Arte y cultura

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Había vidrios sueltos, distribuidos donde haya que pisar y oír sonidos crujientes. Anoche llegaron de la reunión de camaradería del ejército, compartiendo la cena. El presidente asistió  y dio un discurso. Apostó a una mirada mal pensada entre su mujer, a la cual él denoto cierto brillo fútil y el otro coronel, que ni siquiera conocía su nombre.

 

Quiso evadir la realidad. Arrojó el insistente despertador, cuando sonó el teléfono. Lo hubiera roto, pero aguardaba un llamado clave.

-Roberto…Habla Luís. ¿Estás bien?

Transcurrió algún instante a pleno silencio.

-No sé. Me duele la cabeza.

-Escuchá. Menem te mandó para Yugoslavia. Salís en quince días, más o menos.

Intentó despejarse como pudo.

-Arreglaste la comisión, ¿seguro?

-No te preocupés.

-Ahora tengo que colgar.

-Bueno. Pasáte temprano por el Patricios.

-Está bien.

-Chau.

 

Sin despedirse, fue a lavarse la cara. Luego salió al bar de la calle Esmeralda. Debía reunirse pronto. Dos sujetos le alcanzarían cuanto él esperaba, pero pasaron dos horas antes de que éstos lleguen. Guardaba rencor aún hacia todas las cajitas musicales queriendo demostrar más. Cuando era chico, la abuela impedía todos los intentos furtivos a su cajita, considerándola como una reliquia indispensable, mientras esa estúpida cimbalina  giraba torpemente. El odio dispensado rindió sus frutos. Cierta vez durante una mudanza, al tiempo que la abuela apilaba los muebles, el cuestionado objeto resbaló, sin poder demostrar de allí en adelante su esplendor original, ni a la bailarina danzando.

 

Los tipos llegaron, interrumpiendo al llamarle la atención.

-¿Trajeron la tira?.

El bigotudo extrajo los fósforos de la cartera del amigo y miró al compañero, haciendo la seña de un ancho. El compañero le contestó.

-Oíme, flaco. ¿Vos pensás que te salva el uniforme?. Loco, si Gutiérrez cayó en cana, vos no la vas a zafar, así que pagáme puntualmente y dejáme de romper las pelotas.

-Acá tenés tu guita, gordo. Respetáme un cachito, porque sino, tus amiguitos y vos van a terminar con el culo para arriba, que yo no soy el boludo de Gutiérrez, las tengo bastante agarradas. Ahora, mejor tomatelás…Vamos, vamos….Hacéte humo, gil.

 

El gordo lo contempló con seriedad, costándole levantarse. Dejó la tira. Roberto pagó, subiendo al auto después, en dirección a su casa, cambiando de idea, pues intuyó que la policía podía aguardarlo. Poseía un departamento céntrico, conocido solamente por él. Luego telefonearía a la agencia de acompañantes, solicitándole una joven modelo; si fuera posible, otra venus más.

 

Muy temprano, se dirigía al regimiento primero de Patricios. Luís movía impaciente el pié derecho, cuando llegó.

-A buena hora, Roberto. Tu mujer hizo la denuncia.

-¡Ésta guacha de mierda!. ¡Te juro que si la veo, le voy a dar para los chicles!.

-Quedáte piola. No hace falta. El Poder ejecutivo te manda de viaje.

-Y a descansar…

-Para nada. Llamaron ayer de Estados Unidos. Ordenan avanzar. Parece que los serbios van a tomarse el palo.

-¿Y qué querés que haga yo ahí?.

-Quieren encabezar un ataque sorpresivo. Vos irías al mando.

-Las órdenes viene desde arriba. Van a partir muchos oficiales sucesivamente. Hay lío para rato. Aparte te conviene. Ganás bárbaro y no creo que tengas misiones arriesgadas. Aprovecharon tu problema sacándote del medio.

-Igualmente a la hija de puta esta…

-La apurás un poquito y no jode. Cambiando el tema, tomáte el avión en Ezeiza a las cuatro. Me olvidé decirte que salís mañana. Modificaron la fecha.

-¡¿Mañana?!. ¿Y mis cosas?.

-Las recibís allá. Empacás en casa. Hay un móvil vigilando. Andáte tranquilito.

 

Al terminar de empacar, Roberto acordó llevarse la tira de ácidos nueva, unas pepas recientes denominadas “zafiro” que le comprara a ambos sujetos escasas horas antes. Subió abordo del Boeing con parsimonia. Sentado, leyó el diario. Desayunó y empezaba a desenvolver algunos comics porteños. Le encantaban. Luego durmió pesadamente, imaginando la violación de su esposa ordenada el día anterior.

 

 

 

En la pista del aeroparque lo recibieron.

-¿Coronel Roberto Ladines?

-En efecto.

-Sígame.

 

El jeep de las naciones Unidas lo condujo al pequeño poblado donde residía el asiento de tropas argentinas,

-Bienvenido a Bosnia-Herzegovina, coronel.

