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Más que la permanencia de Enrique Peñalosa en la Alcaldía de Bogotá, con las revocatorias está en juego la gobernabilidad de los alcaldes de todo el país. El asunto es grave.

El martes pasado el alcalde de Bogotá, Enrique Peñalosa, estaba contra las cuerdas. Los comités que desde comienzos del año vienen recogiendo firmas para respaldar su revocatoria llegaron a la Registraduría con cajas que contenían los listados de los bogotanos, con cédula y rúbrica, que piden una consulta para sacarlo del cargo. El número casi triplicaba el requisito exigido: en un principio entregaron 666.023, y al final, sumadas las de todos los comités, completaron 700.190.

La Registraduría debería, en un plazo de 45 días, certificar que 271.817 de ellas, equivalentes al 30 por ciento de la votación que obtuvo Peñalosa, son válidas. Y en caso afirmativo, convocaría a una consulta para que los bogotanos digan si le retiran al alcalde su mandato. Los cálculos concluían que hacia septiembre del presente año se llevaría a cabo la convocatoria, en la que, para sacar a Peñalosa del Palacio Liévano, se necesitaría que participaran unos 1,1 millones de personas, y que la mitad más uno, alrededor de 550.000, votaran contra el alcalde

Varias fuerzas y sectores comparten la idea de revocar a Peñalosa y todos estaban muy optimistas. No solo porque habían superado con creces el número de firmas, sino porque había quedado la sensación de que la tarea de recolectarlas había sido fácil. Peñalosa es un alcalde impopular, lo cual quedó reiterado el jueves, cuando apareció la última encuesta de Invamer Gallup. Según ella, el 75 por ciento de los bogotanos desaprueba la gestión del mandatario –solo un 23 la aprueba– y un 77 por ciento considera que las cosas en la ciudad van por mal camino.

El escenario, en términos de la opinión pública en el momento, no puede ser más propicio para la revocatoria. Los problemas de Bogotá no tienen solución pronta ni fácil. Los trancones tienen exacerbado a todo el mundo y el desespero de los ciudadanos se alimenta también con su insatisfacción por la política nacional. Y en un panorama de pronóstico más que reservado, Peñalosa no ayuda. Su estrategia de comunicaciones tiene falencias, sus declaraciones muchas veces causan desconcierto, y muchos consideran su estilo antipático y arrogante.

Como si todo eso fuera poco, el actual mandatario tiene enemigos poderosos. Para empezar, ganó con apenas un 30 por ciento del electorado, hace poco más de un año, y desde entonces la Alcaldía no ha hecho esfuerzos para ganar el apoyo del 70 por ciento restante. El petrismo defiende en forma aguerrida su obra de gobierno y ataca sin clemencia todo lo que hace Peñalosa. La oposición ha logrado consolidar la imagen de que el gobierno capitalino destruirá una gran reserva ecológica en los terrenos Van der Hammen y que echó para atrás el metro subterráneo que Gustavo Petro había dejado en la puerta del horno. Ambas son figuras irreales, pero en el mundo de la posverdad han pegado.

Y algunas de las decisiones que ha tomado el alcalde han pisado callos que han alimentado enemistades adicionales: personas que ha desalojado para defender el espacio público o cerca de 8.000 contratistas que ha despedido para liberar cargas laborales en entidades del Distrito. Los anuncios de privatización, así sea parcial, de empresas como la ETB y la Empresa de Energía, han incendiado a los sectores sindicales. Hoy es más fácil, en Bogotá, hacer oposición que defender al alcalde.

A finales de la semana, sin embargo, la situación de Peñalosa tuvo un giro. El jueves el Consejo Nacional Electoral (CNE) estudió una propuesta para reglamentar los procesos de revocatoria, que pone en tela de juicio la validez de lo que, hasta ahora, han hecho los comités que han recolectado firmas contra el alcalde de Bogotá. El CNE no logró un consenso para aprobar el texto en esa jornada, pero dio algunas puntadas que hacen pensar que los revocadores no tienen el panorama tan despejado como se pensaba.

