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La opción del “sí” en el plebiscito de la paz aglutina a casi todos los partidos del espectro político colombiano que ven en el acuerdo firmado con las Farc una oportunidad única para acabar con el conflicto armado y empezar a cortar una espiral de violencia que ha dejado miles de muertos.

Los partidarios de esa opción argumentan que es “imperativo parar la guerra” de 52 años con las Farc y por eso llaman a aprobar en las urnas el acuerdo de paz firmado esta semana en Cartagena por el presidente Juan Manuel Santos, y el máximo jefe de la guerrilla, Rodrigo Londoño, alias “Timochenko”.

“Se trata de ponerle fin al conflicto que ha dejado ocho millones de víctimas mediante unas reformas que son necesarias y que tienen un trasfondo democrático, que van a ser altamente benéficas para el país”, sostiene el senador Iván Cepeda, del partido de izquierdas Polo Democrático.

Cepeda, cuyo padre, el también senador Manuel Cepeda Vargas, fue asesinado en Bogotá en 1994 por paramilitares en una campaña contra la izquierdista Unión Patriótica, cita que Colombia es uno de los países más desiguales y recuerda que, según un censo agrario, el 0,4 % de los propietarios tiene el 40 % de las tierras productivas.

Un derecho

Al igual que otros políticos, Cepeda considera que la paz es un “derecho” que está por encima de otros y todo lo que se haga para conseguirla beneficiará a las mayorías, especialmente a los menos favorecidos que son los que más han sufrido con el conflicto, bien como civiles, militares, policías o guerrilleros.

Pese a que hay una evidente polarización en las campañas por el “sí” y por el “no”, hasta ahora no ha habido violencia, un asunto que tampoco resulta menor si se tiene en cuenta que el país se acostumbró a resolver sus diferencias por la fuerza de las armas.

 

Mockus
“Colombia debe refrendar el acuerdo, darle toda la solidez, un apoyo democrático muy amplio”, declaró a Efe el exalcalde bogotano y excandidato presidencial Antanas Mockus, reconocido por sus iniciativas cívicas y uno de los adalides de la campaña del “sí”.
Para Mockus, el argumento más contundente para aprobar el acuerdo en el plebiscito es que “son muchas las víctimas que hemos tenido y muchas las víctimas que podemos evitar”.
Por el SÍ
“Cuando ustedes depositan el ‘sí’ y el ‘sí’ gana en el plebiscito, desaparecen las Farc como grupo armado. Ustedes van a salvar vidas. Piensen en eso, piensen en la cantidad de vidas que se han perdido en esta guerra, piensen que puede ser uno de sus hijos, un hermano, un padre”, manifestó el pasado martes el presidente Santos.
Argumentan los partidarios del “sí” que si logran ganar mañana domingo se silenciarán los fusiles de las Farc, aunque el Estado tendrá que atender otros frentes de inseguridad generados por las bandas criminales, el narcotráfico y el Ejército de Liberación Nacional (Eln), la segunda guerrilla del país.
Para los partidarios del “sí”, al parar la confrontación se abrirán también nuevas oportunidades de desarrollo para el país pues parte del atraso del campo, donde surgieron las Farc, se debe al hecho de que las condiciones de seguridad no permitían la inversión y la construcción de obras de infraestructura en algunas regiones.
Eso sin contar con que el gasto militar acaparó durante décadas buena parte del presupuesto nacional, relegando a un segundo plano la inversión en educación y salud, una ecuación que el actual Gobierno se ha propuesto cambiar.
“Justicia perfecta no permite la paz”

La tarde del pasado 23 de agosto el presidente de Colombia, Juan Manuel Santos seguía desde su oficina todo lo que ocurría La Habana. Por recomendación de Jonathan Powell, uno de sus asesores internacionales en las negociaciones con las FARC, había apremiado a su delegación para celebrar una suerte decónclave con el que finiquitar las conversaciones después de cuatro años en La Habana. En torno a las 18.45, Santos recibió una llamada de la canciller, María Ángela Holguín. “Acabamos de terminar”, le dijo. El presidente recordaba el momento en que dio por concluidas las negociaciones de paz que pusieron fin a 52 años de guerra el viernes durante un vuelo a Cartagena, donde invitó a realizar esta entrevista por lo apretado de su agenda.