-Gracias, señor.

-Soy el general Marcos Terrazas, encargado de la guarnición. Usted es uno de los muchos hombres convocados. Los antecedentes presentados en la documentación señalan a su persona como uno de los hombres más aptos para encabezar la misión: Distinción en la lucha antisubersiva, medalla al heroico valor en combate durante la batalla de Puerto Darwin. Estuvo en lago Argentino para la época del mundial, Gross Green, agregado militar en el golfo Pérsico; suficiente.

 

Roberto reconocía íntimamente que los informes estaban arreglados. Apenas había manejado un Falcon verde y la ascendiente carrera era debida a contactos con superiores, aquellos mismos que lo salvaban de las rejas, el par de rebeliones carapintadas. La deuda con ellos crecía.

-Tendría sus órdenes aquí, pero…Sargento. Las instrucciones del coronel.

 

El sargento entró de inmediato, depositando el informe sobre el escritorio.

-Deberá encabezar una misión de reconocimiento hasta llegar a la demarcación reciente de las líneas serbias. Existe al costado de la ruta principal una fábrica de piezas industriales que últimamente fue bombardeada. Hay emanaciones debido a la densidad del plomo. Los gases son letales, entonces les daremos equipos correspondientes. Sospechamos las pretensiones enemigas por hacerla estallar, en realidad volar toda la fábrica y afectar treinta kilómetros a la redonda con esa pudrición. Morirían no menos de tres mil personas. El objetivo es informar la cantidad de efectivos que se aprestan en los alrededores.

-Entendido, señor.

-Partirá con veinte hombres. Calculamos la posición enemiga a poca distancia de la fábrica. El escape de gases tóxicos es mínimo. Tal vez los serbios sean rápidos y estén adentro cuando ustedes lleguen. Permanecerán alertas. Prepárese. Saldrá en tres horas para su destino. Sargento, acompañe al coronel hasta la tienda de campaña.

 

Roberto se vistió a regañadientes, diciendo malas palabras. Extrañaba la libertad perezosa, ir al cuartel cuando quisiera. Abrochándose los borceguíes, advirtió la falta de la maleta que llevaba consigo.

-¡Sargento!

-Ordene, mi coronel.

-¡Mi maletín! ¿Dónde está?

-Iba a llevarlo pa…

-¡No, déjelo!.

El sargento lo evaluaba, sin entender que ocurría a espaldas de semejante actitud. Roberto al darse cuenta, aunque preocupado, consiguió serenarse.

-Está bien, sargento. Es que la valija –comenzando a sonreír- es muy importante…¿Fuma?.

-Si, señor…Muchas gracias.

-Es que…me duele mucho la cabeza.

-¿Quiere un analgésico?.

-No. Vaya nomás.

 

Comenzó a buscar temperamentalmente la tira. Revoleó la maleta furioso, pues los ácidos faltaban. Se volvió loco revolviendo, golpeando. Le quitaron el suministro que necesitaba para reunirse con sus propios deseos de negar la objetividad, intentar realizar un trueque dándole brillo a los opacos recintos. Rogaba volver atrás y ponerse la tira en el bolsillo, las medias…

-Coronel. Lo aguarda la partida.

 

Encontró a sus subalternos en el medio de las tiendas, rodeándolo como caravanas atacadas con los indios que veía con la abuela. Hacía frío.

-Tome, coronel. Mate cocido calentito.

-Gracias.

 

Bebió pausado, hasta el fondo. Intuyó la mirada del sargento quien lo examinaba con asombro asir la taza. No podía hablarle, pero le dijo tanto…

 

La partida se produjo a horario. Marcharon al margen de la carretera. Ya divisaban la fábrica transcurrida la primera hora. Encendió un cigarrillo y contempló la ruta, llena de autos quemados, cartones. Atardecía. Hubo una explosión que lo despertó del profundo mundanal pensativo.

-¡Corran!. ¡Cúbranse todos como puedan!.

 

Los disparos venían de todas partes. Cayó una bomba y volaron algunos cuerpos por el aire. Ráfagas surcaron los aires. Las ametralladoras carecían de piedad. Roberto alcanzó a cubrirse junto al sargento y cinco soldados, uno de los cuales sucumbió, manchando al coronel con materia encefálica. El grupo permanecía histérico, agazapado en la barraquilla rutera. Lograron conseguir los equipos y se dirigían en dirección a la fábrica, pensando resguardarse.

-¿De dónde salieron éstos hijos de re-mil putas?.

-¿Cómo supieron nuestra posición? –interrumpió el sargento asustado.

-¿Está herido, señor? –señaló uno de los soldados a Roberto, confundiéndose debido a la sangre impropia que le manchaba la fajina.

-Estoy mareado, muy mareado….No se porque, pe…

-Vámonos, señor. Vienen para acá.

