Arte y cultura

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Solamente mediante el olvido y el desconocimiento alevoso de la historia colombiana, sin caer en la sospecha de una complicidad estatal en la ignorancia de las cuestiones patrias, es posible prestarse a los festejos por el primer centenario de la construcción del canal de Panamá.

Con el sentido de pertenencia que caracteriza a los colombianos, de tener la mayoría conocimiento de las circunstancias del ultraje, de la complicidad de la dirigencia local, frente a los festejos promovidos desde algunos medios, lo único impredecible de la reacción, sería la suma de los decibeles resultantes al poner el grito en el cielo.

Desde luego, parece irrisorio después de tantos años llorar sobre la leche derramada, peromucho peor consentir que el mismo tipo de políticas sigan siendo implementadas en detrimento de la integridad del país y sobre todo, de su gente, sin la que nada ni nadie tendrían la suficiente importancia.

Hablar del despojo de Panamá, del daño contra la integridad territorial, la cual amenaza con repetirse incluso mediante la reiteración de los apellidos y de los descendientes de los mentores de consumadas claudicaciones, adquiere connotaciones de vigencia ininterrumpida.

La inestabilidad política como moneda corriente

Luego de la llamada “Guerra de los Mil Días” (1.899 – 1.902), originada por el fraude, el ejercicio autoritario del poder y su retención con exclusividad por parte de los gobiernos conservadores, los Estados Unidos, quienes venían promoviendo la construcción de un canal en la zona, hallaron una oportunidad inmejorable.

Décadas atrás, desde los tiempos de Tomás Cipriano de Mosquera, “El Gran País del Norte” había comunicado al gobierno colombiano su intención de construir un paso interoceánico en el territorio nacional, el cual fue tratado con indiferencia por la dirigencia política, hecho que más adelante tendría consecuencias lamentables, excepto para quienes “resignar” Panamá fue un suculento negocio contante y sonante.

Tanto el gobierno de la Regeneración, como sus sucesores, demostraron una alarmante incapacidad para manejar la crisis económica y política derivada de su manejo del poder, para colmo, dando palos, en abierto desafío contra quienes se le oponían. Dicha  situación fue aprovechada por los liberales, aglutinados bajo el liderazgo de Rafael Uribe Uribe. Éste, era a su vez representante de los sectores cafeteros –el mismo poseía una gigantesca hacienda, destinada a producirlo en Antioquia- que venía acusando los efectos de éstas políticas recesivas, en condiciones dramáticas y caída libre.

Ante el derrumbe de los precios internacionales y la insostenibilidad de los costos de producción, Uribe supo capitalizar el malestar de los productores, así como de los liberales belicistas, partidarios de ir a la guerra como única alternativa real frente a los atropellos gobiernistas.

Para que el curso de la contienda, como el del país, no se le fueran de las manos, el presidente conservador de entonces, José Manuel Marroquín Ricaurte (1.827 – 1.908), decidió tomar la “mejor” decisión: Solicitar ayuda a Estados Unidos, el socio comercial y aliado político por antonomasia, a fin de “que las consecuencias no llegaran a mayores”.

Tras algunos éxitos iniciales, los rebeldes liberales, con sus jefes Uribe y Benjamín Herrera en el exilio, se vieron obligados a iniciar una guerra de guerrillas, donde la población civil, por el mero hecho de colaborar con los sublevados, es victimizada mediante todo tipo de amedrentamientos, muchas veces con el signo de la muerte como epílogo a su resistencia. Los fusilamientos, las masacres, el reclutamiento forzado de menores de parte y parte, se suma al embargo de propiedades, bienes o dinero del gobierno, junto a las contribuciones forzosas a las cuales era sometida la población. A su vez, el robo y la especulación en materia de bienes de consumo a cargo de los oficiales de ambos bandos, tuvo su agosto.

