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En su trajín de viento y odisea, la lluvia buscaba refrescar las ansias desplegadas al compás de las distintas antenas radiales, donde cada colombiano parecía sostenerse como al cable de una solución imposible, durante la ferviente tarde del 3 de junio de 1962.

Convidada más no favorita, poco había hecho el equipo del “Caimán” Sánchez y “Maravilla” Gamboa para no sucumbir ante el arrollador “pressing” de los uruguayos, llamando dos por uno a la realidad a un fútbol lleno de rutilantes figuras en el ámbito local pero emergente, más lejos que la mayoría de estar algo así como a la altura de las circunstancias.

Cuentan las malas lenguas la desidia de los organizadores del mundial de Chile, asignando de antemano la sede de Arica, esperando los dividendos económicos del fronterizo Perú, triste eliminado de la máxima competencia a manos de Colombia, donde el fútbol parecía una suerte de “láudano”, poniendo sonrisas para atomizar los efectos de la tormenta social o la violencia política. Pero nadie podría imaginar que al menos ese día, a partir de las 3.45 de la tarde, el tronar de las armas cedería paso al del fuego sagrado, al del amor a la Patria vista desde los doce gajos.

Las cosas no marchaban bien. Los ánimos estaban caldeados. El desaliento, la tristeza, a flor de labios del público atrincherándose a la sombra de los tinteaderos, irascibles a cualquier sonido más allá de la magia del narrador, entremezclada con los sonidos de una conexión defectuosa. Colombia dominó en los inicios, aunque poco después dos certeros machetazos de Ivanov y otro de Chislenko, pese al descuento de Germán Aceros, dejaban a los soviéticos casi irremediablemente por encima de cualquier intento.

El aliento de Don Adolfo Pedernera, pareció sucumbir más allá de cualquier instrucción táctica e intento de dar ánimos, cuando Ponedelnik aumentó la ventaja y Lev Yashin, como “buena araña Negra”, parecía tejer una sombría cortina de hierro sin alambres de púas ni metrallas sobre el arco ruso.

Sin embargo, llegó uno de tantos tiros de esquina del sector occidental. El disparo, con la displicente tranquilidad y despreocupación costeña de su autor, partió sin fuerza, llevando un ligero efecto. A centímetros del palo, la pelota hizo un bote con sabor a finta de salsa con matices de prodigioso aguardiente, el cual fue capaz de engañar al zaguero de los de la hoz pegada al martillo, tanto como para dejar librados a la vergüenza ajena de los Andes, los inentendibles insultos del imbatible golero, al momento de ver superada la línea de meta. Llave de entrada al júbilo inmortal, de la mano de Marcos Tulio Coll, el hijo del árbitro responsable de la histórica remontada igualada a cuatro goles en el Carlos Dittborn, con sendos tantos de Rada y Klinger, a cuatro minutos del final.

El joven crédito había disputado el partido de su vida. De la noche a la mañana, dejó de ser simplemente el que debutó en el viejo Sporting de Barranquilla, donde jugó apenas veinte partidos sin goles a favor como mediocampista, para erguirse entre los suyos en carácter de “Olímpico”, por ser hasta la fecha autor del único gol de este tipo en mundiales, bautizados con ese nombre cuando en 1924 el argentino, Cesáreo Onzari, le convirtió un tanto de idéntica factura en partido amistoso a Uruguay, entonces campeón de fútbol durante la consagrada competencia atlética.

Nacido el 23 de agosto de 1935, Marcos Coll se retiró nueve años después de aquel encuentro memorable, el cual pese a no poder eclipsar la goleada yugoslava cinco a cero dando al traste con Colombia, encendió la lámpara votiva del estilo alegre del querido fútbol colombiano, quizás algo pasivo, medio vulnerable en defensa, aunque sea posible vislumbrar a simple vista el incondicional amor a la pelota, puesta a rodar como una hermosa dama sobre la pista, ataviada de seductora pasión en la danza ritual del “toque y toque”, de cara a obtenerla más allá de la conquista o el estrepitoso fracaso.

Fiel a esa esencia, a Coll le alcanzaron y sobraron 84 goles para pasear su extraordinaria clase en clubes como Deportivo Independiente de Medellín en 1955, al año entrante Platense de Argentina. Hizo su primera etapa en Deportes Tolima durante tres años, de 1956 a 1959, para pasar a jugar una sola temporada en Atlético Bucaramanga. Luego jugaría cuatro en América de Cali, de 1960 a 1964. Fue transferido a México, más precisamente a Deportivo Irapuato. Regresó de manera definitiva, fichado a fin de iniciar una segunda etapa de cuatro años en el Deportes Tolima, terminando su carrera en 1971 defendiendo los colores del “Poderoso de la Montaña”, con el cual había obtenido su única estrella dieciséis años atrás.

La muerte lo sorprendió hacia las diez y treinta de la noche del pasado Lunes 5 de junio, intentando recuperar en una clínica el mismo aire que solía contagiarle a sus compañeros, como queriéndoles decir a cada instante: “¡No bajemos los brazos, porque somos colombianos y capaces hacer lo que sea!”.

Tal vez por ese motivo, incluso desde su lecho apoyó hasta el final a la selección; al profesor José Pekerman, comparando algunos matices del trabajo táctico del argentino con su compatriota, Adolfo Pedernera y rescatando a James Rodríguez, a Falcao, en carácter de referentes de lo que consideró “la mejor Colombia de todos los tiempos.

Marcos Coll partió de su natal Barranquilla entre el inmenso respeto de los conciudadanos que lo supieron admirar, como un señor tanto dentro como fuera de la gramilla, pero sobre todo con la sencillez, la permanente humildad, la hombría de bien necesaria para minimizar el inmenso hecho de convivir cincuenta y cinco años, ensalzado como el único colombiano en integrar el selecto solio de los olímpicos del deporte del mundo entero.

CARLOS ALBERTO RICCHETTI

06/07/2017
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Homenaje al “Olímpico” Marcos Coll y a su “golazo inmortal”

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