Las patrullas serbias los detectaron, persiguiéndolos fuertemente armados. El sargento lo agarró del hombro, llegando a duras penas a la fábrica. Los argentinos entraron por la ventana, poniéndose previamente las máscaras antigas.  Roberto, de forma deliberada, lanzó gritos de estupor.

-¡Mirá, sargento!.¿Ves los dragoncitos bebés allá arriba?

 

El sargento se miró con otro soldado.

-¡En el estanque, pedazo de boludo! ¿Te das cuenta de que van a hacernos mierda?.

-Si, señor…Escondámonos enseguida.

-¡Por ahí no, sino nos agarran las plantas carnívoras! ¡Allá, pelotudos, allá!…

 

En ese preciso segundillo sonó un disparo que pegó en el pecho del soldado Ibarra. Quedó sentado con los brazos abiertos. Roberto observó como se abría la tapa de la usina y un horrible monstruo deforme lo devoraba de la cabeza a los pies.

-¡¡¡Ahhhh!!!.

-Señor, rajemos. No se saque la máscara, vámonos.

 

Para el mayor estremecimiento del rostro de Roberto, observó a otros tres soldados luchando por librarse de las fauces de la máquina trituradora que los degollaba uno por uno, sirviendo de almuerzo a seis vinchucas voraces.

-¡Salgan de aquí! –continuó gritando Roberto. En Yugoslavia hace frío, ¿entendieron?. ¿Qué se creen?…Estamos en Yu-gos-la-via…No en Santa Fe.

 

Le dispararon al sargento en la rodilla y en el momento que se arrastraba, presa del dolor, Roberto alcanzó a manotear su fusil semiagachado, la figura patética de ojos vidriosos, rojos y desencajados, bajo el cristal de una gomosa máscara antigas que se iba perdiendo de vista hacia arriba, donde afloraba el casco verde con la escarapela celeste y blanca en el centro. Al volver la vista hacia las máquinas, advirtió dos águilas descendiendo a gran velocidad para atacarlo. Les disparó.

-¡Ahí tienen, hijas de puta!

 

Las despellejó en el suelo en medio de un mar sangriento, aunque no advirtió que al avanzar sólo dejaba tras de sí algunos trapos rociados de combustible.

-¡Conmigo no jode nadie, entienden!. ¡Oíste, gordo forro!, vos tampoco!.

 

Sin terminar de gritar, fue atrapado con fuerza por una repugnante masa uniforme que cambiaba a cada instante de forma.

-¡Soltáme, guacha!

 

El extraño cuerpo viscoso tomó las facciones de su mujer. Roberto comenzó a reírse a carcajadas.

-¿Así que querés vengarte, cornuda?

Alcanzó a tomar el sable bayoneta para hundirlo en la masillosa superficie algodonada. Luego le pareció ver aparecer al gordo y a su amigo, naciendo pegados como una escultura a medio concluir bañada de líquido amniótico. Pensó que el compañero del gordo le guiñaba el ojo a modo de complicidad.

-¡Qué me vendieron, putos!. ¡Con ustedes quiero hablar!.

-Zafiro, zafiro zsa-zsa-zsa. Zsa de zafiroos, sss.

-¡Zafiro las pelotas! ¡Súbanse a un triciclo! –contestó Roberto, mientras sintió que la mano se le aflojaba y perdía el sable bayoneta en el tumulto.

-Triciclos para Clorinda, triciclos llenos de flores, tritrí.

-A ver si paran de joder y no apreten tanto que me duele, me duele mucho…

-Me duele mucho la cabeza…Eso pasa…Mi cabeza, con “c” de cama…

-¡Paren de joderme, boludos!.

-¡Asa, asa, la sarda anda engranada!. Fernández…Esperesé…

-¡No canten más, lárguenme!.

-Jugo de tomate, en las venas deberás tener…Besáme, besáme, besáme…Asesino…

-¡Basta, la puta madre que los parió!.

-¡Tu mujer te demanda!.

-¡Tomatelás, forro!.

-Ella te espera en el roperito y zsa-zsá-zsa…¿Sabés luego, no?. Bunchi-capunchi sorborieli presto, bien temprano. Zsacapumba , la bailarina.

-¡¡¡No!!!.

 

Roberto perdió la conciencia.

 

 

 

Desde el piso de arriba, un ayudante de enfermería alzó a Roberto de los brazos, poniéndolo frente al murallón, sobre una camilla. Le dieron una inyección, reaccionó y  se durmió a los gritos, echando culpas al sargento por el maletín. Cuando lo dieron de baja, llegó a la casa con rastros de haber llorado por mucho tiempo. Al entrar la encontró limpia, ordenada. Tuvo ganas de mudarse de ropa.

 

Abrió el ropero y se sorprendió. La esposa, disfrazada de cimbalina, le apuntó con una nueve milímetros.

-Bienvenido, zorete.

Los vecinos afirman haber oído el violento estruendo que le perforó la frente.

Escribe: CARLOS ALBERTO RICCHETTI

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12/13/2015
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