Arte y cultura

EDUARDO LOPEZ JARAMILLO

En un recorrido por los últimos momentos de los más grandes poetas colombianos, el escritor pereirano Giovanni Gómez recuerda que a la vida de los mejores constructores de versos, también les llega el punto final.

Hacia 1931 en el teatro Colón de Bogotá se realiza el primer concurso Nacional de Belleza. Presidiendo la velada de coronación Enrique Olaya Herrera, un espectáculo organizado por la Marquesa de Bonneval, una señora cuyo verdadero nombre es María Josefina Suárez Borrero, quien pretendía en una elección que cada candidata hiciera su última presentación en el escenario del teatro, acompañada por un poeta que le dedicará un soneto. Los aplausos y un jurado flexible escogerían a la candidata más bella y al poeta vencedor, cuenta Daniel Samper Pizano. Casi diez años atrás a esta gala donde resultaría vencedora la señorita Valle del Cauca, Elvira Rengifo Romero y el poeta Alberto Ángel Montoya; hacia las nueve de la mañana del domingo 14 de enero de 1923, todo el país sabía que Julio Flórez estaba a punto de morir, fue entonces coronado por el gobierno de Pedro Nel Ospina como el gran poeta nacional. En ese entonces ser coronado como el gran poeta de la patria era realmente ponerle una corona, como lo describe Ricardo Silva Romero, antes “que terminará de perder el pulso con una enfermedad maligna que ni siquiera los brujos sabían curar”. Por la calles estrechas de Usiacurí el negro cordón de 150 vehículos imponentes que procedían de Barranquilla con la comitiva presidencial y de autoridades del Atlántico al momento del homenaje, no estaban ya presentes con la misma sombra que lo acompañó veinte y cuatro días después cuando falleció de cáncer.

Al final de su vida, Miguel Ángel Osorio no quería llamarse más Porfirio Barba Jacob, quería borrar el nombre de leyenda que adoptó en Guatemala hacia 1922, y con él el de Juan Pedro Pablo. “Borrar con su propia mano el nombre de nadie, antes de morir minado por la tuberculosis, el alcohol, la marihuana y la miseria”, pocos días después de haber recibido al confesor en un apartamento pobre de Ciudad de México según el relato de El Mensajero, la biografía sobre el poeta que escribió Fernando Vallejo.

Los poetas también se mueren. Acuden en solitario ante la fuerza desconocida que tanto se teme y también se ignora. Su parentesco es buscado como divino por la sociedad que los sobrevive para explicar vivir así, ante la fuerza de nuestros actos, sujetos de lo que quiere el destino. Algunos dirán que es el precio de llevarlos en la memoria, pues su tragedia es la misma coronación, el adorno que busca instalarse al final de una obra. Pero la muerte no es una conclusión de la obra, sabemos que desde otra realidad no pueden escribir más para nosotros y también que a veces su lectura despojada de presunciones e indiferencia apenas comienza cuando queda sola, y aplaudirlo ciegamente en un escenario, al sentir conmiseración de su agonía, no es la certeza de que lo hemos comprendido o de que se hizo comprender, sino más bien el triste aplauso, la misma autocompasión que sentimos por nosotros, creyéndo más significativa su recepción a simplemente leerlo. Esta es la generosidad de una sociedad con sus poetas, con su propia gente, la misma del verso de Flórez, todo nos llega tarde hasta la muerte.

Falo censurado

El Viernes 28 de Febrero de 2003 en la Alianza Colombo Francesa de Pereira se anunciaba una conferencia sobre el Marques de Sade por el poeta, traductor y escritor Eduardo López Jaramillo (ELP), a propósito de su recientemente publicada y única novela Memoria de la Casa de Sade, con ocasión de un exiguo premio de novela convocado anualmente por las autoridades de Pereira. La tarjeta de invitación contenía una iconografía de un torso masculino con antifaz y un falo preponderante y erguido, una obra de su amigo el artista Ramón Vanegas que se superponía con una pintura de fondo de Francois Boucher, Mlle. O´Murphy. Esta imagen mixta ya había sido censurada meses atrás cuando se pretendía para la carátula de la novela mencionada, la directora del Instituto de Cultura de Pereira de ese entonces, sin haber leído el libro, la considero inmoral y con ello imposible para el libro.

