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El científico que pudo hacer ganar a los Nazis
 
La serie de televisión Breaking Bad (Metástasis en su versión colombiana) está considerada por la crítica especializada como una de las mejores de todos los tiempos. Cuenta la historia de Walter White, un profesor de química con problemas económicos que fue diagnosticado con cáncer de pulmón. A raíz de ello decide pagar su tratamiento y asegurar el futuro económico de su familia produciendo metanfetaminas en sociedad con su antiguo alumno, Jesse Pinkman. A lo largo de los capítulos, White se convierte en un capo del negocio bajo el seudónimo de “Heisenberg”.
 
La originalidad de la serie y la riqueza de sus múltiples referencias son innegables. Pero entre ellas se esconde una historia real  de descubrimientos científicos que transformaron el mundo. Una historia de ambigüedad moral y de responsabilidad del individuo ante las decisiones colectivas que conducen a la barbarie. Esta es la historia del físico alemán ganador del Premio Nobel, Werner Heisenberg.
 
Hay dos razones por las que el mundo recuerda a Heisenberg. La primera es el principio de incertidumbre. La segunda es su participación en el programa nuclear alemán durante la Segunda Guerra Mundial. Muchos afirman entender el principio de incertidumbre o por lo menos eso creen. Pero nadie presume entender las acciones de Heisenberg durante esa guerra que culminó en el viejo continente hace exactamente 70 años. El 8 de mayo de 1945 los Aliados aceptaron la rendición incondicional de la Alemania Nazi y desde entonces esta fecha es conocida como el Día de la Victoria en Europa.
 
El principio de incertidumbre de Heisenberg es uno de los pilares fundamentales de la mecánica cuántica, la teoría que describe la estructura de la materia a escala subatómica. En los primeros años del siglo XX los físicos descubrieron que la mejor manera de interpretar el comportamiento de la luz y las partículas subatómicas era considerar que hay una unidad mínima de energía en términos de la cual se pueden expresar todos los estados de energía. En 1900 Max Planck descubrió que esta idea funcionaba para describir la luz que emiten los objetos. En 1905 Albert Einstein descubrió que también funciona para describir el comportamiento de la luz. Y en 1913 el danés Niels Bohr descubrió que también es efectiva para describir la estructura del átomo. 
 
El principio de una amistad
 
En 1922 Bohr recibió un homenaje en la Universidad de Gottingen y durante una de sus charlas se encontró con los comentarios de un entusiasta estudiante de doctorado llamado Werner Heisenberg. Heisenberg entabló amistad con Bohr y entre 1925 y 1927 se convirtió en su asistente. Juntos formularon la llamada interpretación de Copenhague, un intento de explicar el formalismo de la teoría cuántica.
 
La interpretación de Copenhague está basada en dos pilares que contradicen la visión popular de la física que predominaba en esa época. Primero, asume que las leyes de la física están descritas por la probabilidad, algo que claramente contradice la intuición. Estamos acostumbrados a que esas leyes describan el comportamiento de los objetos, como la trayectoria de una manzana al caer de un árbol, y no una serie de estados posibles como un pronóstico del clima. Esta visión inspiró las famosas palabras de Einstein: “Estoy convencido que Dios no juega a los dados”.
 
El segundo pilar es el principio de incertidumbre, el gran aporte de Heisenberg, según el cual mientras más se conoce sobre un estado de una partícula, menos se conoce sobre sus demás propiedades. Si se mide con gran precisión la posición de una partícula, se sabe menos sobre su movimiento y viceversa. Por esta interpretación Heisenberg ganó el Nobel de Física en 1932.
 
Las ideas de Heisenberg y Bohr permiten explicar muchos fenómenos, entre ellos la forma en que al bombardear el núcleo de un átomo con neutrones se producen otros átomos diferentes liberando una cantidad de energía considerable. Ese fue el proceso de fisión nuclear observado en 1938, justo en el momento en que el mundo se estaba encaminado hacia la guerra y una fuente de energía tan poderosa haría la diferencia para el bando que lograra utilizarla para construir o para destruir.
 
