras laborales; reducir el tiempo del servicio militar obligatorio, pagándole un setenta por ciento del salario mínimo a los conscriptos, instaurar el matrimonio igualitario, leyes donde se respetan los derechos de las minorías, entre otras importantes medidas, aunque todavía insuficientes para lograr una justicia social mínima, garantizar la vigencia, el cumplimiento de un conjunto de derechos fundamentales e inalienables, entusiasma desde la óptica de posibilitar escenario en el cual la paz puede ser un poco más creíble y posible.

Sin embargo, la política enseña que no sólo se debe hacer, sino dejar en evidencia lo realizado, dando conocimiento público a los aspectos elementales de cuestiones tan trascendentes como son los distintos puntos acordados en la mesa de diálogos.

Haciendo una intensa tarea de difusión en los meses restantes hasta la fecha del plebiscito por la paz, será posible no sólo combatir la ignorancia, evitar la marea desinformadora, el efecto “teléfono descompuesto”, sino la malicia exacerbada de los profesionales de la mentira al servicio de los mercaderes de la guerra y del no retorno en Colombia.

 

Escribe: CARLOS ALBERTO RICCHETTI

06/18/2016

LOS ENEMIGOS DE LA PAZ MALINTERPRETARON A PROPÓSITO LAS PALABRAS DEL PRESIDENTE SANTOS (Artículo)

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