Lo mínimo que ha ganado Peñalosa es tiempo. El Consejo decidió convocar audiencias para escuchar los argumentos de quienes promueven la revocatoria, y también de los que defienden la Alcaldía, para verificar si se han cumplido las motivaciones previstas en la ley para la revocatoria de un mandato de elección popular. La sola apertura del debate es un triunfo para los defensores del alcalde, encabezados por la fundación Azul Bogotá, dirigida por Andrés Villamizar, que a su vez cuenta con la asesoría del reputado jurista Humberto Sierra Porto, expresidente de la Corte Constitucional.

Los defensores de Peñalosa señalan que las reglas de juego de la revocatoria establecen criterios por verificar. Entre ellos, que el alcalde está incumpliendo el Plan de Gobierno, que existe una insatisfacción generalizada con su labor y que la realización de consultas no atenta contra la sostenibilidad fiscal. Cumplir esas tres condiciones no es fácil, y si no se dan, le abrirían al CNE la posibilidad de anular los procesos en marcha, incluida la recolección de firmas.

La actitud del Consejo le da a Peñalosa un oxígeno que va más allá de dilatar la convocatoria del referendo revocatorio. Porque queda claro que sus nueve magistrados aceptaron que, más allá del caso de Bogotá, hay un problema con la figura de la revocatoria en general. En la actualidad cursan cerca de 100 procesos para destituir mandatarios locales –incluidos cinco gobernadores y cinco alcaldes de capitales–, muchos de las cuales buscan objetivos distintos a los que forman parte del espíritu de la norma constitucional. Se ha convertido en un instrumento de revancha política para sacar del poder al rival, y ha dejado de ser un control ciudadano sobre el cumplimiento del mandato popular. Llama la atención, por ejemplo, que en casi todos los municipios de Córdoba hay procesos en marcha.

En la práctica, tumbar a Peñalosa sería una decisión de 500.000 votos, después de que sacó, en el momento de su elección, casi un millón. Es decir que con la mitad del apoyo inicial y apenas un 15 por ciento de los votantes sería posible tumbar un alcalde. Eso es profundamente antidemocrático.

¿Por qué se llegó a este punto? ¿Qué es necesario aclarar? No hay duda de que el momento que vive la capital de la república puso sobre la mesa un tema que, de otra forma, no habría adquirido la visibilidad que hoy tiene. También cuenta la reforma contenida en la Ley 1757 de 2015, impulsada en el Senado por Germán Vargas Lleras, que redujo los requisitos para las revocatorias ante la evidencia de que, en 25 años de existencia de esa figura en la Constitución, nunca se había podido aplicar. Solo en Bogotá hubo intentos fallidos de revocatoria contra Jaime Castro, Antanas Mockus, el propio Peñalosa y Gustavo Petro. Y no se puede perder de vista la pertinencia de esta fórmula, parte esencial de la democracia participativa, y que la Constitución del 91 la adoptó para vincular a la ciudadanía en el trabajo de vigilar a los gobernantes. En particular, en cuanto a que sus gestiones correspondan con lo que plantearon en las campañas.

Mas Allá de Bogotá

Lo que hay que corregir, y ya está sucediendo, es el desborde descontrolado de ese mecanismo. La norma que rebajó los requerimientos, al reducir los números de firmas y de votos necesarios para revocar a un funcionario elegido por voto popular, incentivó la proliferación de procesos por firmas para tumbar mandatarios locales: hoy están en vilo la décima parte de los alcaldes del país. Y esa cifra viene creciendo exponencialmente.

Lo cierto es que la actual receta de la revocatoria tiene serios problemas de diseño que requieren reforma. Más allá del caso de Bogotá, se ha convertido en un instrumento político para que los perdedores tumben a los ganadores o no los dejen gobernar, y en el peor de los casos para que hagan proselitismo político y mantengan vivas sus huestes electorales. Los mandatarios locales, en la práctica, dejarían de tener periodo fijo, precisamente uno de los objetivos perseguidos al adoptar su elección popular.

