Arte y cultura

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Atardecía en las montañas de Gondmar, al este del río Svlora. El suelo presentaba depósitos de arenisca, y en los escasos sitios donde afloraban panes de tierra fértil, el sol los cuarteaba. Había transcurrido el noveno año desde la caída de las últimas bolas de fuego. El hechicero afirmaba que la sequía, según las señales del mundo espiritual, anunciaba la llegada de gruesos tambores voladores.

Los homo-erectus escuchaban alrededor de las fogatas las anécdotas de la cacería. Las hojas comenzaron a moverse. El viento soplaba con más violencia a cada instante, volcando un trueno furioso sobre el firmamento. Los homo-erectus festejaron la añorada lluvia. Bailaban, aplaudían elevando los brazos, emitían agudos alaridos. Al saltar, la húmeda arenisca salpicaba en todas partes.

Los hechos sólo describirían escenas cotidianas de la vida prehistórica, si una roca hallada a orillas del Támesis escrita en antiguo idioma mdedor, no lo hubiera concluido. El hallazgo posibilitó la continuación del Cantar de las Cuevas, al cual originalmente pertenecía. La roca denunciaba la llegada de tambores voladores que raptaron al pequeño hijo de Ogoro, jefe del Clan de los Dientes de Cobra, quien murió apenado a las treinta y seis primaveras, haciéndose lancear por un amigo.

La estoica muralla resistía el ataque de los hoplitas. Héctor sacó a relucir su heroico valor, ordenando abrir las puertas de la ciudad. Las tropas defensoras partieron a la carrera, veloces como galgos salvajes, con Héctor al frente vomitando odio. El choque con el enemigo fue brutal. Los griegos, desbandados, retrocedieron hasta la mitad del campo de batalla, pese a las numerosas bajas en las filas de Héctor. Un trueno calamitoso pellizcó a la llovizna, que envolvió la bravura destilando el delgado manto del consuelo, al pretender refrescar el fragor de los aceros cuando chocan. El terreno mutó en lodazal. Sepultó cuádrigas, hombres y animales. Algunos caballos morían fieles a sus jinetes, el resto vagaba o relinchaba herido en el fango.

Entre las nubes emergían luces fosforescentes, cuya intensidad aumentaba a tal grado, que los hoplitas dejaron de combatir para observar atónitos como bañaban el horizonte, cuando una gigantesca nave grisácea alunizó en forma vertical. Muchos sufrieron paros cardíacos, la mayoría permaneció estática frente a la supuesta corte celestial estacionada cerca de Troya. Las compuestas dieron lugar a tres hombres. Tenían el rostro blanco, ligeramente azulado. Vestían uniformes de fajina, resaltando la cruz svástica de la vicera y la manga derecha.

Héctor se encontraba a pocos metros. El sujeto que parecía el líder lo invitó a subir a bordo. Intentó negarse, alegando la organización de las exequias de los nobles fallecidos, pero la invitación era demasiado amable…Y también de cuidado. A duras penas su prestigio de guerrero lo salvaba de orinarse encima.

El interior de la nave ofrecía comodidad. Una vez que llegaron los cuatro a la Cámara de Recepción, el sujeto hizo servir copas de licor de café al cognac.

-Mi nombre es Applolodus –dijo. Venimos a confirmar la orientación de sabiduría que pronto garantizará la paz. ¿Eres fiel a tus dioses?. ¿Cuánto hace que rehuyes ir al templo de tu padre Zeus?.

Héctor miró sorprendido la actitud del “hombre de las luces”, yendo y viniendo de un lugar a otro.

-Pide y te será concedido. Hay tragos, salón de juegos…Diosas vírgenes a tu disposición…

-¡No comprendo porque estoy aquí perdiendo el tiempo! -interrumpió Héctor. ¡Has subestimado mi inteligencia, pues desconfío de las intenciones ocultas detrás de la hospitalidad que me mantiene secuestrado y distante de los míos!

Applolodus  sonrió, haciendo encolerizar a Héctor

-Héctor…Héctor…Ni siquiera crees en lo que tus propios ojos han visto caer del cielo…No puedo culparte, los humanos son prisioneros de la naturaleza imperfecta. Olvidaron nuestras palabras inmortales…

Héctor estalló en grotescas carcajadas.

-¿Me dirás acaso que eres mensajero de los dioses?

-De cierto te digo que soy un habitante del Olimpo, enviado por Zeus para que Troya viva.

-¿Insinúas que Troya desaparecerá?.

El blanco rostro de Applolodus sonrió de nuevo.

-Los dioses anuncian que los días de tu patria están contados, aunque la necesidad de cambiar el mundo será el motivo para salvarla.

