LA-CANTIDAD-DE-FIELES-ACOMPAÑANDO-TODOS-LOS-ACTOS-LITURGICOS-DEL-VIERNES-SANTO_VIACRUCIS

El viernes santo es un día de intenso dolor, pero dolor dulcificado por la esperanza cristiana. El recuerdo de lo que Jesucristo padeció por nosotros no puede menos de suscitar sentimientos de dolor y compasión, así como de pesar por la parte que tenemos en los pecados del mundo.

La devoción a la pasión de Cristo está fuertemente arraigada en la piedad cristiana. Se practicaba ya en la Iglesia primitiva, e incluso se encuentra en los escritos del Nuevo Testamento. La peregrina Egeria, describiendo las ceremonias del viernes santo en Jerusalén el año 400 de nuestra era, nos ha dejado un relato vivaz y conmovedor de la reacción de los fieles ante las lecturas de la pasión. “Es impresionante ver cómo la gente se conmueve con estas lecturas, y cómo hacen duelo. Difícilmente podréis creer que todos ellos, viejos y jóvenes, lloren durante esas tres horas, pensando en lo mucho que el Señor sufrió por nosotros”1.

La liturgia del viernes santo presenta una síntesis de los mejores contenidos de la devoción a la pasión de Cristo. Ahí está el espíritu de la Iglesia primitiva con su énfasis en la gloria de la cruz; ahí el realismo, ternura y compasión de la Edad Media. Los contenidos de todas las épocas, la piedad de la cristiandad oriental y la de la occidental se entrelazan de alguna manera para formar un todo armónico.

Celebración de la pasión del Señor.

La celebración de la pasión del Señor tiene lugar a primeras horas de la tarde, alrededor de las tres, hora en que Jesús fue crucificado. La liturgia se divide en tres partes: liturgia de la palabra, adoración de la cruz y comunión.

Liturgia de la palabra

La ceremonia comienza de una manera escueta. El celebrante y los ministros se aproximan al altar en silencio, hacen una reverencia o bien, siguiendo el uso antiguo, se postran. Todos rezan en silencio durante unos segundos. A continuación el celebrante lee la oración colecta, y después todos se sientan para escuchar las lecturas.

La primera lectura (Is 52,13-53,12) nos presenta al “siervo paciente”, figura profética en la cual la tradición cristiana y el mismo Nuevo Testamento han reconocido a Cristo. Cristo en su pasión es, efectivamente, el “varón de dolores” que con tanta fuerza describe este poema. En él se contiene todo: sus humillaciones y sufrimientos, el rechazo por parte de su pueblo, su muerte redentora; incluso los detalles de las narraciones de la pasión, por ejemplo: “Fue traspasado por nuestros pecados”.

Esta lectura da el tono a la celebración del viernes santo. Pero incluso en ella la oscuridad se rompe con la luz de la esperanza. Desde la primera línea el poema apunta a la victoria final: “Mirad, mi siervo tendrá éxito, subirá y crecerá mucho”. Con la misma nota de exaltación concluye el poema. Porque el Siervo de Yavé, aceptando su papel de víctima expiatoria, trae la paz, la salud y la justificación de muchos: “A causa de los trabajos de su alma, verá y se hartará; con lo aprendido, mi Siervo justificará a muchos, cargando con los crímenes de ellos”.

La segunda lectura (Heb 4,14-16; 5,7-9) nos presenta a Cristo en su función sacerdotal, reconciliando a los hombres con Dios por el sacrificio de su vida. El es a la vez sacerdote y víctima, oferente y ofrenda; es nuestro mediador con el Padre. En esta lectura contemplamos a Cristo en su existencia celestial y en su actividad presente. En el evangelio tenemos el relato de su pasión y muerte.

Cristo no es un personaje del pasado, impresionante y remoto. Ha experimentado la fragilidad humana en todo menos en el pecado. Por eso puede comprendernos en nuestro dolor y abatimiento, ya que también él sufrió en su sagrada humanidad.

