Arte y cultura

SEIS PARA LA UNA TAPA

Aunque sentía vergüenza de adivinar el pensamiento de quienes conocían mis intenciones, decidí introducirme la noche del viernes en el cementerio de Castelar. Siguiendo los concejos de una revista de fenómenos paranormales, la elección no la hice de manera azarosa, sino arrastrado quizás, por esas espeluznantes imágenes que nunca se apartaron de mí desde el último día de noviembre hasta hoy.

Trabajaba entonces en el correo, distribuyendo la correspondencia de lunes a sábado sobre una bicicleta verde. En aquella calurosa jornada, la planificación del extenso recorrido establecía la necesidad de atravesar aquel lugar. Las calles realizaban la suerte de una exhaustiva parábola indiscriminada, la cual retorcía sus veredas y entorpecía aún más la pésima numeración.

La enorme cantidad de sobres me arrebataba cualquier excusa para detenerme, pese a experimentar desde niño una inusual fascinación por las tumbas y bóvedas. Leía nombres que jamás antes había escuchado, para luego tratar de imaginármelos junto a las descoloridas fotos grises o sepia, añadidas a partir del afecto más profundo de los vivos. Quería llevarme hasta el más mínimo vestigio de un pedazo de tierra al que difícilmente volvería.

El cielo era celeste intenso, con nubes de almidón redondeado, pero mi alma albergaba la verdadera tonalidad de ese paraje, víctima de la interminable morbosidad humana, lleno de dolor, de recuerdos que permanecen y se olvidan con la rapidez de un soplo, como los niños muertos de los nichos grises, atesorados entre el crujir de ramas dislocadas desde hace treinta, tal vez cuarenta años atrás; los abuelos adorados, conviviendo juntos a cuatro metros bajo una tierra negruzca, salpicada de pastizales desparejos contra el mármol que los mancilla; las angostas bóvedas de algunos hombres de empresa, falsamente ponderados luego una vida avocada a trabajar, donde supieron conseguir apenas el reconocimiento de sus propios bronces y las madres, viudas, los buenos maridos, cornudos y de los otros, al emerger desde los ovalados marcos de metal con  los rostros apacibles, eternos legados de ejemplo, respeto y buenas costumbres.

No necesitaba adivinar el color de mi alma, cuarteada como el  bloque de granito situado a pocos metros de la pintoresca bóveda del pobre José Ismael Beltrán, el anfitrión perfecto de éste reino de congoja con el cual me identificaba. Fallecido en mil novecientos ochenta vaya a saber porqué, su foto en sepia poseía una alegría inconmensurable tras la precoz madurez de la barba; hasta llegué a imaginar el flash en la penumbra azulada de una discoteca  capitalina, mientras sentado en un mullido sofá bebía el primer séptimo de la noche. Daba toda la impresión de estar aferrado a esa  existencia que se le escapó. Tenía el cabello medio largo, ondulado, castaño igual a sus ojos.

En torno al portal de la bóveda se acumulaban las plaquetas de familiares y amigos. Sólo un puñado se renovaba a lo largo del tiempo. La más pequeña era un corazón de vidrio, portando la leyenda: “Tu novia que a un año jamás te olvida”. “¿Por qué ese hombre murió?”, pensé al comprobar la angustia de José, de su amada recordándolo con la intensidad del primer beso, de los furtivos vuelos nocturnos en el Citroën amarillo mostaza hacia la Costanera Norte, del instante de amarse, del simple hecho de irse para no volver nunca.

Me di cuenta que ambos deseábamos estar en el lugar del otro, sin importar la real jugarreta de ese destino tan ingrato. Fue como si al compenetrarme en la fotografía, algo superior a los sentidos me dictara todos sus deseos, aspiraciones, la totalidad de cuanto aconteció ese instante de descuido, la simpleza de esa existencia hermosa, cálida, sencilla…Igual a la mujer  que dejo abandonada al umbral de la luz, absorbido por una extraña fuerza cuajada de la pena y el dolor de transitar la oscuridad, camino a la Gloria. “Pudo evitarse”, me dije varias veces durante el silencio de aquella tarde cercana y lejana a la vez, cuando era libre sin saberlo.