Hasta que un poco después logró hablar con el jefe negociador, Humberto de la Calle, el mandatario colombiano recuerda que se quedó callado, contento. “Han sido cuatro años muy complicados, en los que estuvimos a punto de tirar la toalla. Pero es un acuerdo que va a cambiar la historia de Colombia.

Ahora, esto ha sido difícil, pero construir la paz va a ser aún más complicado”, asegura Santos, consciente de que los acuerdos deben aún refrendarse en el plebiscito del 2 de octubre. A la hora de la entrevista, en la mañana, aún no se conocía la fecha y el lugar de la firma definitiva, que anunciaría esa misma tarde: el 26 de septiembre en Cartagena.

En el viaje de vuelta, ya más distendido, bromea con que el desliz de Mariano Rajoy, presidente en funciones de España, fue una mera coincidencia. De hecho, se llegó a barajar el 29 y asegura que se concretó definitivamente durante el almuerzo del viernes.

La fecha elegida permitirá que los jefes de Estado que quieran acudir puedan prácticamente enlazar su visita a la Asamblea General de la ONU con el acto.

Pregunta. ¿Cuándo fue la última vez que pensó en tirar la toalla?

Respuesta. Al acercarnos al final las FARC comenzaron a añadir puntos a las negociaciones que no se habían discutido. Yo dije: “Si eso es lo que ellos creen que van a conseguir, terminemos ya”.

El gran reto para el plebiscito será neutralizar casi cuatro años de mentiras y de desinformación

P. El jefe negociador, Humberto de la Calle, aseguró que les hubiese gustado haber logrado más en el acuerdo. ¿Qué le hubiese gustado conseguir?

R. De la Calle dijo lo que mucha gente piensa, yo incluido. En un acuerdo de esta naturaleza trazar la línea divisoria entre justicia y paz deja a muchos descontentos. Estoy seguro de que la mayoría de los colombianos hubiesen querido más justicia para los responsables de crímenes de guerra y lesa humanidad. Pero el enfoque con el que abordamos le negociación fue encontrar el máximo de justicia que nos permita la paz. Por eso decimos que todo proceso de paz es imperfecto. Una justicia perfecta no permite la paz.

P. Gobierno y FARC acordaron la creación de una Jurisdicción Especial para la Paz, que será quien sancione a los actores del conflicto. Después de 50 años de guerra, ¿cuánto se pueden demorar esos juicios?

R. Hay que proceder con mucho pragmatismo y realismo. El tribunal tiene que trabajar con mucha eficiencia y abordar en primera instancia los casos más significativos para generar credibilidad y que la gente perciba que se está aplicando la justicia. Pero no nos engañemos, poder impartir veredictos sobre todos y cada uno de los casos de 52 años de guerra es imposible.

P. De todas las críticas al proceso, ¿cuál es la que más entiende?

R. Mucha gente piensa que debe haber más justicia, pero porque no están acostumbrados a la justicia transicional, a la justicia restaurativa, a la reparadora. Estamos acostumbrados a la justicia vengativa, por cierto, cada vez más en entredicho si lo que se busca es restaurar a la víctima.

P. ¿Cuál es el gran reto para el plebiscito del 2 de octubre?

R. Poder poder neutralizar casi cuatro años de mentiras y de desinformación, que han hecho mella, que han confundido mucho la gente. Tenemos comprobado que a toda esa gente cuando se le explican los acuerdos dicen: “Ah, yo no sabía, tenía entendido otra cosa”. El gran reto es hacer una pedagogía efectiva.

P. ¿Cómo se va a lograr en cuatro semanas si no se ha conseguido en cuatro años?

R. Haremos una campaña sencilla pero muy intensa. Vamos a lograr el cometido, quizás no con todo el mundo, porque nos hubiese gustado tener más tiempo, pero creo que será suficiente para poder ganar el plebiscito ampliamente.

P. Ustedes han logrado un acuerdo de paz, pero siempre se les ve saliendo al paso de declaraciones de los críticos al proceso. ¿Por qué cree les cuesta marcar la agenda?

R. Los negociadores no han tenido el tiempo de hacer pedagogía, ahora están comenzando. Además, muchos de los periodistas han sido influidos por esa desinformación. Uno de los grandes debates que debería generarse en este país es el papel de los medios como cuestionadores. Un periodista cuando sabe que lo que le está diciendo es mentira debe cuestionar eso. Aquí muchos de los periodistas reproducen la mentira porque lo dice una persona u otra.