Bajo las normas actuales, un alcalde o gobernador puede ser revocado, por incumplimiento de su programa de gobierno, después de un año de ejercicio del cargo. La mayoría de los analistas y de quienes han gobernado consideran ese tiempo demasiado corto. La elaboración de un plan de desarrollo y su aprobación por los Concejos Municipales –en al caso de los alcaldes– toma por lo menos seis meses (aunque suele ser más). Eso dejaría, en plata blanca, un periodo de solo seis meses para demostrar que se están cumpliendo los programas de campañas. Lo cual, para un periodo de cuatro años, es muy corto.

Como actualmente es posible convocar las revocatorias prácticamente sin requisitos, se ha creado un aliciente para que los alcaldes y gobernadores asuman posiciones demagógicas y populistas y eludan decisiones necesarias, pero costosas políticamente. Y no es menor la preocupación sobre el costo fiscal de una serie de consultas en decenas de municipios, que podrían obligar a realizar nuevas elecciones para escoger nuevos alcaldes. Se calcula que en Bogotá, sin contar los costos de las campañas, la Registraduría tendría que invertir 90.000 millones de pesos para organizar una consulta y nuevas elecciones.

Tampoco se puede desvirtuar la naturaleza de una elección popular, esencia de la democracia. Por definición, en ellas un grupo de ciudadanos conforman una mayoría para entregarle un mandato de gobierno a un individuo. Los electores también merecen garantías sobre quien votaron para ejercer el poder, y que puedan hacerlo sin una espada de Damocles que pende desde el primer día de gobierno, enarbolada por los perdedores.

Por ahora, las revocatorias están congeladas. Esta semana el Consejo Nacional Electoral retomará el estudio del proyecto de resolución que aclara el trámite de verificación de firmas y establece controles sobre los motivos y la legalidad de los comités que promueven las revocatorias. De paso, la recolección de firmas tiene que demostrar su carácter espontáneo y que no se manipuló con pagos de dinero. Y eso debe probarse.

Pero el panorama es confuso. Una vez adoptada la reglamentación –si hay acuerdo entre los 9 miembros del Consejo– tendría que examinar, uno por uno, los 100 procesos en marcha. Y en este país de discusiones jurídicas eternas surgirán muchos temas de debate: ¿tiene el CNE atribución para fijar estas normas o le corresponde al Congreso? ¿Aplica la nueva reglamentación a los procesos en curso o solamente a los del futuro? Si los comités revocatorios insisten en su propósito, pero bajo las nuevas reglas de juego, ¿tendrían que volver a conseguir las firmas? ¿Con qué argumento se desconocerá –en el caso de Bogotá– la voluntad de 700.000 personas que ya firmaron?

Aunque se trata de un asunto complejo y de fondo, que requiere el equilibrio de conceptos claves como el significado de una elección popular, las garantías de la oposición y los alcances del voto programático, la estabilidad de Enrique Peñalosa en la Alcaldía de Bogotá está en la mira de todo el mundo. Su situación es débil en el plano político, pero sólida en el terreno jurídico. Peñalosa tiene muchos defectos, pero su obsesión por sus ideas y su conocimiento de los problemas de Bogotá es incontrovertible. Las críticas que le hacen por terco tienen más validez que las que le hacen por incoherente. Y eso, paradójicamente, lo defiende del señalamiento de haber engañado a los electores por poner en práctica un plan de gobierno distinto al que propuso.

Desde su primer mandato, ha sido un defensor obsesivo del espacio público, de TransMilenio (TM), de limitar el uso del vehículo particular y de la expansión territorial de la ciudad. Su sesgo pro empresa privada es ampliamente conocido. Lo que está haciendo en su segunda administración no es muy distinto de lo que hizo en la primera. Paradójicamente, aceptó a regañadientes la idea de un metro, porque lo pedía el electorado, pero lo hizo en una versión limitada: un tren elevado que se complementa con una gran expansión del TM. La fórmula puede gustar o no, pero es totalmente peñalosista.