La historia que premiaba el concurso creyó más ponderado exhibir un culo que un falo, entonces en la portada del libro nunca apareció la imagen de collage de Vanegas, solamente la pintura de Boucher, y cuando la rebeldía del escritor y poeta pereirano retomaba bríos de su estado delicado de salud, este nuevo intento de hacerla pública en el diseño de la convocatoria que haría la entidad cultural que acogía la conferencia, nuevamente se vuelve un desaire imposible de evitar: del pubis para abajo en la imagen de Vanegas tenía un marco gris la tarjeta, en ella se anunciaba la conferencia, y se evitaba el sonrojo que nos produce ahora pensar en ello y entonces explicarlo.

Este suceso es una anécdota menor pero intenta a la par con la mención anterior de los poetas colombianos, evidenciar un retrato de nuestra sociedad de ahora. ¿Es que acaso ha cambiado?

Siendo más allá de las siete y media de la noche esperada, luego de dar inicio a la presentación de esta charla, en el día y hora convenidos, asistíamos entonces a la apertura de un ciclo de conferencias literarias sobre poetas y escritores a lo largo del año a partir de del perfil sobre el Márques de Sade. Después de dar la bienvenida al maestro López Jaramillo, al iniciar su intervención una voz apocada y una tos seca e intensa a cada instante era menos audible, y mucho más el esfuerzo del poeta y escritor por respirar que por hablar. Sus amigos y parientes cercanos, éramos el público. Se justificó la interrupción llevándolo hacia un corredor, mientras la gente se empezaba a dispersar ante esta sorpresa. Una doctora allí presente manifestó la urgencia de llevarlo a una clínica, y cuando una ambulancia se instaló en la puerta del centro cultural, el poeta sentado en una silla rimax blanca salía alzado por sus amigos y por encima de los otros en improvisada procesión. Entre manos que nos llevábamos a la boca, entre el tumulto que te veía partir, no éramos los locos del manicomio de Charenton plantando caras largas ante el final previsible de esta tragicomedia, nadie dirigía el teatro de los recuerdos, y su mirada triste, nunca las palabras, fueron el último gesto para mí cuando llegó la camilla a la entrada de urgencias de la Clínica Los Rosales. No lo volví a ver.

A veces la pregunta de cómo el recuerdo permance dentro de nosotros, la responde el cuerpo con gestos involuntarios, con estremecimientos secretos donde apenas la discreción nos dice que vivimos la muerte de alguien como si fuera la respuesta sobre quién eramos antes. Entonces cualquier voluntad del pasado enseña una explicación particular que no habíamos visto y creemos que ese ser ausente todavia nos habla o que se sienta a escuchar música con nosotros: Hay un silencio en cada ser, una soledad en cada cosa.

La poesía entonces no es el recuerdo que tenemos del poeta, acaso nunca lo conocimos realmente, o no era necesario, pero ante el propio dolor que preguntan sus palabras, ante el amor que esperan, ante la incertidumbre de su sueño, sentimos que su película también está corriendo en este instante con nosotros como únicos protagonistas y testigos de su destino. Sólo en este momento la vida gira como si fuera primera vez, y todo lo invisible se revela no porque recobre una apariciencia, sino porque nuestros ojos, nuestro oído y también el corazón son capaces de sentirlo con esa vida que agregamos a la nuestra. La poesía se acerca por ese tejido oral que despliegan las palabras y los silencios para llamar lo que fuimos, lo que necesitamos ser. Si los versos imperfectos de un aldeano siguen siendo necesarios como esa indicación que pedimos cuando estamos extraviados. Amigo, el camino no se encuentra ante nosotros, ya estaba aquí antes y sólo en esta hora sabemos que podemos seguir, embriagado de sombras.

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