P. Las élites de las ciudades hace años que no sienten de cerca la violencia, pero son muy reacios al proceso. Y los que han sufrido la violencia más de cerca se sienten alejadas de las élites políticas. ¿A quién creen que tienen que dedicar más atención para el plebiscito?

R. La actitud de las víctimas ha sido una de las grandes lecciones de este proceso. Pensé que iban a ser los más duros y han sido los más generosos, los más dispuestos a perdonar. Ha sido una gran lección de vida. No entiendo cómo mis compañeros de élite, porque yo pertenezco a ella, soy miembro de los clubes más exclusivos de la capital, se dejan desinformar sobre los beneficios de la paz.

P. ¿Le molesta?

R. Me siento a veces triste de que exista gente que después de tener la información no entienda la importancia de dar este paso para dejarle a todos nuestros hijos un país más tranquilo. Aquí también hay un ingrediente político. Mucha gente está pensando en 2018 [año de las próximas elecciones presidenciales]. Cuando se piensa solamente con un criterio de conveniencia política se distorsiona la realidad. Otra cosa que me tiene triste es lo que el odio y la envidia son capaces de hacer. Unió a los dos enemigos más acérrimos, Uribe y Pastrana. Rezo todos los días para no ser invadido por esos sentimientos de odio y envidia, lo único que justifica ver a Uribe y Pastrana juntos.

P. Al igual que ocurrió con David Cameron, usted no tenía por qué convocar una consulta y las encuestas señalan que su popularidad baja. ¿Teme un Brexit a la colombiana?

R. No. Estoy seguro de que el pueblo colombiano tiene inteligencia para pensar que aunque no es una paz perfecta esto es mejor que 20 o 30 años más de guerra. Nunca he gobernado para las encuestas, porque si se vive pendiente de las ellas no se toman decisiones. Yo hice este proceso a conciencia, a sabiendas del costo político que iba a tener. Cualquier líder debe asumir el capital político como algo para gastarlo. El que se mantiene cuidando su capital político no toma decisiones.

P. ¿Qué pasa si gana el no?

R. Muy sencillo: se devuelve la guerrilla a la selva y continúa el conflicto armado.

P. ¿Y con usted?

R. Termino mi mandato [en 2018] con una herida en mi capacidad de gobernar. Acabaría lo que hemos empezado además de la paz. Otra de las grandes mentiras es decir que yo me dediqué demasiado a la paz.

P. Esta ha sido una de las semanas más convulsas que se recuerda en América Latina. ¿Qué le ha parecido el impeachment a Dilma en Brasil?

R. Personalmente, me ha dolido. Tuve con Dilma una muy buena relación, colaboramos en muchos aspectos de la región. Verla en esta situación ha sido doloroso en lo personal. En la parte institucional, prefiero no opinar, porque tengo que respetar las reglas del juego internas de cualquier país. No quiero que Brasil salga perjudicado en este proceso.

P. Después de la multitudinaria manifestación en Venezuela, y con la frontera ya abierta, ¿teme que una implosión social afecte a Colombia?

R. Lo que sucedió en Venezuela es la demostración de que el pueblo venezolano quiere que se agilice el proceso de revocatorio, tienen todo el derecho a reclamarlo. Colombia ha estado siempre dispuesto a ayudar en cualquier momento para poder evitar una implosión que a nadie le conviene.

P. Estados Unidos ha sido el gran aliado de Colombia. Hillary Clinton ha apoyado el proceso de paz. Donald Trump no se ha pronunciado. ¿Usted a quién prefiere en la Casa Blanca?

R. Yo prefiero no meterme en la política de otro país, pero Hillary es una amiga personal, su marido y ella han sido un apoyo para mi gobierno y los anteriores. No tengo si no elogios para ellos. A Trump no lo conozco , pero sí puedo opinar que sus políticas no son las que estamos abanderando.