El evangelio 

“Pasión de nuestro Señor Jesucristo según san Juan”. Con esta sencilla introducción, el lector comienza el evangelio del viernes santo (Jn 18,1-19,42). Parece que en la Iglesia romana se ha seguido siempre la tradición de leer la pasión según san Juan en este día. San Juan, el teólogo y místico, ve la pasión con mayor profundidad que los otros evangelistas, a la luz de la resurrección. Su fe pascual transfigura cada detalle y cada episodio de esta última fase de la vida terrena del Salvador.

Fijémonos, por ejemplo, en el tratamiento que da san Juan a la cruz. En sí misma es un sacrificio cruel y bárbaro; pero, desde que Cristo redimió a los hombres en el leño de la cruz, ésta es objeto de veneración. Es más que eso. Para san Juan, la cruz es una especie de trono. La cruz es descrita como una “exaltación”, término que instantáneamente comunica la idea de ser elevado y glorificado. Es san Juan quien nos dice que Jesús llevó su propia cruz.

Sin quitar importancia a los sufrimientos del Señor, toda la narración está impregnada de una atmósfera de paz y serenidad. Cristo, y no sus enemigos, es quien domina la situación. No hay coacción: él libremente se encamina hacia su ejecución; con perfecta libertad y completo conocimiento del significado de lo que acontece, sale al encuentro de su destino. El motivo, la ulterior razón, es el amor. La cruz es la revelación suprema del amor de Dios.

En el cuadro que san Juan nos ofrece, Jesús aparece con una tripe función: como rey, como juez y como salvador. Las burlas de los soldados y la coronación de espinas sirven para poner de manifiesto su realeza. En el acto mismo de su condena, es Jesús, no Pilato, quien aparece como juez; ante sus palabras y ante su cruz nos encontramos condenados o justificados. Finalmente, como salvador, Jesús reúne a su pueblo en unidad alrededor de su cruz. La Iglesia, representada en la túnica sin costura, queda formada. A María, su madre, le confiere una maternidad espiritual; queda constituida madre de todos los vivientes. Jesús desde la cruz entrega su espíritu, inaugurando así el período final de la salvación. De su costado brota sangre y agua, símbolos de salvación y del Espíritu que da vida. Cristo se muestra como el verdadero cordero pascual cuya sangre ya había salvado a los israelitas. Volverse a él con fe es salvarse.

Intercesiones generales

En las intercesiones generales tenemos reminiscencias de una antigua fórmula de oración de los fieles. Parece ser que, en épocas pasadas, tales oraciones solemnes de intercesión eran comunes en la liturgia romana2. Esta fórmula extensa y elaborada se ha conservado solamente en la liturgia de este día del año. En las diez grandes oraciones de intercesión, la Iglesia echa una mirada al mundo entero y ora formalmente por todo el género humano.

Es una oración verdaderamente universal, que incluye todas las categorías de personas; y muy oportuna en este día en que los cristianos de todo el mundo se reúnen en torno a la cruz de Cristo asociándose a su oración sacerdotal. Su oración alcanza a todos porque todos están incluidos en su amor. “Por nosotros extendió sus brazos en la cruz” en un gesto que abrazaba a todo el mundo. La cruz en que Jesús murió es símbolo de universalidad en la tradición cristiana; sus extremos apuntan a los extremos del orbe.

Las antiguas oraciones del viernes santo han sido adaptadas a las circunstancias actuales y reflejan el espíritu ecuménico de nuestros días. Ya no se hace mención de “herejes” ni “cismáticos”, sino que se adopta la expresión por “aquellos hermanos nuestros que creen en Cristo”. Tampoco deja de manifestarse el ecumenismo más amplio, que busca estrechar lazos de amistad con los no cristianos. Por ejemplo, en la oración por los judíos hay respeto y amor, por cuanto ahora nos referimos al pueblo hebreo como “al primero a quien Dios habló”, y pedimos que puedan crecer en el amor al nombre de Dios y en fidelidad a su alianza.

Además se han añadido dos nuevas oraciones, que ponen de relieve el espíritu actual: “por los que no creen en Cristo” y “por los que no creen en Dios”. Es laudable recordar que los cristianos somos una minoría de la población mundial: en comparación con los millones de no-cristianos, la Iglesia de Cristo es en realidad un “pequeño rebaño”. La mies es, por tanto, abundante; de modo que debemos pedir “por todos los que no creen en Cristo, para que, iluminados por el Espíritu Santo, encuentren también ellos el camino de la salvación”.