Al irse derritiendo el sol de la tarde, tenía la impresión de haberme hecho amigo de José. Víctima de las obligaciones ensayé la despedida, en esa maldita costumbre de trocar la alegría por el pesar. La tristeza lo era todo y el gozo se negaba bastante a menudo. Acostumbrado a sufrir, recuperé la desolación con un sabor agridulce dentro de la boca, casi placentero, que invita a profundizar la visión del mundo.

 

Mi atención a la ruta de vuelta era ínfima. Los objetos adquirían una deslumbrante fugacidad. Presionando el manubrio, planeaba contarle a José las cosas que habían ocurrido desde aquel lejano ochenta.

A los veinticinco años, el tiempo parecía sobrarme. Lleno de incertidumbre, probé una nueva forma de analizar la realidad frente al desconocido futuro. Como muchos autodidactas, me volví ateo, cansado de tanto dogmatismo arbitrario y miope. No deseaba aguardar el transcurso de los acontecimientos bajo la tutela de un dios dormido. Necesitaba llegar al límite, sin importarme perder la cabeza. Presa de la juventud, carecía de firmes convicciones. Mi débil alma volaba ciega, fascinada por lo incógnito, avanzando desguarnecida hacia el mal.

El negro reloj de pulsera indicaba la una y seis. La inusual ansiedad iba trazando el preludio de la solución añorada. Soñaba con ser brujo. Veía en ello la llave a las misteriosas respuestas, a la satisfacción de librarme de la amargura y la soledad de una vida puerca, estéril, que aborrecía con profundo resentimiento. La magra información obtenida al filo de bibliotecas y publicaciones, constituían la suma de conocimientos adquiridos. Cometí la torpeza de desestimar el tipo de fuentes, sus argumentaciones. Todo.

Vestía remera negra, una riñonera de cuero marrón sujeta a los pantalones vaqueros azules de diez pesos y donde llevaba además varias bolsitas plásticas de supermercado, un llavero multiuso, que actuaría de sevillana ante cualquier eventual sorpresa, la cuchara de postre de mi primera comunión, el único huevo crudo de la heladera, envuelto en papel celofán y el metro de mamá para cortar el empacho.

La avenida lindante al cementerio estaba desierta. Las nubes difusas centelleaban la noche, a falta de un mísero reflector. Trepé la paresilla rojiza de ladrillos, posterior a la puerta de entrada. El calor y la humedad resultaban agobiantes. Raspé el codo contra el áspero borde hasta sangrar, dejándome caer hacia el interior. En medio del abismal silencio, mi cuerpo rasgaba la antigua atmósfera sepulcral como un cuchillo de ostentación sanguinaria, perseguido por el golpeteo acelerado de las zapatillas. Al alumbrar el culebrizo entorno, el foco se topó con la foto de la bóveda de José. La seguí a hurtadillas con la mirada. Por instinto, sonreí.

Antes de comenzar decidí volver a sujetarme el cabello. Tomé la cuchara, junto a una de las bolsitas. Empecé a recoger tierra del otro costado del montículo, desenvolví el huevo y lo rompí en el aire para formar una emulsión cremosa. Algunos minutos después, guardé la mezcla con sumo cuidado, dispuesto a salir.

Unos crujidos casi imperceptibles que provenían de la callejuela cercana a la galería del centro, me obligaron a ocultarme tras la lápida. Al no surgir jamás de entre las sombras el inesperado visitante, decidí encontrar el insólito sonido. El cielo se nubló. La luz intermitente de la luna aparecía detrás del hombro de una dolorosa, situada en la azotea de la bóveda de la familia Hernández. Los juegos de sombras creaban la ilusión de inclinarla, a punto de caerme encima. El cementerio se fue colmando de singulares aromas, mezcla de tierra mojada y florecillas frescas. Advertí que aún conservaba la bolsita en la mano y la acomodé cuidadosamente dentro de la riñonera. El viento comenzó a soplar. Los crujidos se hicieron más intensos. Observé la rama de un ciprés azuzar el tramo final del muro, desprendiéndose el yeso sobre la vieja caja de televisores Samsung a sus pies.

