Arte y cultura

No era propiamente un santo, ni alcanzaba la categoría de hombre decente, ni siquiera fue un buen tipo. Trashumante por necesidad, a todas partes solía llegar por la puerta ancha, deslumbrando con el fuego de su conversación~: cuando hablaba manejaba un pincel de rosas con los labios sensuales, escribe Miguel Angel Asturias. Y de cada lugar salía por la puerta de atrás, sin despedirse de nadie, menos de los acreedores.

Fue expulsado de cuatro países y vivía del que se dejara desplumar y del periodismo, a veces armado con el aguijón del panfleto, otras con la prosa penetrante del analista, en ocasiones en plan de crónica, todos los géneros desempeñados con mucha habilidad y sin ninguna ética. Pero oigámoslo a él mismo: entré al periodismo… (y) ya sé su secreto: … consiste en escribir muchos artículos cortos con desenvoltura comedida, opinar sobre todos los temas que uno no conoce, saber ponerse romántico todos los días de distinto modo, profesarle horror a la verdad, y urdir todos los días pequeñas trampas donde caigan los lectores ingenuos, que aún quedan algunos.

En cuanto estas últimas, en Bogotá levantó las ventas del El Espectador con una serie de reportajes sobre un duende que visitaba a una niña. En la brega periodística, uno de sus fuertes fue la nota panfletaria, como este ejemplo que bien merece estar en la antología universal del vituperio, el comienzo de un retrato de Pablo González, general y caudillo de la revolución mexicana: figura singular, toda de sombra, no se ilumina más que por los relámpagos de su despecho. Sonríe y destila hiel. Sus ojos miran zigzagueando, cual si temiese quedar de hito en hito con su lealtad.

En suma, Porfirio Barba Jacob era una pluma a sueldo, un cínico, un sablista, un vividor, un vicioso, en fin, un pequeño truhán difícil de fiar. Cómo puede un tipo así figurar entre los colombianos más sobresalientes del siglo XX? Porque Porfirio fue un gran poeta, está dispuesto a contestar casi cualquier habitante de nuestro país. La gente se sabe sus versos, los estudiosos lo incluyen en las antologías y figura a la derecha de Silva y por encima de Valencia entre los diosecitos de la poesía colombiana de hoy.

Modernista anacrónico El asunto quedaría zanjado si no fuera porque esta opinión es casi exclusivamente doméstica y Barba Jacob no cuenta sino muy marginalmente cuando el recuento se hace desde la perspectiva de la lengua castellana. Con excepción de algunos mexicanos Vasconcelos, Jorge Cuesta, Elías Nandino, Gilberto Owen…, las escasas opiniones vertidas sobre Barba Jacob no son nada favorables y su momento de mayor consagración, su inclusión en la histórica antología Laurel, fue desvirtuado en la reedición de la misma por Octavio Paz, quien dice que Barba era un poeta anacrónico, un modernista retrasado.

Barba Jacob mismo se sabía anacrónico. En 1922, en Guatemala, dictó una conferencia contra la poesía de vanguardia. La reseña periodística lo llama soldado de la vieja lírica. Ocho años después, en La Habana, repite la diatriba y la prensa no lo rebaja de ánfora de museo. Era verdad. Barba Jacob andaba recitando y republicando sus versos llenos de palabras desuetas y altisonantes alabastro, ambrosía, carbunclo, celajes, dogal, lampos, liuro, lirio, nacarino, opalino, vagaroso, vesperal, undívago mucho después de Huidobro, de Vallejo, de Neruda, de otra sensibilidad que envejeció terriblemente la retórica de los modernistas.

Nada de esto parece importarle al fervor colombiano por Barba Jacob, lo que confirma una conducta histórica del país. Nunca estuvimos al día en cuestiones de arte, de estética y las vanguardias nos llegaron tarde y a pedacitos. Entre tanto, la retórica de los periódicos, de la política, la oratoria de los púlpitos, los actos académicos y los juzgados hace años se fosilizó y quedó empalagada de adjetivos, sometida a la pausa ampulosa y a la solemnidad propias del modernismo. Barba Jacob no pasa de moda porque los colombianos nos quedamos en la moda de los tiempos de Barba Jacob.