La otra oración es por los que no creen en Dios. El ateísmo está muy difundido hoy día; la ciencia, la tecnología, la filosofía materialista y otros factores han producido un efecto demoledor en la fe religiosa. En buena parte del mundo se vive bajo regímenes militares antirreligiosos, siendo así muy difícil que en ellos pueda penetrar el evangelio. Pero tanto los cristianos como los ateos formamos parte de la familia humana. Pedimos para todos nuestros hermanos que están lejos del redil, que por la rectitud y sinceridad de su vida alcancen el premio de llegar a Dios.

La última oración es por aquellos que se encuentran en particulares necesidades: los enfermos, los agonizantes, los emigrantes y desterrados, los prisioneros, etc. Son verdaderamente universales estas oraciones. En este gran ejercicio de intercesión, en que todos los fieles están comprometidos activamente, la Iglesia se reconoce más en su papel de Ecclesia orans, “Iglesia orante”.

Adoración de la cruz

El viernes santo no se ofrece el sacrificio eucarístico. La parte central de la misa, la plegaria eucarística, se omite. En su lugar tenemos la emotiva ceremonia de la adoración de la cruz. A ésta sigue la comunión.

La misma ausencia en este día de sacrificio eucarístico nos habla de la íntima relación entre el sacrificio del Calvario y la misa. Cristo murió de una vez para siempre por nuestros pecados. Su sacrificio es único y suficiente, pero el memorial de aquella muerte y sacrificio se celebra en todas las misas. En cada celebración eucarística “la obra de la redención se renueva”. En este día la mirada de la Iglesia está fija en el Calvario mismo, en donde Cristo inmoló su vida en expiación por nuestros pecados.

El rito de la adoración tiene dos formas, de las que el celebrante puede elegir la que mejor le convenga. La primera consiste en un descubrimiento gradual de la cruz. El celebrante, de pie ante el altar, toma la cruz, descubre un poco de la parte superior y la eleva, diciendo o cantando: “Mirad el árbol de la cruz donde estuvo clavada la salvación del mundo”. El pueblo responde: “Venid a adorarlo”. Todos se arrodillan y veneran la cruz en silencio. Seguidamente el celebrante descubre el brazo derecho de la cruz y hace de nuevo la invitación a adorarlo. Por fin descubre la cruz totalmente, haciendo una tercera invitación, a la que sigue la tercera veneración.

Aunque esta primera fórmula tiene una larga e interesante historia, la segunda parece más efectiva. En ella hay una solemne procesión con la cruz descubierta desde la puerta de la iglesia hasta el presbiterio. La cruz es llevada por el sacerdote o por el diácono, y los ministros acompañan con velas encendidas. En el camino hacia el altar se hacen tres estaciones, la primera cerca de la entrada, la segunda en el medio de la iglesia y la tercera junto al presbiterio. En cada una de ellas el sacerdote o diácono que lleva la cruz se detiene, la eleva y canta o dice: “Mirad el árbol de la cruz donde estuvo clavada la salvación del mundo”; sigue la respuesta y adoración de la cruz como en la primera fórmula. Se coloca luego la cruz junto al presbiterio en posición adecuada para que todos los fieles puedan acercarse y adorarla mediante una genuflexión o un beso.

Lo ideal es que cada uno de los miembros de la asamblea tenga la oportunidad de hacer su homenaje personal al Salvador crucificado. Con el sencillo gesto de besar la cruz, la piedad popular se expresa espontáneamente y de modo conmovedor. Esto presta además a la sombría y majestuosa liturgia del viernes santo un detalle tierno y personal. También el gesto de besar la cruz tiene una larga historia; los cristianos de Jerusalén usaban el beso como acto de adoración a la cruz el viernes santo ya desde el siglo IV 3.

Mientras los fieles se acercan para adorar la cruz se cantan antífonas, himnos y otras composiciones adecuadas. Hay algunas muy antiguas que, incluso traducidas, impresionan por su belleza y profundidad.