Rigoberta

En marzo del año pasado tuve la fortuna de conocer de cerca a la Premio Nobel de Paz, Rigoberta Menchú. La guatemalteca aceptó formalmente la invitación que le hicimos desde la Universidad del Tolima, para que viniera a Ibagué a acompañarnos en la celebración de los 70 años de existencia de la institución. Durante tres días participó en diferentes espacios académicos en donde manifestó su visión de paz y sus apreciaciones sobre el proceso de diálogos de la Habana entre el gobierno colombiano y las FARC. En ese entonces, el número de compatriotas escépticos a dichas conversaciones era mucho mayor al de hoy y los puntos de acuerdo entre gobierno y guerrilla parecían estar embolatados.

Menchú ante la mirada atónita de quienes la acompañamos en medio de conferencias y entrevistas, narró cómo varios integrantes de su familia fueron torturados y asesinados por escuadrones de la muerte conformados por militares y policías de su país. Quizás el caso más aberrante fue el de su padre, quien fue quemado vivo en medio de un acto simbólico de protesta. Igualmente el de su madre quien fue fusilada y enterrada en una fosa común. Ella, mientras algunos de sus compañeros indígenas optaron por unirse a grupos rebeldes, se armó de valor para emprender una lucha pacífica por los derechos humanos, denunciando el régimen de su país en el mundo entero y cambiando el sentir de venganza por el perdón y la recuperación histórica de la memoria.

Hoy cuando el proceso de diálogos con las FARC parece estar cada vez más cerca de un acuerdo final, cobran mucho sentido algunas apreciaciones de Rigoberta que guardo conmigo desde aquel entonces.  La primera de ellas es tener claro que la paz no se va a conseguir firmando un acuerdo en papel o en mármol con los grupos armados. Mientras siga existiendo desigualdad, pobreza, corrupción y otros tantos males que aquejan nuestro país, difícilmente se podrá alcanzar una paz verdadera, con justicia social o “armonía social” en palabras de Menchú.

En segundo lugar, reconocer el grave error en el que caen quienes se oponen a esa búsqueda del fin de un conflicto que ya tardó medio siglo y cobró más de seis millones de víctimas. Si bien la firma de un acuerdo final no garantiza que en Colombia nadie vuelva a traficar, secuestrar y matar, terminar esa guerra nos ahorrará millones de vidas y nos pondrá a pensar en los muchos otros problemas que tiene el país, como la corrupción que es el cáncer que poco a poco hace metástasis en el pueblo colombiano. Otro de los valiosos aportes de la guatemalteca fue aquel de resaltar el papel de la víctima como protagonista de paz y la no re victimización. Hace unos días, Ingrid Betancourt fue blanco de duras críticas por sumarse a apoyar el proceso y ofrecer su voluntad de trabajar por esa búsqueda de paz. Algunos sectores del uribismo le reclamaron duramente por “perdonar” al grupo que la tuvo secuestrada durante seis años. Aportaba Menchú que la víctima debe ser constructora de paz y convertirse en protagonistas de una salida. Para ella, su lucha además de un Premio Nobel, le permitió alcanzar una salud espiritual y una voluntad personal de perdonar para vivir en armonía.

Yo realmente celebro que tanto Ingrid Betancourt, como Clara Rojas y demás ex secuestrados, hayan decidido acompañar el proceso de diálogos de la Habana. Quien más que ellos tienen la autoridad moral para sumarse a ese deseo de una inmensa mayoría de colombianos quienes nos cansamos del discurso del odio y el miedo. Las victimas tanto de las FARC como del paramilitarismo merecen que sus hijos y los hijos de sus hijos, crezcan en un país sin guerra. Yo estoy convencido que lo último que preferiríamos del fin de ese conflicto, sería votar por alguno de esos señores que hoy están en la Habana, es más, algunas veces repudiamos su cinismo y sus posturas frente a temas de los cuales han sido los mayores victimarios, sin embargo es necesario aprender a perdonar, sobre todo cuando muchos de quienes promueven el odio, jamás han vivido el horror de la guerra y la han visto a medias contada por la gran prensa colombiana. Un país medianamente en paz debe nacer pronto y un acuerdo final entre ambas partes solamente será un punto de partida para encontrar aquel camino de la paz del cual hablaba Gandhi.

 

Luchando por la paz en Colombia

Históricamente, el modelo de negociación de paz en Colombia no ha sido comprensivo o integral, porque con cada guerrilla se ha llegado a soluciones parciales. Además la experiencia colombiana muestra una relación directa entre los pactos de paz y la convocatoria de consultas populares; esto se repite en el momento de hacer la paz con las FARC, cuando se está convocando al plebiscito.