En cuanto al descontento generalizado, es cierto que la mayoría de los bogotanos están en contra de su alcalde. Pero dada la tensa realidad política de Bogotá, eso le ocurre a cualquiera que llega a la Alcaldía. Hay tantos candidatos en cada elección que quien resulte triunfador –llámese Gustavo Petro o Enrique Peñalosa– solo obtiene un tercio de los votos y, por consiguiente, tiene a la mayoría en contra y es candidato a revocatoria. ¿Cómo se definiría la insatisfacción generalizada? ¿Por encuestas? ¿Es conveniente permitir la destitución de todo mandatario impopular?

Uno de los defectos más graves políticos de Peñalosa es una virtud administrativa. No le tiembla la mano para poner en práctica sus ideas ni acepta consideraciones demagógicas para moderar sus proyectos. El martes pasado, el mismo día que los comités prorevocatoria entregaron sus firmas en la Registraduría, se supo que el alcalde planea imponer impuestos de valorización a 575.000 propietarios para financiar obras. Una decisión impopular, pero necesaria si se quiere avanzar en el campo de la infraestructura. Lo mismo se puede decir del anuncio, el viernes, de incrementar el costo de los parqueaderos, lo que tiene sentido para desincentivar el uso del carro particular. Lo cómodo sería aplazar esas medidas hasta que se defina el tema de la revocatoria. Pero los problemas de la ciudad no dan tiempo de espera: requieren soluciones prontas.

Este fin de semana el alcalde Enrique Peñalosa se reunió con todo su equipo de funcionarios y asesores para coordinar trabajos y alinear a todos los despachos. Si lo hacen con seriedad, encontrarán que hay mucho por corregir. De estilo, sobre todo, pero también porque su impopularidad tiene explicaciones que merecen un análisis. Pero una cosa es rectificar el rumbo –cosa que siempre hacen los gobiernos– y otra, muy distinta, truncar una gestión que apenas lleva 16 meses.

¿TIENE SALIDA?

Juan Carlos Flórez hace un diagnóstico de la situación que tiene al alcalde tan amenazado.

¿Si llega a haber proceso revocatorio, Enrique Peñalosa se puede salvar?

La tiene muy difícil, porque fundamentalmente cualquier debate público implica que hay una disputa por las mentes de las personas. Y en la disputa por las mentes de los bogotanos Peñalosa no ha hecho absolutamente nada. Todo lo contrario, ha ido restando.

Barájeme ese concepto. ¿Se refiere a la idea que muchos bogotanos se han formado sobre la alcaldía de Peñalosa?

Sí. Digamos que hay una idea de que la ciudad no va por buen camino, y esa idea no es nueva, lleva ya varios años. Se agudizó mucho con el saqueó de Bogotá de Samuel Moreno y luego se profundizó porque la ciudad se dividió durante el Gobierno anterior. Y entonces la gente dijo, bueno este Alcalde sí va a poner orden. Pero el orden tiene unos componentes: por ejemplo, que traiga una renovación. Y Peñalosa llegó con ninguna. Otra vez aparece TransMilenio y otra vez las bicicletas…

¿No será que el Alcalde ha hecho mucho más de lo que se nota, pero es tal el estado de la ciudad que recibió que no se nota con facilidad?

Mi objetivo es sacar a Bogotá de ese debate entre la Administración anterior y esta. Ese es un debate funesto y ese es uno de los grandes errores de Peñalosa. Sin lugar a dudas hay un acumulado gravísimo, pero no en todos los campos. Por ejemplo, la ciudad está atrasadísima en términos de movilidad. Tiene serios problemas de seguridad, como lo tienen la gran mayoría de las ciudades del país. Eso es absolutamente cierto. Una vez es elegido, el funcionario pone su espejo retrovisor pero más temprano que tarde debe decidir qué es lo que va a hacer. El Alcalde desperdició la luna de miel con los bogotanos.