La primera antífona nos sorprende por su aire gozoso: “Tu cruz adoramos, Señor, y tu santa resurrección alabamos y glorificamos. Por el madero ha venido la alegría al mundo entero”. La cruz nunca está ausente de la vida cristiana, pero tampoco la alegría. Incluso el viernes santo podemos meditar sobre el gozo de Cristo, el gozo del sacrificio total.

Luego vienen los famosos “improperios”, llamados así porque en ellos Jesús reprocha a su pueblo su ingratitud. Él relata lo que ha hecho por su pueblo: lo sacó de Egipto, lo condujo a través del desierto, lo alimentó con el maná, hizo por él toda clase de portentos; en recompensa por todos esos favores, el pueblo lo trata con desprecio. La antítesis: “Yo te saqué de Egipto, tú preparaste una cruz para tu Salvador”, es usada para dar efecto a toda la composición. Entre un improperio y otro tenemos el patético estribillo: “¡Pueblo mío! ¿Qué te he hecho, en qué te he ofendido? Respóndeme”, y el trisagio: “¡Santo es Dios, santo y fuerte! Santo inmortal, ten piedad de nosotros”.

Cristo nos reprocha a todos, no sólo a los que lo crucificaron; pero lo hace de forma tan suave, que suscita nuestra compasión más que nuestro sentimiento de culpabilidad. Lo que se cuestiona es nuestra ingratitud y dureza de corazón. La única respuesta a esas preguntas y reproches es el beso silencioso a los pies del Señor crucificado.

Estos improperios combinan el sentimiento religioso con la percepción teológica. Porque el Cristo que llama a su pueblo es la Palabra preexistente. Como la palabra de Dios, él estaba presente y actuando a través de todas las etapas de la historia sagrada; guió a su pueblo elegido, dio forma al devenir de su historia. Jesús es la Palabra hecha carne; mientras el recuerdo de sus sufrimientos suscita nuestra compasión, no hemos de olvidar ni un momento que él es el Santo de los santos.

Mientras los fieles siguen caminando hacia la cruz, se entona el Pange lingua. Este himno 4 se ha comparado a una marcha victoriosa. Relata las gloriosas victorias de Cristo contra su adversario, Satanás. Luego, en una de sus estrofas, evoca la escena de la crucifixión en toda su crudeza; pero aun aquí no se pierde de vista el valor redentor de todos esos sufrimientos. Después, en un rasgo de gran ternura, el poeta se dirige a la misma cruz pidiéndole que temple su rigor. Tenemos aquí una espléndida combinación de las devociones primitiva y medieval a la cruz y la pasión.

La gloria de la cruz

El gran pontífice y padre de la Iglesia san León nos ha dejado en sus sermones cantidad de pensamientos hermosos e impresionantes sobre la pasión y la cruz del Señor que pueden ayudarnos en nuestra meditación del viernes santo.

Dice en su sermón 55 que “la pasión de Cristo contiene el misterio de nuestra salvación”, que es para nosotros “el escalón para la gloria” y que simboliza “el verdadero altar de la profecía”.

El martes de la quinta semana de cuaresma, en el oficio de lecturas 5, tenemos uno de sus mejores sermones sobre la pasión. En él menciona “la gloria de la cruz que irradia por cielo y tierra”:

¡Oh admirable poder de la cruz! ¡Oh inefable gloria de la pasión! En ella podemos admirar el tribunal del Señor, el juicio del mundo y el poder del Crucificado.

La cruz es “la fuente de toda bendición, la causa de todas las gracias”.

En un sermón que predicó el domingo de ramos, llegó a hablar de la “fiesta de la pasión del Señor” (festivitas Dominicae passionis). Esto nos puede parecer una contradicción de términos, pero no lo es si consideramos la obra de la redención como un todo único, tal como lo hacían los padres de la Iglesia. Si se mira con los ojos de la fe y se contempla a la luz de la victoria pascual de Cristo, la cruz es, en realidad, “el trofeo de su triunfo” y “el signo adorable de la salvación”. Por la misma razón, la alegría de la pascua no borra la memoria de la pasión y el Calvario; de hecho, en la época del papa san León la lectura del evangelio del día de pascua incluía el relato de la pasión junto con el de la resurrección del Señor 6.