En Colombia se han sucedido dos fases históricas de conflictos bélicos y expresiones de violencia generalizada:

  • La primera corresponde a la guerra irregular y la violencia degradada entre conservadores y liberales que comenzó entre 1946 y 1948 y se superó mediante los acuerdos entre dirigentes de estos dos partidos en 1957.
  • La segunda fase corresponde a la confrontación entre el Estado y las guerrillas de izquierda, que se originó en 1964 pero tuvo raíces en el período anterior. El cierre parcial de este ciclo se dio con los pactos de paz al inicio de los años noventa y ahora se busca su finalización definitiva.

La paz de los cincuenta

Episodio de protestas violentas el 9 de abril 1948, llamado el Bobogotazo.
Episodio de protestas violentas el 9 de abril 1948, llamado el Bogotazo.
Foto: Wikimedia Commons

La confrontación liberal-conservadora fue altamente degradada e involucró a amplios sectores de la sociedad.

En 1953 estos partidos decidieron sustituir el gobierno conservador autoritario por el gobierno militar de Rojas Pinilla, concebido como una forma de transición a la paz. Rojas expidió amnistías a la Fuerza Pública y a las guerrillas (mayoritariamente liberales y minoritariamente comunistas) y consiguió la desmovilización de la mayoría de sus contingentes. Sin embargo este gobierno derivó en dictadura y fue derrocado por un movimiento cívico que impulsó el acuerdo liberal-conservador para sellar la paz, suscrito entre Alberto Lleras y Laureano Gómez en España en 1957.

Este pacto de paz bipartidista convocó con éxito un plebiscito que consagró el régimen del Frente Nacional, en el cual:

  • Se entregó la exclusividad para acceder al gobierno y al Estado a estos dos partidos por 16 años,
  • Se nombró una Comisión de Esclarecimiento sobre La Violencia (que no consiguió cumplir su mandato al imperar un pacto de silencio sobre lo acontecido), y
  • Se llevó a cabo un precario programa de reinserción para más de seis mil excombatientes.

Aunque en ese momento cesó el conflicto bélico entre los partidos, pronto se reactivó la guerra ante la ausencia de garantías para los amnistiados y ante los cercos del Ejército contra zonas campesinas que tenían organizaciones de autodefensa.

 

La paz de los noventa

El Frente Nacional cerró el régimen político, sin dar soluciones al campesinado desplazado y despojado, y sin poder garantizar la seguridad de la población amnistiada. Los consiguientes operativos contrainsurgentes fueron estimulados por el discurso anticomunista, de manera que la corriente socialista nacional e internacional ayudó a reactivar los núcleos guerrilleros en zonas campesinas. Esto dio lugar a la segunda fase de la guerra irregular, ahora contra las FARC, el ELN y el Ejército Popular de Liberación (EPL). 

Unos años más tarde se sumó a esta lista una guerrilla inicialmente urbana y luego rural llamada M19, surgida en respuesta a la denuncia de fraude electoral contra Rojas Pinilla en la elección presidencial del 19 de abril de 1970.

Tras dos décadas de confrontación bélica el gobierno Betancur suscribió pactos y treguas con las FARC, el EPL y el M19 en 1984, iniciando las políticas de paz que harían posibles los diálogos posteriores entre gobierno y guerrillas. En ese momento:

  • Las FARC reclamaron garantías, reforma agraria y reformas sociales;
  • El EPL propuso una asamblea nacional constituyente para reformar el régimen político; y
  • El M19 exigió reformas políticas y en la justicia.

Sin embargo, las élites rechazaron estas demandas por proceder de las guerrillas, la Fuerza Pública no acató la orden presidencial de cesar el fuego, y las propias guerrillas no adoptaron la decisión estratégica de pasar a la política. Así fracasó este primer experimento de paz.

Al finalizar los años ochenta el presidente Barco sufrió una crisis de gobernabilidad ante la intensificación del conflicto armado, el impacto humanitario de la “guerra sucia” paramilitar y el terrorismo del narcotráfico. Entonces se produjo una coyuntura excepcional. La presión de la sociedad civil llevó al gobierno Barco a adoptar una política de paz que permitió un acuerdo definitivo con el M19. Además, el movimiento estudiantil por la Séptima Papeleta exigió convocar una Constituyente con un número de votos superior a los que eligieron al presidente Gaviria.