El “alto precio” del prestigio

Definido el pírrico “triunfo” a favor del gobierno, Uribe intento seguir la guerra más por cuestiones de prestigio político, que con el objeto de lograr un triunfo significativo. Bajo las expectativas de un ataque que nunca realizó y sin lograr coordinar acciones efectivas con las fuerzas de Benjamín Herrera desde Panamá, Uribe, luego de algunas derrotas pero con la “imagen a salvo”, se rindió sin condiciones en Neerlandia. Herrera, sin el esperado “éxito estratégico”, a sabiendas que un ataque suyo a la futura capital panameña o al ferrocarril, propiedad de los norteamericanos, supondría el ataque de Estados Unidos, a la sazón encomendado por el gobierno colombiano a “defender” la integridad del país, tuvo que aceptar los términos de paz impuestos.

A los actores políticos del momento les preocupaba más cuanto podían ganar, a lo que el país entero podía perder. El derecho de unos por conservarlo todo a cualquier precio, enfrentándose a quienes pretendían tomarlo todo sin importarles las consecuencias, trajo aparejada la ruina, a través de la práctica paralización del principal sustento económico: Las exportaciones.

Mientras en el parlamento colombiano se debatía calurosamente la “conveniencia” de la construcción del canal sobre territorio colombiano, al norte, los secesionistas panameños, interesados en “sacarle jugo” a un departamento colombiano que padecía el sistemático abandono por parte del estado, le vinieron como “anillo al dedo” a los Estados Unidos. Menos de un año después de la firma del tratado de Wisconsin –por el nombre del barco norteamericano donde se rubricó el cese de hostilidades- Panamá dejaba de pertenecerle a Colombia.

El mismísimo presidente de Estados Unidos, Teodoro Roosevelt,  arrogante creador del del “gran garrote” -legitimación de la política exterior estadounidense del uso de la fuerza, como medio para defender los intereses- llegó a expresar con total desparpajo, en 1.903, la siguiente frase que quedó acuñada para la posteridad: “El Canal de Panamá nunca se habría comenzado si yo no me encargaba de eso, porque si yo hubiera seguido los métodos tradicionales[…] dentro de cincuenta años empezarían los trabajos.[…] En consecuencia, yo tomé el Istmo, empecé el Canal y entonces puse el Congreso, no a discutir el Canal, sino a discutirme a mí”.

A propósito, el escritor, periodista, político e historiador, Eduardo Lemaitre, comentó: “Si el senado colombiano en vez de rechazar de plano el Tratado y lo aprueba con modificaciones como era el original propósito de la mayoría senatorial, el Presidente Roosevelt no habría tenido dónde apoyarse para lanzarse a la aventura de alentar a los separatistas panameños”.

El también historiador Jorge Villegas, llegó a afirmar que “sumado al déficit de 25 millones de pesos de la época invertidos en la cruenta conflagración, del desastre de cien mil vidas”, sacrificadas el empecinamiento de no querer compartir el poder con la oposición liberal, “la primera y más funesta consecuencia de la guerra, fue el arrebato de Panamá por los norteamericanos”.

De nada serviría comentar tampoco sobre las consecuencias previsibles de toda guerra. Si el filósofo, general y estratega chino, Sun Tzu, llegó a decir en su obra cumbre, “El Arte de la Guerra”, que de un conflicto armado debe esperarse siempre lo peor, no tiene sentido comentar el modo en el cual se dispararon los precios de los víveres; la literal paralización de la agricultura, la industria, el comercio; la destrucción de las vías, los medios de transporte, la escasez de alimentos, el crecimiento descomunal de la pobreza y de una economía yendo a dar al traste, sin renunciar, por supuesto, a los privilegios de los viejos conocidos de costumbre…

Colombia, como a perro en misa…

En su monumental obra histórica, “Colombia: País formal, país real”, el increíble historiador Diego Montaña Cuellar hace a las delicias de los lectores, contando la forma en que reaccionaron amplios sectores populares de cara a la implícita claudicación del poder político, incapaz de cumplir con su principal misión: Velar por la defensa y el respeto de la Soberanía Nacional.

Montaña habla de una opinión pública furiosa, enardecida y con una sencillez no por ello carente de fervoroso patriotismo, entusiasmada por acudir voluntariamente a enrolarse en masa, contra el usurpador norteamericano que de manera pérfida había aprovechado la ineptitud, así como la carencia de grandeza por parte de los encargados de direccionar sus destinos.

