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Quince días habían transcurrido desde mi cumpleaños número diez y nueve, cuando obtuve la libreta militar. Descansó mi alma; sabía que cuando viera un camión de soldados del Batallón San Mateo de Pereira no tendría que correr a ocultarme como un conejo, para que no fuera reclutado por nuestro “glorioso Ejército Nacional…”.

Para celebrar este logro visité la librería Roma buscando un libro de algún tema que fuera propio para un ciudadano, pues este asunto de la libreta militar sí me hizo sentir que era un ciudadano de verdad, un adulto sin ninguna tutoría.

Allí llegó una hermosa chica, habló con el señor Adrián, propietario de la librería, y pidió que le comprara unas viejas monedas martilladas, las que don Adrian no quiso comprar. Se sentó derrotada en la silla donde yo leía, un poco sudorosa, haciendo suspiros como de desilusión. ¿Cuánto valen las monedas? – doscientos mil pesos; mi abuela dijo que no tenían precio. ¿Qué necesitas comprar? Se sonrío y me miró con sus tiernos ojos descansados que relajaron hasta la punta de mis jarretes. –Para comprar vino; mi amiga Daniela Robledo cumple años hoy y vamos a tomar vino en Troya. Compramos el vino y fuimos al bar Troya. Luego llegaron sus amigos que se hacían llamar “Los hijos del Clown” porque andaban por los hospitales haciendo reír los enfermos. Salí de Troya a las diez de la noche, pues, a pesar, de tener la libreta militar mi padre no quiso extender el horario de entrada a la casa el cual tenía un límite no negociable: once de la noche. Carmen se quedó con sus amigos celebrando y yo me quedé despierto en la cama pensando en esos tiernos y bellos ojos descansados que me miraron en la librería.

Dijo no tener teléfono móvil, sólo un correo electrónico. Me advirtió que si quería hablar con ella nuevamente podía dejarle un mensaje con el lugar y la hora, y que la cita la tendríamos al día siguiente en cualquiera de los sitios que ella me señaló: Café Kalhúa, Arakataka, María Antonia Café o Troya. Quince días esperé para escribirle; tenía la esperanza de volver a verla de modo casual. Fui varias veces a leer a la Roma y dos veces tomé cerveza en Troya; nunca la vi.

-Hola Carmen, soy Mathew: el mono de la librería, al que le regalaste las seis monedas martilladas; el del vino. Si puedes mañana nos vemos en Kalhúa a las cinco; te espero. Iré con una camisa verde menta y un jean azul oscuro. Así decía el primer correo que le envié y que luego deseé corregir, pues le hablé como hablan los contrabandistas.

Llegó a las seis de la tarde, ya me había tomado tres tintos y dos Coca-Colas. Su gracioso caminar desarmó mi impaciencia; era hermosa, pero estaba muy mal vestida. Nada que estuviera cerca hacía contraste con ella; sólo una perla azul turquesa que tenía en la punta de sus zapatos transparentes de polímero, de tono neón violeta, podía combinar con el azul sublime del cielo, que por la gracia de Dios es un azul infinito. Lucía un short negro con lentejuelas rojas; inexplicablemente hacían lucir sus esbeltas piernas. A pesar, de su desgarbo, sus piernas eran gruesitas, parejas, perfectas, delicadas y muy juveniles. Sólo daban descanso erótico al llegar con la mirada a los tobillos, y aún allí, al asomo de sus piramidales huesos, provocaban en mi un suspiro repetido, un suspiro casi canino. Carmen traía una blusa negra de seda con círculos blancos adelante, atrás la tela era toda con transparencia. Su brasier color naranja intenso era demasiado llamativo, casi logra enfermarme; por poco me hace devolver el tercer tinto. Fumaba mucho; pidió un tinto y cuando le dije que pidiera lo que le provocara, pidió un aguardiente con un poco de sal y un trozo de limón; en ese momento vino a mi mente el sabor del primer tinto de la tarde.

Así fueron muchos días y cada vez deseaba más verla. Creo que Carmen hubiera sido el amor de mi vida, sino fumara tanto y no le gustara tanto el vino. Sus amigas, debido a su gusto por el vino, la llamaban Carmen la Cremeniere. Fueron adictivos, lo acepto, sus zalameros labios de anís y el olor a tabaco cubano que siempre estaba impregnado en su cuello. Verla era tan importante para mí como lo era el Captopril para mi abuelo; sentir su piel todos los días, se me convirtió en un nuevo placer profano; y oler su cuello de Club Havanna fue, sin ninguna duda, la más bella discordia que ha tenido la razón con mis sinrazones. Amarla, lo volví mi leitmotiv, pero debía primero vencer mi injusta repulsión a sus gafas plásticas con corazones rojos, al exagerado reloj cuadrado de iglesia que portaba en su mano; parecía contener catorce horas. Siempre fue sospechoso para mí su gusto nulo por las frutas y las verduras. Tenía una guerra declarada contra el brócoli y la coliflor y sus argumentos en contra fueron tan radicales que a muchos convencía de no comerlos como si les hablara un caudillo de pueblo. Debido a esto llegué un día a tener un pensamiento muy absurdo: el aguardiente y el tabaco le hacen bien a las piernas…

Carmen nunca habló de su madre, ni de su familia; vivía con la abuela. Cuando quise saber el nombre de su madre y la ocupación de su padre se molestó en gran medida, dijo que yo era un impertinente a la altura de los encuestadores del DANE. Tenía un lenguaje particular para dirimir las disputas, lo dominaba asombrosamente mejor que un biólogo cuando habla de células; lo llamé lenguaje bacteriano; ese día en su molestia, me trató de gonococo y yo le respondí que ella era una microbiana salmonella. En verdad lo disfrutaba.