La conversación tuvo un giro inesperado. Héctor ensayó una posición mucho más reflexiva.

-He comprobado el poder de tus “luces”…

-No te preocupes. Hemos recorrido el tiempo y aprendimos a controlarlo, tomando como modelos los adelantos de las sucesivas civilizaciones. Tu débil raciocinio no podría comprenderlo. Perteneces a un pequeño ciclo  dentro de la ex-reparación universal.

Acto seguido, Applolodus desenfundó su pistola.

-Perdóname, Héctor –dijo amargado. Esta decisión escapa a mi voluntad.

Al disparar, la descarga de electrodos impactó sobre el pecho de Héctor, quien se desplomó. Applolodus reajustó la pistola. Luego de orar, condujo el frío hasta su cien, dispuesto a pronunciar las Antiguas Palabras Finales.

-“No vulnerarás la carne ajena, anunció el Gran Pescador de abluzzunes. Contempla la pureza. Siempre. Siempre….”.

Aún muerto, conservaba una expresión bondadosa. El orificio de la nuca precipitaba la sangre azul en el incipiente charco negruzco que iba expandiéndose sobre el alfombrado color nácar.

Dos miembros de la tripulación trasladaron en camilla a Héctor

-Te dije que debimos reemplazar los tripulantes con problemas psicoterapéuticos –afirmó uno de los doctores, testigo de la descomposición del cuerpo de Applolodus.

 

Los pilotos de la nave evidenciaron desperfectos en el suministro de energía alternativa. Héctor recobró la conciencia. La puerta de la recámara donde se encontraba desde hacía horas, había quedado abierta a causa de las fallas, oportunidad que aprovechó. Deambulando por los pasillos, ingresó accidentalmente en el laboratorio. La curiosidad lo incitó a destapar el bulto inmenso al costado de las escotillas. Los ojos casi le salen de las órbitas, cuando ante el apareció un tanque transparente que contenía al pequeño hijo de Ogoro, sumergido en una solución cristalina, lleno de tubos color rojo y verde inyectados a su cuerpo. Le faltaba la tapa del cráneo, permitiendo vérsele el rosado cerebro. Desde el recipiente intentó articular aullidos desesperados, pero apenas soltó unas burbujas rogando piedad.

Héctor abandonó el laboratorio despavorido. Llegó al computador central. Trató de manipular los controles con el afán de destruir la nave. La computadora comenzó a llorar.

-¡Por favor…Snif….El objetivo: Un mundo mejor…Para lograrlo…Snif, snif….Evitar ….Desconectar…!.

Al accionar la botonera principal, conectó las salidas de emergencia. Traspuso la más cercana, saltando hacia el vacío. Segundos más tarde, la nave comenzó a elevarse hasta la mitad del cielo, saliendo disparada en dirección al horizonte hasta perderse de vista.

Después de la muerte de Héctor y la quema de Troya, nada de estos acontecimientos hubieran llegado hasta nosotros, si los arqueólogos no encontraban seis libros escritos por un poeta sirio desconocido residente en la corte troyana, los cuales permanecen en algún lugar de Utha, Estados Unidos de Norteamérica.

 

Una poderosísima bomba cayó en las trincheras alemanas del Marne, sembrando un tendal de víctimas. El trueno ensordecedor vaticinaba los relámpagos y por supuesto, la lluvia. La artillería francesa efectuó sucesivos disparos a las mismas posiciones. Una luz enceguecedora pareció alumbrar a uno de los soldados en el momento de la explosión. La carreta que recogía los sobrevivientes avistó al malherido envuelto en un mar de cadáveres.

El médico de la carpa de primeros auxilios gritaba.

-¡Cabo –dijo advirtiendo las jinetas, trate de mantenerse despierto!

-Una luz…Una luz…Me salvó –murmuró el soldado.

-Debo comprobar la existencia de daños neurológicos. Enfermera, pregúntele la fecha de hoy.

La pausada voz de la mujer en medio de los estruendos, surtió efecto en los oídos del cabo a manera de un oasis de calma.

-Cabo. Recuerde que fecha es hoy. Luego dígame su nombre.

El cabo tardó en responder. Tenía los ojos cerrados, aunque parecía conservar aquella extraña luz debajo de ellos.

-Septiembre…Septiembre cinco de…Mil novecientos…Mil novecientos quince.

El médico no tuvo la misa templanza de la enfermera.

-¡No se duerma, cabo!. ¡Dígame el nombre!. ¡Vamos!.

-Adolf…Adolf Hitler…

Escribe: CARLOS ALBERTO RICCHETTI

10/15/2015

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