¿En qué sentido?

La desperdició en tonterías. Hoy la religión de los jóvenes de cualquier estrato social es la naturaleza, y él llega pateando esa religión diciendo que la Reserva van der Hammen es un potrero. La Reserva van der Hammen, todos los sabemos, es una potencialidad. Allí no hay una reserva en el sentido completo de la palabra, pero negar la posibilidad de que exista es un inmenso error. Pasa un tema reciente: los grafitis. Hoy llegan tours a Bogotá de países anglosajones buscando los grafitis de Bogotá, son un atractivo turístico de la ciudad. Cuando el New York Times recomienda a Bogotá dice, interesante cómo se come en esa ciudad, pero también les sugiere a los turistas que vayan a ver los grafitis.

Si usted es el dueño de la casa o del local que le han decorado a la fuerza, no le parece tan bonito…

No estamos hablando de los grafitis que vandalizan, sino por ejemplo de los grafitis del eje de la 26, de culatas de edificios que se han prestado para que se hagan grafitis. Y hay gente que hace unos tours y ahí hay una industria, y entonces Peñalosa dice que los grafitis producen inseguridad. El Alcalde tenía una luna de miel y la desperdició cazando peleas, una parte de ellas innecesarias. Si uno dijese, no, es que ha cazado una pelea porque es un problema que se debe resolver, listo.

El de los colados en TransMilenio, por ejemplo…

Buen ejemplo. Pero en esos temas tan complejos los gobernantes necesitan escuderos, fusibles. Él tiene una gerente de TransMilenio, estupenda señora, pero incapaz gerencialmente. Anunció que iba a crear una gerencia de colados; al año dijo que no había plata para el convenio. Peñalosa creó durante años una imagen de él como un gerente, con dificultades, con errores, pero como un gerente. Y no ha logrado reactualizar esa imagen de gerente, y eso al lado de una comunicación pésima, le está produciendo este pavoroso divorcio con la ciudadanía.

Toma decisiones costosas, por las fuerzas que hay en contra, como el sindicato de la Empresa de Teléfonos, pero todos sabemos que esa venta es necesaria.

De acuerdo. Pero mire los problemas de comunicación de esta alcaldía: si a la ETB no se la pone al día, le va a ocurrir lo de una fábrica de máquinas de escribir…

O lo mismo que le pasó a Telecom… Se la comió la modernidad y el sindicato no le permitió evolucionar.

Pero entonces hay que conquistar las mentes de las personas, para que entiendan ese tipo de decisiones. Y entonces llega el presidente nombrado por él en la Empresa de Teléfonos de Bogotá y dice, es que esto son unos zapatos viejos. Hombre, si la va vender tiene por lo menos que acreditarla. La vamos a vender pero la vamos a poner bonita para venderla. Toda decisión que se tome siempre tendrá opositores, pero el alcalde, a los opositores que heredó, no hace sino sumarle nuevos opositores.

Pero no se puede decir, para justificar la revocatoria, que a un año de haberse posesionado Peñalosa ha fallado gravemente en sus propuestas de gobierno. Eso es una injusticia monstruosa.

Mire, yo no soy partidario de revocar a Peñalosa, aunque la revocatoria es un derecho constitucional, y hay que respetarlo. Me parece que desordena una ciudad. Tampoco fui partidario en el Gobierno anterior. No me vinculé a ninguno de los comités que existían. Es indudable que parte del discurso de la revocatoria es oportunista, porque un sector de quienes están a favor de la revocatoria fueron los que gobernaron los últimos cuatro años y no hicieron absolutamente nada. Fíjese, ahí tenía Peñalosa una inmensa ventaja, pero -¡oh sorpresa!- en la oposición a Peñalosa estamos muchas personas, desde quienes quieren dinamitar el edificio hasta quienes queremos mejoras capitales, que se repare capitalmente el edificio. Pero él escoge como su principal interlocutor al anterior exalcalde. ¡Error, inmenso error! Mire, el anterior alcalde pasó de haber elegido ocho concejales a elegir uno solo. No es una persona alrededor de la cual se pudiera agrupar el conjunto de la insatisfacción que hay en la ciudad.