Por mucho tiempo, Barba Jacob fue un poeta trashumante, rodeado de una leyenda negra, abundante en un anecdotario de seguro apócrifo, al fin y al cabo un personaje inasible. Pero llegó el talentosísimo Fernando Vallejo, rastreó al personaje y escribió Barba Jacob, el mensajero, que es, de lejos, la mejor biografía que se ha escrito en Colombia. Vallejo, como casi todos los colombianos, admira al poeta pero no tiene pelos en la lengua para retratar la clase de individuo que era y muestra las circunstancias concretas en que Barba era un provinciano dañino, un pequeño estafador, un exhibicionista de sus hábitos más socialmente condenables, un campesino fungiendo de satanás, un poeta irremediablemente anacrónico en la retórica de sus versos, cuestión esta que Vallejo salva llamando a Porfirio intemporal.

El entusiasmo colombiano hacia Barba Jacob es compartido por la crítica y por un clase media que ve en Porfirio a la encarnación del demonio y por lo tanto a un poeta auténticamente inspirado. Con excepción de Rafael Gutiérrez Girardot que piensa que Barba Jacob dominó el arte de decir banalidades sonoramente, la opinión colombiana especializada de hoy es toda incienso.

Verdadero poeta, poeta porque sí: la afirmación, aislada, parece una mera petición de principio que adquiere el carácter autoevidente del argumento de autoridad, al saber que proviene del poeta vivo más importante de Colombia, Alvaro Mutis, cuando fue entrevistado por García Márquez. Y el mismo García Márquez, en un ensayo de 1960 La literatura colombiana, un fraude a la nación afirma que seis grandes puntos de referencia podrían servir de apoyo para establecer los colosales vacíos de la literatura colombiana. Y enseguida hace un recorrido de tres estaciones para la narrativa El carnero, La María y La vorágine y tres estaciones para la poesía Domínguez Camargo, la dupla Pombo/Silva y, adivinen quién, Porfirio Barba Jacob.

Después de la admiración que le profesaron Los Nuevos ellos también modernistas a su modo, como León de Greiff, acaso la primera generación que colocó a Barba Jacob en la cima del Parnaso fue Piedra y Cielo . Eduardo Carranza escribió estas palabras en 1942 inaugurando así la apologética porfiriana: Con la muerte de Barba Jacob desaparece el más grande poeta de todos los tiempos colombianos y uno de los mayores líricos del idioma español… Nadie puede compararse en hondura y densidad, en fuerza expresiva, en demoniaca vitalidad poética a Barba Jacob.

El elogio de Carranza tiene el mérito adicional de contener todos los demás que vinieron después; aún más, estableció el lenguaje oficial de los ditirambos posteriores, como si no existieran otras palabras para referirse al poeta. Andrés Holguín lo entronizó en todas sus antologías como el principal poeta colombiano y Juan Gustavo Cobo no duda en decir que ya es hora de leer a Barba , pues en su poesía asoma una repentina belleza, insuflada de fuerza y pavor ante la muerte.

Nueve antorchas Omitido o mirado de reojo por los críticos de fuera de Colombia, exaltado y unánimemente proclamado como la cima más alta de la poesía por los colombianos, cabe preguntarse de qué estamos hablando, cuál es la materia de desacuerdo. Y se trata de unos poemas, aproximadamente 150, que escribió Barba a lo largo de su vida. Extremando el cernido, al final llegamos a un pequeño pero significativo conjunto, cuyo núcleo fue escogido por el propio poeta como las nueve antorchas contra el viento, que él mismo consideraba perfectas: las llamo perfectas porque he expresado a trazos mi concepción del mundo, mi emoción, mi alarido, la robustez varonil de mi alma en el dolor de la vida. Tal como yo quería expresarlos, con un acento personal lleno de dignidad, dando fulgencia a las palabras, aliñando la música hasta sus últimos matices dentro de pautas un poco arcaicas. Estos nueve poemas, admitidos como anacrónicos y perfectos son La estrella de la tarde, Canción de la vida profunda, Elegía de septiembre, Un hombre, Los desposados de la muerte, El son del viento, Canción de la soledad, Balada de la loca alegría, La reina y Futuro. Vale la pena resaltar la coincidencia de la autocrítica del poeta con quienes los han valorado. La antología Laurel incluye las nueve antorchas y le añade otras a la lista.