Al darme vuelta, me dejé llevar hasta la bóveda contigua para cambiar de aire. Comprobé lo inconcebible.

-¡Te  lo dije, te lo dije! –murmuró una vocecilla aflautada. ¡Me las ibas a pagar!

-¡Pero yo no sabía nada, nada! –contestó otra algo más gruesa.

-¡Te lo dije, te lo dije…!…. ¡Ji, ji, ji, ji, ji, jiií, jijíie, jeje!

La secuencia se repetía constantemente. Corrí sin pensar hacia cualquier salida imaginaria. Golpeé la rodilla contra el extremo saliente de una cruz de mármol labrado. Percibí un hedor nauseabundo, mientras trataba a duras penas de incorporarme. La extraña sensación de un trapo frío en el hombro paralizó mis restos de cordura. No pude evitar gritar al ver la horrible silueta vestida de traje antiguo marrón, con la dentadura mellada y el rostro descarnado. Al retroceder, tropecé. Como un cangrejo avanza a la orilla del mar, caí a la fosa donde me había detenido a revolver la tierra. Aunque sentía la rodilla dolorida e hinchada, pude salir de prisa. Frenético, arribé a un  angosto pasadizo rengueando. La dolorosa de la bóveda de los Hernández parecía reír maldita. Un  ruido loco de maderas partidas brotaba del interior de los sepulcros, mientras las paredes bramaban con estremecedora violencia. Los encastres de las tumbas liberaban material a cada golpe. Los nichos de niños dejaban escurrir las fortísimas resonancias del llanto, acusando la ausencia de las madres.

La tierra iba abriéndole paso a manos, cabezas y troncos. Los cadáveres avanzaban atolondrados en el sector de la salida principal. La velocidad del viento aumentaba, junto al olor a florecillas frescas y tierra mojada. La luna se disolvió tras las nubes que paulatinamente, adquirían el matiz de carbones humedecidos. Los rayos encendían a su antojo el hechizo celestial. Opté por buscar refugio en la casilla del cuidador. Comenzó a tronar con furia. Ignoraba la causa que me hacía pensar en José. Un puño macizo y caliente me tomó del cuello de la remera. Mi espalda dio un golpe hueco contra la pared. La luz frontal me cegó.

-¡¿Qué hace usted acá?!

Confundido, cerré los ojos con fuerza. Al notarlo, el sujeto apartó el foco del candil.

-¡¿Qué está haciendo usted aquí, le digo?!

El rostro sexagenario del calvo mocetón obeso, refunfuñaba arrugado sin que pudiera darle explicaciones. El sudor le bañaba el semblante bajo la gorra francesa. Su nariz de albóndiga moqueaba un delgado hilo verdoso, descendiéndole hasta la comisura de los finos labios entreabiertos. Alegaba, tras enarbolar sus cúbicos dientes, manchados por el alquitrán de muchas noches en vela. Sonreí nervioso, tenso y maniatado.

-Yo…Yo estaba….Me siguen…Me siguen…

El sereno me miró de arriba a abajo sin soltarme.

-Mire, señor…No…No sé…No sé nada  de lo que está pasando acá….Yo…Yo no sé nada…

Volvió a empujarme de nuevo a la pared, esta vez de las solapas. Sentí mi cuello entumecerse. En cambio, al enfriarse la herida, el áspero roce del pantalón mojado insinuó el corte profundo sobre la piel sangrante. El feroz latido de la contusión, competía desigual con el del ritmo cardíaco. Transpiraba una sustancia helada, insípida e inolora. Tenía la boca pastosa y seca. El viejo movía la cabeza a modo de negación.