Pero cuando además de la falta de honor, prima el fallido criterio acerca de que la extensión es uno de los principales inconvenientes de los países ricos en recursos y la mermelada colombiana antigua data, anestesia tanto dolor de patria, cabe esperar que ese entusiasmo inicial sea neutralizado con una inusitada velocidad de gestión.

El estado conservador, aceptando a regañadientes el reemplazo de la supremacía hispánica primero y luego inglesa, por la política norteamericana, menos atractiva pero de fuerte persuasión pecuniaria, estaba “muy ocupado” gozando de las bondades por la “indemnización” con gusto a soborno y traición, como para detenerse a alentar lo que en cualquier caso, hubiera sido un auténtico levantamiento popular en defensa de las más genuinas reivindicaciones nacionales.

Su sostén local, los terratenientes, la burocracia, los latifundistas, los dueños de las incipientes industrias, poderosos sectores a los que sin excepción pertenecían tanto conservadores como liberales, no querían por nada del mundo ver interrumpidas sus relaciones comerciales con Estados Unidos a través de una guerra, aunque esta vez sea en defensa del patrimonio propio y no, de algunos.

Esa “danza de los millones” –como se llamó a las cuotas estadounidenses, fruto de la entrega consensuada- en cambio, fue utilizada para medio “emparchar” la economía hacia una estructura dependiente por completo del exterior y por supuesto, para el beneplácito de los sectores acomodados. La mayor parte del pueblo, eterno convidado de piedra, apenas si llego a ser testigo de ese tipo de “crecimiento económico” con escasos beneficiarios, apenas perfeccionado años más tarde con las consecuencias conocidas.

Lo que puede venir

La importancia de la lección de Panamá es crucial porque el aprendizaje de la historia, llena de aciertos, fracasos, antagonismos, ambiciones desmesuradas y conquistas legítimas, será fundamental al momento de descubrir la identidad colombiana, de su pueblo, que en las horas más oscuras de su historia, a pesar de las capitulaciones a las cuales se lo sometió, sin embargo demostró ser heroico, noble, bueno, al punto de ser demasiado tolerante para el gusto de muchos.

En el caso de haber perdido la memoria por razones indistintas, el reconocimiento de los hechos del pasado ayuda a recuperarla y a que las injusticias, arbitrariedades, perdidas, no vuelvan a suceder, ni se repitan las historias de postergación. Quizás algunas de las causas del atraso, se deba al escozor de ciertos sectores, de ver a los colombianos unidos en torno a un ideal, luchando por lo suyo con valor, increíble arrojo, a fuerza de ese amoroso arraigo característico hacia la tierra de sus mayores, en base a una endereza pocas veces igualada.

En la actualidad, otro departamento de Colombia, supremamente rico en esmeraldas, oro, pesca, recursos forestales, cultura, diversidad multirracial y demás, se encuentra sometido al vaciamiento por parte de sus dirigentes, el olvido, al tácito abandono por parte de los sucesivos gobiernos. La mayoría de las empresas, de las tierras, se encuentran en manos extranjeras. Es el Chocó. ¿Alguno de los lectores se atrevería a apostar que no le sucederá lo mismo?

Panamá es tan colombiana, como compatriota es la suma de la gente de ese hermano país, separado mediante una cánula cavada en la tierra y la carne colombiana, por la codicia exterior y la inoperante sevicia de nombres inmensos, pertenecientes a hombres demasiado pequeños para ser nativos de una nación tan grande. Al margen del reconocimiento de una obra de mega ingeniería impecable, de las habilidades concesionarias de un país, para administrar un recurso “otorgado” por otro más poderoso sobre el despojo de un tercero, PARA COLOMBIA, EL CANAL DE PANAMA NO DEBERÍA SER MOTIVO DE FESTEJOS, NI DE ORGULLO. MAS BIEN, DE UNA PROFUNDA VERGÜENZA POR UN TROZO DE SUELO DE LA PATRIA QUE NO SE SUPO VALORAR NI DEFENDER.

Escribe: CARLOS ALBERTO RICCHETTI

02/16/2016
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