El rito de comunión 

El altar está ahora cubierto por el mantel, y sobre él se han colocado el corporal y el libro. Se trae al altar el copón con las hostias consagradas en la misa vespertina del jueves. Dos ministros con velas encendidas acompañan al sacerdote o diácono y colocan las velas sobre el altar o próximas a él.

Se dicen las oraciones acostumbradas antes de la comunión: el Padrenuestro con su embolismo y aclamación y la oración privada de preparación del sacerdote. Luego se muestra la hostia, diciendo: “Este es el cordero de Dios”, y la respuesta: “Señor, no soy digno”.

La significación especial de la comunión en estos días podemos captarla citando a san Pablo, que alude a una profunda y misteriosa relación entre la comunión sacramental y la pasión y muerte de Cristo. En sus enseñanzas sobre la cena del Señor recuerda a los corintios: “Pues cuantas veces comáis este pan y bebáis este cáliz, anunciáis la muerte del Señor hasta que venga” (1 Cor 11,26).

Pero la eucaristía no es solamente una proclamación; es también una participación en la muerte de Cristo, es decir, con Cristo en su estado de víctima sacrificial. Recibir su cuerpo y su sangre es entrar en su disposición de total entrega de sí mismo al Padre; es ser atraído al mismo movimiento de sacrificio amoroso. Esto es lo que significa participación en su nivel más profundo, y el papa san León nos lo explica maravillosamente en el siguiente pasaje:

Lo que ocurre cuando participamos del cuerpo y la sangre de Cristo es que nos convertimos en lo que recibimos (ut in id quod sumimus transeamus), y en cuerpo y espíritu llevamos por todas partes a aquel en el cual y con el cual morimos, fuimos sepultados y volvimos a resucitar.

Por tanto, nuestra comunión del viernes santo proclama y da testimonio de la pasión y muerte del Señor, nos capacita para participar al nivel más profundo en el sacrificio de Cristo y para asociarnos con él; además, nos hace partícipes de los frutos de este sacrificio.

Cuando todos han comulgado, se guarda silencio durante algunos minutos para poder meditar en el sacramento que se acaba de recibir. Así damos gracias al Señor, que en este sacramento nos ha dejado un memorial maravilloso de su pasión y muerte y una prenda de la gloria futura.

La liturgia concluye con la oración después de la comunión, seguida por otra de bendición. La primera se refiere al poder curativo y transformante del sacramento, y pide un espíritu de servicio generoso para los que han tomado parte en la celebración. Entre las bendiciones que se invocan sobre la asamblea tiene especial importancia la de una fe más fuerte. La fe es el fundamento de todas las virtudes.

La liturgia del viernes santo termina así, sin despedida ni canto final. El pueblo se retira en silencio. Algunos se quedan para continuar su oración personal y sus devociones. Los que no hayan tenido oportunidad de besar la cruz pueden hacerlo en este momento. Otros preferirán hacer el vía crucis.

El altar queda desnudo, el sagrario vacío, el presbiterio sin flores ni ornamentos de ninguna clase. Es el día en que la iglesia presenta un aspecto extremadamente austero. Nada distrae nuestra atención del altar y la cruz. La Iglesia permanece vigilante junto a la cruz del Señor.

Referencias:

1. Egerids Travels 138.

2. En el siglo v formaban parte del ordinario de la misa.

3. Egeria’s Travels 137. El beso a la cruz se practicaba también en Roma desde el siglo VII.

4. Compuesto por Venantius Fortunatus (AD 530-600) con ocasión del envío de una reliquia de la verdadera cruz a la reina Radegunda para el convento de Poitiers.

5. Liturgia de las horas II, 306-308.

6. Sermón 72, Nicene and Post-Nicene Fathers, vol. XII, 184. El papa san León dice aquí: “El texto de la historia divinamente inspirada ha mostrado claramente la perfidia de la traición contra el Señor Jesucristo, el juicio por el que lo condenaron, la barbarie de su crucifixión y la gloria de su resurrección”.

Fuente: www.mercaba.org

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