¿Entonces, concretamente en qué se ha equivocado políticamente el Alcalde?

Cayó en un error de percepción del momento político. La crisis es de tal magnitud, que en la ciudad todo está en juego. Igual que nos ocurre en el país, que cualquier cosa puede cambiar la opinión de un grupo importante de personas acerca de un líder, acerca de una política que se está adoptando. Y en las áreas en las que es fundamental producir resultados en el menor tiempo posible, teniendo en cuenta por supuesto las dificultades, Peñalosa no tiene un equipo gerencial. La señora de TransMilenio tenía experiencia en campañas de movilidad, cuyo mayor éxito probablemente fue haber hecho a Pirry una persona que aparecía todo el tiempo en unas campañas sobre el tráfico. El Secretario de Movilidad, un estupendo profesor de la universidad de los Andes, lo conozco desde hace muchos años, magnífica persona, pero había sido el asesor del anterior gobierno en el metro subterráneo, es decir, entraba ya con un lío muy grande de explicar: cómo cambió de opinión. Este equipo no tiene la capacitación para producir cambios. No son los gerentes que la gente imagina cuando piensa en un equipo de Peñalosa.

Pero Peñalosa tiene funcionarios muy buenos, como el Secretario de Seguridad, siempre está encima de los hechos. Y es cierto que el homicidio en Bogotá se ha reducido notablemente.

Hay un dicho popular raizal bogotano: “Más preparado que un kumis”. Sí, claro, es un hombre más preparado que un kumis. Pero mire, ¿cuál es la angustia fundamental en los barrios populares de Bogotá? La invasión del narcotráfico. ¿Cuál el problema fundamental alrededor de los colegios de Bogotá? El narcotráfico. De hecho el narcotráfico ha saltado el muro de los colegios. La petición fundamental de las mamás y de los papás en los barrios populares es: hagan algo frente al narcotráfico. Si Peñalosa y su Secretario de Seguridad percibieran la angustia que significa esto para la gente, se apuntarían un triunfo muy muy grande. El timonazo tiene que ser duro. Si no hay un cambio de gabinete pronto, este tsunami se lo lleva. Y sorprendentemente, el perdedor, que no hizo nada por Bogotá, sería el ganador.

Usted hace todo ese recorrido de críticas y yo le pregunto: ¿Qué es peor para la ciudad? ¿Tumbar al Alcalde o defenderlo?

Incluso cuando la decisión de la Procuraduría frente al anterior alcalde, yo pensé que lo mejor era permitir que terminara. Era preferible constatar que no era capaz de realizar las cosas que prometió, como evidentemente lo percibió la gran mayoría de los bogotanos.

Pero mientras tanto el populismo arrecia…

Exacto. Yo no soy partidario en la mitad de la carrera de sacar a un caballo. Déjelo terminar, a ver hasta dónde llega. Pero el lío hoy es que necesita recuperar la confianza de una parte de los bogotanos.

¿Cómo la puede recuperar?

Ha cometido errores que la han minado. Por ejemplo, mire el tema del metro. Ya existían unos estudios que de inmediato rechazó, lo cual fue una necedad, que le restó un aire que necesitaba para poder rediseñar el transporte en Bogotá. Y hay que hacerlo, porque lo que hay es una herencia nefasta del gobierno de Samuel Moreno y de Clara López. No es responsabilidad de ninguno de los alcaldes que han venido después, no pueden resolverlo de un día para otro, pero sí necesitaba ganar un tiempo político. Los poetas pueden declararse incomprendidos. Pero que un político se declare incomprendido no puede ser. El político tiene que trabajar todos los días para lograr explicarle a la gente qué es lo que realmente está ocurriendo.

¿Qué tan política es la revocatoria, o hay ciudadanía pura oculta?

