Derechos Humanos

Si gana la Selección Colombia, todos celebramos; si James mete gol, todos gritamos. Entonces, por qué hay colombianos que no se sienten colombianos.

Le pregunta se la hace monseñor Julio Hernando García Peláez, obispo de Istmina-Tadó, un municipio de ese Chocó que -según él- el Estado abandonó por completo. Este viernes 26 de septiembre, sentado en el auditorio del Congreso de Reconciliación que se realizó durante la Expocatólica en Cali, monseñor cuenta cómo se vive en ese departamento donde la gente aún muere de hambre, donde el tiempo parece haberse detenido hace 50 años.

Hay una preocupación en el país por los constantes desplazamientos que se han presentado en el Alto Baudó, cerca de cuatro mil personas han tenido que abandonar sus viviendas debido a la violencia. ¿Cómo es la situación de estos desplazados?

La situación del Chocó nosotros la hemos definido como una crisis humanitaria. Creemos que hay lugares del país donde la situación social es dura, pero en esta región es mucho más difícil que en cualquier otra. Y una de las zonas más complejas es la del Alto Baudó, donde alrededor del río hay muchos caseríos de indígenas y afros. Y como se han presentado confrontaciones, la población civil ha huido por temor y se ha refugiado en un caserío llamado Catrú. Allí su situación es muy dura porque no hay comida, hay problemas de salud, de atención médica, fallas en educación y vivienda.

Si la Defensoría desde hace meses había alertado acerca de esta crítica situación de desplazamiento, uno no entiende por qué no se tomaron las medidas para evitarlo. ¿El Estado no hizo nada al respecto?

Con frecuencia las organizaciones que están haciendo un acompañamiento en el territorio han manifestado que hay que ponerle cuidado a la situación, pero el Estado no atiende territorios tan alejados como el Chocó.

Es decir, ¿el Chocó está completamente abandonado por el Estado?

Pues con decirle que el Chocó ni siquiera tiene, por ejemplo, agua potable; la mayoría de los municipios no tienen acueducto, no hay vías, no hay garantías para la salud, las viviendas, están en pésimas condiciones. Todo esto ha hecho que la vida sea muy difícil y hasta se vuelva inhumana. Mientras que en otros territorios sí se vive en condiciones más dignas, aquí hay un atraso de unos 40 o 50 años.

Usted ha sido muy crítico frente a ese olvido del Estado, ¿cree que hoy los chocoanos no se sienten tratados como colombianos?

Yo creo que los mismos chocoanos sienten que hay un gran abandono del Estado. Aquí la gente grita cuando gana la Selección Colombia, en Istmina también se celebran los goles de James; nos sentimos muy orgullosos de ser colombianos, pero sí lamentamos que el Gobierno no se sienta orgulloso de tener un territorio tan bello como el chocoano.

La mayoría de los desplazados son del pueblo indígena Embera, una comunidad que está incluso en peligro de desaparecer, ¿no hay una protección para ellos?

Los indígenas son los más pobres entre los pobres que tenemos en el Chocó. Y los de este territorio del Alto Baudó están peor, debido a las distancias, pues todo tiene que moverse por agua. Los productos que ellos cultivan son básicamente maíz, arroz, plátano; pero cuando ocurren enfrentamientos, ellos deben abandonar sus fincas. Creo que se ha hecho muy poco por ellos.

Los enfrentamientos en el Chocó se han presentado entre el ELN, que siempre ha estado en la región, y las llamadas Autodefensas Gaitanistas que llegaron a disputar el territorio; ¿estos grupos armados están controlando todo el departamento?

Lo que le puedo decir es que la presencia de estos grupos ha generado mucho miedo en la población y los sacerdotes y religiosas que están en la zona se han dado cuenta de eso.

Monseñor, usted alguna vez dijo una frase muy diciente y es que “ni el oro ni el platino se comen”, ¿el hambre sigue matando a los chocoanos?

Sí, eso muy preocupante porque esta es una zona minera y eso ha llevado a que cada vez se tenga menos el pan coger, entonces la comida del Chocó llega proveniente de Pereira y Medellín. La gente carece de alimentación y aguanta hambre, hay niños indígenas que todavía mueren de desnutrición.

En medio de este congreso del perdón que se realiza en Cali, ¿usted sí ve posible una reconciliación en territorios donde existe tanta desigualdad, como el Chocó?

Nosotros estamos planteando unas alternativas, porque hay que ser propositivos. No estamos buscando echarnos paladas de tierra, para abrir el hueco y luego enterrarnos vivos. La esperanza de la paz es un sueño y una ilusión, y yo sé que Dios nos dará ese don de la reconciliación.

Fuente: DIARIO EL PAIS

 

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