Hernando Valencia Goelkel, acaso el más ponderado de sus críticos colombianos, después de precisar que la cercana, magnífica obra de Darío le bastó para sus necesidades expresivas y en ese sentido su obra es la de un epígono brillante y sin complicaciones, encuentra sus principales valores que, acaso, sitúan a Barba Jacob en un lugar justo y proporcionado, más allá de la apologética nacional, más acá del desdén de los no nativos: Barba era también un eficaz artesano del verso. Sus canciones, llenas de desafuero y de exacerbación pasional, están construidas con una hábil simetría, reflexiva y organizada. La Balada de la loca alegría una de las mejores elegías contemporáneas en español, Los desposados de la muerte, la Elegía de septiembre, Futuro, en fin, ese puñado de poemas en que se concentra lo más valioso de la creación de Barba Jacob, son casi un refinamiento, una depuración del modernismo… Pero su obra se petrificó ahí: el ocio infecundo de sus últimos años no permite presumir qué hubiera sido de la poesía de Barba si este hubiera continuado su búsqueda expresiva. Sea como fuere, a ese puñado de poemas ha quedado reducido Miguel Angel Osorio. Si duran …, si sobreviven los lamentos que empiezan a sonar un poco a hueco, sobrarán entonces las exégesis y los reproches. Barba Jacob, entonces, no necesitará ni nuestra alabanza, ni nuestra censura, ni nuestra inquisición. Ni siquiera nuestra piedad.

Bardo errante MIGUEL ANGEL OSORIO BENITEZ nació el 29 de julio de 1883 en Santa Rosa de Osos y murió tuberculoso en Ciudad de México, el 14 de enero de 1942. Hijo de Antonio María Osorio y Pastora Benítez, se crió con sus abuelos en Angostura y en 1895 inició su perenigraje, que lo llevo por varias ciudades del país y a partir de 1907 a Centroamérica y Estados Unidos. Luego de fundar en Bogotá, hacía 1902, el periódico literario El Cancionero Antioqueño, que dirigió como Maín Jiménez, escribió la novela Virginia que nunca vio la luz pues los originales fueron incautados por el alcalde de Santa Rosa por inmoral . En 1906-1907 en Barranquilla escribió sus primeros poemas que hicieron parte de Campiña Florida (1907) donde apareció su más conocido poema Parábola de la vida profunda; entonces adoptó el sobrenombre de Ricardo Arenales, que usó hasta 1922, cuando en Guatemala, lo cambió por Barba Jacob que conservó hasta su muerte. Utilizó otros seudónimos: Juan Sin Miedo, Juan Sin Tierra, Juan Azteca, Junius Cálifax, Almafuerte, El Corresponsal Viajero y otros más. En Centroamérica, México y EU. colaboró en periódicos y revistas. Fue amigo de Porfirio Díaz, por lo tuvo que huir a Guatemala de donde tuvo que salir en 1915 por desacuerdo con Manuel Estrada Cabrera; viajó a Cuba. En 1918 retornó a México y vivió en Ciudad Juárez, El Paso y San Antonio, donde se dice que escribió una perdida biografía de Pancho Villa. En 1922 fue expulsado por Obregón y tuvo que radicarse en Guatemala de donde fue sacado, en 1924, por el general Ubico. Se instaló en El Salvador y fue deportado por el presidente Quiñones; vivió entonces como cura en Honduras, luego fue a Nueva Orleans y Cuba. En 1926 viajó a Lima. En 1927 regresó a Colombia; tras algunos recitales y trabajar en El Espectador, se marchó para no volver. Vivió nuevamente en Cuba, donde conoció a Lorca. En 1930 se radicó definitivamente en México.

Fuente: DIARIO EL TIEMPO

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