-Allá. Allá afuera…Los…Los muertos, señor…Los…Mu…mu…ertos…

-Pero decíme, flaquito; ¿vos estás mamado y me querés venir a volver loco a mí? No, macho. Te voy a mandar en cana…

El humo de los alientos se intercalaba.

-Sí, sí…Por favor –repliqué en histérico gesto de alivio, aunque con creciente dificultad. Por favor, señor…Llame al que a usted…Le guste…Llame a la policía….A los bomberos…Llame a todo el mundo, señor….U….Usted…Usted….Sabe….Lo…Que…Es….Es…Tá……Pasando…..Allá….A Afuera….Que……Al….Ggggui…En….Ven…..Ggga…..Vvvvve…Venga pronto…Sssss….Señor….

El viejo meditó unos segundos. La lluvia estalló, precedida de feroces truenos.

-¡Es lo que voy a hacer! –afirmó al soltarme.

Se dirigió al teléfono a disco celeste, situado en una lúgubre mesita a centímetros de la pared de mampostería. Forcejeamos.

-¡Salí de acá, tarado!

-No…No…¡¡¡No!!!

-¡Soltáme, infelíz de mierda! –aulló.

-¡No, señor!

¡No me deje sólo!

Me empujó. Perdí la estabilidad al apoyarme sobre la pierna golpeada. El sereno avanzó hacia mí con un improvisado garrote negro de goma, cuando un rayo parpadeó en el marco de la puerta. Hizo una mueca de horror. Se tomó desesperadamente el pecho, apoyándose reclinado contra una de las paredes laterales. El hedor era cada vez más insoportable. Vislumbré la terrible figura. Llevaba la camisa blanca, desgarrada a la altura del abdomen, donde brotaban sus intestinos agusanados en un mar de humores viscosos. El sexagenario inspiró, soltando un seco y abrupto jadeo de agonía antes de desplomarse. Aproveché la oscuridad para huir. A la carrera zigzagueé  a uno de los muertos. Otro de los atacantes se abalanzó. Tomé una pala clavada a la vera del camino enlodado y a fuerza del canto de metal, le desprendí la cabeza, que rodó sin dirección por los maltrechos adoquines. La legión de muertos no cesaba de abandonar sus sepulcros. Formaban hileras desordenadas que me perseguían a fin de rodearme. De nada sirvieron los movimientos de la pala a diestra y siniestra. Ya perdido, especulé en vano con mi habitual rapidez, pero el dolor de la herida terminó de signar esa noche de traiciones personales.

Fui arrastrado por varios de ellos. Nunca antes había experimentado tanta indefensión. La perplejidad del miedo anestesiaba todo grito de socorro, el menor intento de librarme de esa pesadilla siniestra. Entre cada barquinazo, la lluvia bautizaba mi pierna maltrecha cuando el lodazal lo permitía. El desplazamiento cansino de las patéticas formas ahogaba toda clase de alegatos. Llegamos a la bóveda de José. Tuve mucho frío en el momento que dos cadáveres separaron mis brazos acurrucados. Hubo un breve destello de claridad. Las imágenes se transformaron en manchas difusas. El calor de mi pierna se extinguía. Los contornos del escenario comenzaron a evaporarse como una visión obsesionada en atravesar cristales opacos, hasta que la negrura fue perpetua e instintiva.

 

 

En las primeras horas de la mañana, varios transeúntes advirtieron un hombre inconsciente sobre la cortada lateral del cementerio. Nadie se detuvo al pasar, hasta que la dueña del quiosco “de Lita” llamó a “emergencias médicas”. Tres horas después arribó la ambulancia. Media docena de curiosos murmuraban entre sí alrededor del cuerpo. Dos fornidos camilleros y un paramédico, con el nombre “H. P. Suárez” bordado en el bolsillo superior del delantal blanco, rompieron malhumorados el cerco. El profesional efectuó la reanimación correspondiente.

-Está reaccionando –sentenció. Recupera el color…

Luego extrajo el estetoscopio del pequeño maletín de cuero ámbar.