El EPL, junto con las milicias regionales del Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT) y el Movimiento Armado Quintín Lame, demandó convocar la Constituyente para suscribir nuevos pactos de paz definitivos. Finalmente, la Corte Suprema de Justicia habilitó la Asamblea Nacional Constituyente de 1991 que revocó al Congreso y expidió una nueva Constitución.

Gracias a este proceso más de 5.500 excombatientes de la insurgencia fueron amnistiados y vinculados a la vida civil, se realizó la Constituyente y se promovieron proyectos políticos de izquierda. Sin embargo, los excombatientes amnistiados sufrieron ataques desde varios sectores ante un débil marco de garantías y debido a la incapacidad del Estado para recuperar los territorios donde antes habían actuado las guerrillas acogidas a la paz. Así, muchos cayeron víctimas de la incursión de otras guerrillas o los paramilitares.

Aunque el proceso constituyente tuvo logros importantes y cambió el espectro político y las posibilidades del movimiento social, el conflicto armado se prolongó y sus efectos se multiplicaron. Las FARC, el ELN y una pequeña fracción disidente del EPL mantuvieron las hostilidades con acciones que incluyeron frecuentes violaciones al derecho humanitario.

Además sobrevino (con responsabilidad estatal) la expansión paramilitar, la cual ocasionó nuevas víctimas entre la oposición de izquierda, los liderazgos sociales populares y la población campesina en zonas de actuación histórica de las guerrillas.

Carlos Pizarro, líder del Movimiento del 9 de Abril, M-19.
Carlos Pizarro, líder del Movimiento del 9 de Abril, M-19.
Foto: Facebook M-19

El acuerdo con las FARC

Fracasados los diálogos de San Vivente del Caguán, impulsados por el presidente Andrés Pastrana, los sucesivos gobiernos intentaron durante una década (2002-2012) aniquilar militarmente a las FARC. La guerrilla fue entonces golpeada, pero se replegó y desde 2007 recuperó su capacidad de respuesta en condiciones estratégicamente desfavorables.

Sin embargo, el presidente Santos retomó la posibilidad de la solución política, pues persistir en la vía militar podría implicar varias décadas de conflicto. Por su parte las FARC flexibilizaron sus propuestas para llegar a un entendimiento.

Así, después de un año de conversaciones secretas el gobierno y la guerrilla suscribieron en 2012 un “Acuerdo para finalizar el conflicto y construir una paz estable y duradera” que definió la agenda temática, las reglas de juego y el acompañamiento internacional al proceso de paz.

Vinieron entonces cuatro años de intensas conversaciones en La Habana, hasta concluir este año el conjunto de los acuerdos en materia agraria, participación política y social, superación de las economías ilegales, derechos de las víctimas, marco jurídico y compromisos para finalizar las hostilidades, así como la implementación y mecanismos de verificación con el concurso de la ONU y otros organismos internacionales.

Sin ser un requisito legal, el gobierno Santos y las FARC incluyeron en el Acuerdo la convocatoria a un plebiscito para que la ciudadanía refrende o rechace el pacto de paz. Aunque la mayoría de la población y casi la totalidad de los partidos políticos respaldan este acuerdo, todavía existe un margen de incertidumbre sobre los resultados electorales que se producirán a favor del Sí o del No este 2 de octubre.

Si se consigue el respaldo popular al Acuerdo Final se aplicará un cronograma para que las FARC dejen las armas, pasen a la vida política, reintegren sus combatientes a la vida civil y se aplique el conjunto de los acuerdos pactados.

Pero para cerrar definitivamente la guerra falta un acuerdo de paz con el ELN, así como desmantelar las expresiones subsistentes del paramilitarismo. Con el ELN ya se produjo un acuerdo inicial que definió la agenda y el acompañamiento internacional de un proceso de conversaciones.

Lamentablemente, el diálogo gobierno-ELN se empantanó cuando esta guerrilla quiso mostrar presencia militar con acciones que incluyeron la toma de rehenes y los secuestros, lo cual le acarreó altos costos políticos y debilitó las posibilidades del apoyo a este proceso. Sin embargo, se espera que pronto se instale de forma definitiva esta mesa y se aplique la exitosa dinámica de des-escalamiento militar que dio resultado con las FARC.