La organización de la revocatoria fue claramente política, porque los partidos y movimientos que la organizan pertenecen a las fuerzas políticas que gobernaron estos doce últimos años en Bogotá. En eso nadie se puede llamar a engaño. Pero lo que tiene lugar hoy en Bogotá es de las cosas más extrañas que yo he observado en la vida pública colombiana, para mí, que además soy un lector de la historia. Y es que era una revocatoria que en sus comienzos estaba destinada a convertirse en lo que ha sido la gran mayoría de las revocatorias, una cosa marginal que como una avispa irrita a una persona pero luego esa avispa o se va o le pegan un palmazo y se acabó la avispa.

Como pasó con la de Petro…

Sí, pero él la convirtió en una disculpa para movilizar al grupo que le apoyaba. Este alcalde no ha hecho eso. No salió a comunicar las dificultades que tenía la gestión de la ciudad. En cambio, se aisló en sus obsesiones como la de seguir sembrando transmilenios por Bogotá, que disgusta a una parte de los bogotanos, y el Alcalde se ha negado a comprenderlo. Que haya que acabar con TransMilenio, no, no, no. La gente no quiere prenderle candela a TransMilenio, porque de todas maneras funciona, es el transporte que nos lleva todos los días de un lado al otro y de regreso a la casa. Pero la gente sueña –esta es una gran ciudad– con tener un metro, las grandes ciudades tienen grandes sueños. El Alcalde no ha comprendido ese aspecto.

Pero si precisamente Peñalosa es el Alcalde más soñador que ha tenido esta ciudad…

Sí, pero la Bogotá de hoy ya no es la de hace veinte años, y terminó generándole un campo político a la revocatoria que no tenía en sus comienzos. Es uno de esos insondables de la política.

¿Cómo están las cosas hoy, ganaría la revocatoria?

Si hoy fuese el domingo electoral de revocatoria, el Alcalde perdería. Él tiene que ser consciente de eso.

Los dos estamos de acuerdo en que revocar a Peñalosa es una equivocación brutal para la ciudad. Termino esta entrevista preguntándole lo mismo que le dije al principio: ¿Cómo salvar a Peñalosa?

El lío es el carácter del Alcalde. En el tema medioambiental había posibilidad de generar una reserva ambiental en la Van der Hammen. En una entrevista que le hizo Ángel Becassino la primera vez que él fue Alcalde, él reivindica los parques en los bordes de las ciudades. Este podría ser esa reserva-parque en el borde de la ciudad. En eso se traiciona a sí mismo. En el caso del metro, es muy peligroso que Peñalosa le quede mal a la ciudad, porque Santos ya ha embaucado a dos alcaldes con el tema del metro. Embaucó a Petro con un cheque chimbo, o requetechimbo, como dicen en la Luciérnaga. Y el segundo alcalde embaucado puede ser Peñalosa porque no hay un peso girado. Es muy importante que el alcalde le explique a Bogotá que el metro que quiere hacer no es de juguete. Que convenza a la gente de que quiere hacer un metro serio y factible. Que se comprometa y comprometa al Gobierno Nacional, porque Santos en las que está, en algún momento dirá que no, que hay una restricción, y el Director de Planeación le firma a Santos lo que Santos diga. El mismo Director de Planeación fue el que le firmó a Santos para prometerle todo a Petro cuando necesitaba a Petro para la reelección. Entonces, fíjese usted que se requiere un cambio en unas cosas de fondo que yo no sé si el Alcalde está dispuesto a hacer. Peñalosa se equivoca gravemente cuando cree que su discurso de hace 20 años puede ser un discurso completamente actual hoy.

¿Cuántos años lleva usted de concejal?

Llevó diez años y medio de concejal.

O sea, ¿si usted no tiene la respuesta, quién la tiene?

Llamaría la atención de quienes son influyentes sobre el Alcalde: Si Peñalosa se deja revocar, abre una puerta hacia lo impensable, no solamente en Bogotá, sino en Colombia.

Fuente: REVISTA SEMANA / EL TIEMPO

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