El chico del puesto de periódicos de la esquina, trajo un vaso de agua. El envase era de plástico grueso, azul.

-No le escucho bien el corazón. Lo vamos a tener que llevar para hacerle los controles de rutina. Es difícil establecer los síntomas aquí…

Uno de los camilleros se dirigió al chico.

-¿No te enojás si me tomo el agua? –dijo con aire de complicidad. El no la va a necesitar…

-Está bien.

-Además no sabemos si puede ingerirla…A lo mejor le hace mal. ¿Me entendés?

El chico ni siquiera lo miró, absorto en el paciente. Suárez levanto la vista, dejando que los enormes surcos de la frente se insinuaran también en las partes donde estaba perdiendo el cabello.

-¿Vamos?

El camillero terminó de un trago el agua. Le devolvió el vaso al chico, sin darle las gracias. Cuando llegó el compañero con la camilla plegable, lo cargaron. Veinte minutos después de conectada la sirena, llegaron a la guardia del hospital. El encargado de turno lo examinó y recomendó asignarle una cama.

Luego de dormir algunas horas, los pies descalzos del hombre besaron el suelo. Fue al baño. Abrió el grifo, se enjuagó y acomodó su cabello frente al espejo. Detrás de la barba tupida, un rostro azorado, radiante de deseos de vivir, pronto buscó la ropa pasada de moda que traía, dispuesto a ganar las calles de nuevo, rumbo a la casa de aquella novia ausente desde hacia más de veinticinco años. Él sabía que Alicia había tenido dos hijos de otro hombre, pero a ninguno de los dos le importaba demasiado.

Alguien me dijo en cierta ocasión que nadie se burla de los muertos, ni del lugar donde descansan. Muy a pesar de los errores cometidos en su pasada  vida, sueñan con volver aunque a veces les resulte imposible. Odian a cuantos miserables desperdician impunemente sus días, como a aquellos que tratan de emularlos, tratando de recrear lo desconocido a partir de una mediocre imaginación despersonalizada. Esa es la soberbia de los muertos. Observan la vida cotidiana de algún modo, envidian a quienes la transitan, pero no extienden ese sentimiento hacia sus iguales. Rechazan con dolor a los seres queridos llevándoles flores, aborreciendo a los sátrapas que lucran la incoherencia de las lágrimas y el simple depósito de unos pobres huesos apilados. Querrían prohibirles volver, sentarse apaciblemente a aguardarlos cuando sea la hora, pero no descansan en paz hasta ser olvidados. Algunos tienen una actitud ambivalente, apareciéndose en el sueño de los vivos para amarlos por unos instantes, sin importarles que al despertar recordaran poco o nada. Son como ángeles de la guarda, porque  reclaman una breve oración de vez en cuando para evitar molestias.

Los muertos también saben quien debe ser el primero en volver, en el caso de producirse una vacante en el largo sendero de la existencia que muchos mortales como yo, solemos despreciar. La ausencia del aliento de vida es distinta a jugar a los vampiros. En cada atardecer, un coro de voces angustiosas se eleva desde el corazón de la tierra hasta el cielo, para suplicarle a Dios conceda tan sólo a uno la gracia de recuperar el tiempo perdido, sonreír, abrazar la esperanza, cantar, jugar al fútbol, dejar el cigarrillo y disfrutar el milagro de volver.

Volver. Esa palabra tan añorada, repetida hasta el cansancio desde el  arte de la contemplación permanente. Hoy es domingo, cerca de las once del mediodía. Una mujer obesa hace una ligera pausa al rondar la bóveda de José, llevando un ramo de gladiolos rosados. Tiene el aire típico de la aristocracia; el ceño fruncido a manera de vilipendio. Mira hacia arriba, inspecciona indiferente el oscuro abismo interior del encierro de barras y sigue de largo. Mis manos se destrozan del otro lado del vidrio, con la desesperación de dos puños apretados que retumban sin cesar sobre el eco de los días.

CARLOS ALBERTO RICCHETTI

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