Heisenberg y la Guerra
 
En 1933 Adolf Hitler se convirtió en canciller y bajo su régimen los judíos fueron perseguidos y excluidos de la sociedad. Siguiendo la política conocida como Deutsche Physik, los físicos de origen judío fueron expulsados de las universidades y sus estudios fueron prohibidos al ser considerados como ciencia degenerada. Entre estos estaban la teoría de la relatividad y la física cuántica. Miles de científicos se vieron obligados a exiliarse en EE.UU., entre ellos Albert Einstein, Lise Meitner  y el italiano Enrico Fermi, quien había avanzado en los experimentos para dividir el átomo de Uranio. Pero Werner Heisenberg decidió quedarse en Alemania.
 
Al comienzo del régimen de Hitler las afiliaciones de Heisenberg con la física cuántica y su colaboración previa con científicos judíos lo hicieron sospechoso. Pero para 1939, el año en que Alemania invadió a Polonia dando inicio a la guerra, Heisenberg ya estaba plenamente rehabilitado como científico y era parte del programa de energía nuclear alemán, también conocido como Uranverein o Club del Uranio.
 
Se conoce muy poco de las actividades de Heisenberg en la guerra. Aún no es claro si el objetivo del Uranverein era construir un reactor nuclear para producir energía o preparar una bomba atómica. Lo cierto es que él visitó a su antiguo amigo Niels Bohr en Dinamarca en 1941, cuando ese país estaba bajo la ocupación de Alemania. 
 
La visita de Heisenberg a Bohr, inmortalizada en la obra de teatro Copenhaguen de Michael Frayn, aún constituye uno de los hechos más misteriosos. Bohr estaba en peligro de deportación al ser judío pero conocía más que nadie los secretos que permitirían la reacción en cadena que haría funcionar un reactor o una bomba nuclear. Al parecer Heisenberg intentó convencer a Bohr de que los Aliados debían detener el desarrollo de una bomba nuclear. Esta maniobra le costó su amistad con Bohr y lo puso en la lista de objetivos de los servicios secretos británicos y americanos, quienes organizaron planes para asesinarlo en una de sus conferencias fuera de Alemania.
 
Sin embargo, la evidencia parece indicar que fue Heisenberg quien llevó el programa nuclear Nazi al estancamiento. Al parecer, él habría sobrestimado en gran medida las cantidades de Uraniopara desarrollar una bomba nuclear, haciendo la inversión de recursos humanos y financieros poco atractiva para las autoridades del Tercer Reich. Este error, intencional o no, puso en peligro su vida y la de sus seis hijos y pudo haber salvado al mundo de un desastre.
 
Al final de la guerra, Heisenberg fue detenido e interrogado durante más de ocho meses en Inglaterra junto a los demás miembros del Uranverein. Luego se le permitió regresar a Alemania y con el tiempo se reintegró a su trabajo científico y eventualmente fue acogido en las universidades más prestigiosas del mundo en donde enseñaba su interpretación de la mecánica cuántica y advertía sobre el peligro de la utilización bélica de la energía nuclear. 
 
Aunque durante el resto de su vida fue blanco de amargas críticas por haber trabajado en Alemania bajo el régimen Nazi, Werner Heisenberg nunca habló públicamente sobre sus acciones o sus motivaciones durante la guerra. Murió en Munich el 1 de febrero de 1976. La noche siguiente, sus amigos y colegas marcharon por la calles de la ciudad dejando un camino de velas encendidas entre su casa y su oficina.
 
Como si fuese una metáfora del principio de incertidumbre, no podemos saber las motivaciones que guían las acciones de las personas. Probablemente nunca sepamos si  Heisenberg saboteó el programa nuclear durante la guerra o simplemente fue su incapacidad y la falta de recursos los que impidieron la catástrofe. De la misma forma, Walter White es al mismo tiempo un padre de familia sometido a circunstancias extremas y un  criminal. Detrás de ambas historias se esconden razones que no podemos determinar con certeza y que están escondidas en lo profundo de la naturaleza humana. Esperábamos que por lo menos la ciencia nos permitiera determinar exactamente el comportamiento del mundo que nos rodea, pero allí también existe un límite a lo que podemos saber. A lo mejor esta metáfora resume las razones por las cuales la física cuántica es fascinante, aunque no podamos entenderla.
 
Fuente: DIARIO EL ESPECTADOR
 
 

 

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