En resumen, en Colombia se han mezclado los legados de la paz hecha y de la paz pendiente. Por eso, la Constitución de 1991 es la piedra angular para el postacuerdo, sin que se descarte la posibilidad de convocar otra constituyente para consolidar los requisitos institucionales de la construcción de la paz.

Ahora la ciudadanía tiene en sus manos la posibilidad de poner punto final al conflicto con las FARC, aunque con la claridad de que si bien los pactos de paz entre los actores de la guerra son condición necesaria para la paz, esta no será posible sin la movilización de la sociedad y sin el compromiso integral de las instituciones nacionales.

 

Acerca de la guerra en general

A continuación, el pensamiento de algunos pro hombres de la historia, quienes se refirieron a la inconveniencia de la guerra en el mundo entero:

  • 1. Preferiría la paz más injusta a la más justa de las guerras. *Cicerón*
  • 2. Cuando los ricos se hacen la guerra, son los pobres los que mueren. *Jean Paul Sartre*
  • 3. El hombre tiene que establecer un final para la guerra. Si no, ésta establecerá un fin para la humanidad. *John Fitzgerald Kennedy*
  • 4. Las guerras seguirán mientras el color de la piel siga siendo más importante que el de los ojos. *Bob Marley*
  • 5. No sé con qué armas se luchará en la Tercera Guerra Mundial, pero sí sé con cuáles lo harán en la Cuarta Guerra Mundial: palos y mazas. *Albert Einstein*
  • 6. Una nación que gasta más dinero en armamento militar que en programas sociales se acerca a la muerte espiritual. *Martin Luther King*
  • 7. La guerra no es más que un asesinato en masa, y el asesinato no es progreso. *Alphonse de Lamartine*
  • 8. Si ha de haber conflictos que sea mientras yo viva, que mi hijo pueda vivir en paz. *Thomas Paine*
  • 9. La guerra es una masacre entre gentes que no se conocen, para provecho de gentes que sí se conocen pero que no se masacran. *Paul Valéry*
  • 10. La guerra vuelve estúpido al vencedor y rencoroso al vencido. *Friedrich Nietzsche*
  • 11. Inteligencia militar son dos términos contradictorios. *Gray Marx*
  • 12. Ningún hombre es tan tonto como para desear la guerra y no la paz; pues en la paz los hijos llevan a sus padres a la tumba, en la guerra son los padres quienes llevan a los hijos a la tumba. *Heródoto de Halicarnaso*
  • 13. La guerra es un mal que deshonra al género humano. *Fénelon*
  • 14. Para hacer la Paz se necesitan dos; pero para hacer la guerra basta con uno sólo. *Arthur Neville Chamberlain*
  • 15. Se tardan veinte o más años de Paz para hacer a un hombre y bastan veinte segundos de guerra para destruirlo. *Balduino I*
  • 16. La guerra es una invención de la mente humana y la mente humana también puede inventar la Paz. *Winston Churchill*
  • 17. La guerra es la salida cobarde a los problemas de la paz. *Thomas Mann*
  • 18. Un estado en guerra sólo sirve como excusa para la tiranía doméstica. *Aleksandr Solzhenitsin*
  • 19. El gran Cartago lideró tres guerras: después de la primera seguía teniendo poder; después de la segunda seguía siendo habitable; después de la tercera… ya no se encuentra en el mapa. *Albert Camus*
  • 20. El único medio de vencer en una guerra es evitarla. *George Catlett Marshall*
  • 21. Cada día en Colombia hay mas vidas truncadas, nuevos huérfanos, nuevos horrores, nuevas soledades. En este mismo instante hay en Colombia petróleo crudo tiñendo la vida del color de la muerte. Hay bosques ardiendo. Hay niños que tiemblan cuando ladran los perros. Hay una orgía incontenible de violencia y de muerte. Pero también, en este mismo instante, hay esperanza, hay deseo, hay voluntad de paz, hay confianza. Hay vida, el reto es defenderla, facilitarla, compartirla, mejorarla. El reto es que nuestros hijos hereden nuestras esperanzas, no nuestros horrores.
Fuente: DIARIO DEL OTÚN / DIARIO EL PAIS / LAS DOS ORILLAS / RAZÓN PUBLICA
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