Un día de esos días que tienen una mañana cualquiera, no volví a verla. Le escribí muchas veces y la esperé puntualmente en todos los lugares de las citas. Nunca llegó. Finalmente decidí acercarme a su amable abuela Carmen-lina. Mientras tomaba con ella café amargo endulzado con parejas de galletas de soda, las cuales venían unidas por la crema de un delicioso esponjado Ghu de guayaba, la abuela me decía: Doloritas -así llamaba a su nieta Carmen- se fue con un compañero para la Sierra Nevada de Santa Marta a un asunto de sus estudios de antropología.
Cada cuatro días visitaba a la abuela para preguntarle por Carmen, luego lo hice cada dos días, hasta que terminé desayunando todos los días con doña Carmen-lina. Me encontré en Troya los amigos de Carmen del Clown que despedían a un Mimo venido de Chile llamado Murmuyo. Uno de ellos me dijo que estaba en Cartagena en un festival de música electrónica llamado Storyland.

Como la tardanza de Carmen en Cartagena fue evidente, doña Carmen-lina me facilitó la libreta de teléfonos de Carmen y en sus contactos de Cartagena hablé con la madre de Yiyola Fuentes quien me indicó que Carmen, Yiyola y una tal Andrea Pino, habían viajado a Sao Pablo Brasil a la reunión anual de un grupo cultural llamado: La Klittra de las mujeres alfa.

Creo que cuando la madre de Yiyola Fuentes terminó de deletrearme el nombre de esta cofradía tan extraña, sentí un fuerte mareo y una imagen borrosa en los ojos, que no dudé un instante, con mi deseo de etiquetar todo, en llamarla: demencia inducida por asombro.

Como me había enterado que la abuela coleccionaba billetes y monedas viejas, decidí entregarle en el momento del desayuno las seis monedas martilladas que me había obsequiado Carmen el día que compramos el vino y fuimos a celebrar a Troya. Me dijo la abuela, dejando ver algunas lágrimas: niño Matu, estas monedas macuquinas las hicieron en 1622 los herreros reales que habían enviado de La Corona. Mi padre las guardaba celosamente como el tesoro de colección más valioso de la familia.

Doña Carmen-lina aumentó considerablemente el aprecio que me tenía y con las galletas de soda que me daba con la crema de guayaba del esponjado Ghu siempre adicionaba algún regalo. Entre otros me regaló tres envases de cerveza de su colección de Cervecería Continental que su padre había comprado en 1930 a la Compañía Vidriera de Pereira, pero que ella no apreciaba mucho, porque en uno de los destellos del vidrio ella afirmaba ver una figura parecida al mismo diablo.

Teniendo el cuidado de no molestarla mucho pregunté a la abuela la razón por la que a su nieta Carmen ella la llamaba Doloritas: Doloritas Restrepo, me dijo la abuela, fue una santa mujer que vivía en Donmatías Antioquía y fue muy amiga de mi abuela Belarmina Tejada, cuando ella trabajó en Concepción. La Madre Laura, la santa, cuando apenas era niña, encendió su vocación cristiana de servicio a los necesitados, inspirada en la abundante caridad que vio ejercer a Doloritas con los pobres y los enfermos. No hubo poder humano que lograra convencer a mi hija Carmenza, para que bautizara a la niña con el nombre de Doloritas; ¡gran honor para la familia este nombre¡ Entonces niño Matu, en la obediencia única que tengo de nuestro Señor Jesucristo solicité a Él permiso y yo sola llamé a mi nieta por siempre con el nombre de Doloritas.

Pasaron pocos días de estar recibiendo sin descanso regalos de la abuela, cuando empecé a sentir que la amistad de los dos se estaba desbalanceando un poco. Decidí acudir nuevamente a la librería Roma y allí encontré el libro Autobiografía escrito por la propia Madre Laura Montoya Upegui. Sin esperar, lo llevé a la abuela en una linda bolsa de regalo que tenía imágenes redonditas con el rostro de la virgen María. Espero sea de su agrado, le dije a la abuela, es un libro escrito por la Madre Laura. La abuela me miro sonriente con sus tiernos ojos descansados y me abrazó con la fuerza que abraza una madre al hijo que estaba perdido.

A la semana siguiente le pregunté a la abuela en el desayuno si le había gustado el libro: Usted mijo, va a ser un hombre muy apetecido por las mujeres que no sean brutas. Usted sabe complacerlas, es amable y muy buen conversador, a usted mijo no le falta nada de lo que debe tener un buen hombre.

El libro, sin duda alguna, fue el detonante principal de una cadena de regalos que me entregaba sin parar la abuela; la sed de su gratitud no parecía saciarse. Contada en los regalos curiosos, estaba una revista vieja que se llamaba Femeninas; que contenía escritos de la madre de la abuela, la gran maestra y activista pionera del feminismo en Pereira, doña María Rojas Tejada.

Me dijo doña Carmen-lina que su madre se le parecía a doña Martha Lucía Eastman. Doña María, como ella, podía encontrar poesía en el bouquet de un buen vino francés y elaborar una paella española con todo el arte y el cuidado con que los monjes tibetanos hacían sus circulares y multicolores mandalas. Esta revista era uno de sus grandes apegos, me la obsequió porque dijo que su nieta Doloritas no apreciaba nada que no fuera moderno y de seguro, luego que ella faltara, la dañaría por vieja, y que esto ¡ni muerta estaría dispuesta a permitir!

Sin tener noticias de Carmen no resistí la pulsión de hombre, que me obligaba a rebajarme a la enana estatura de los vulgares, y empecé a comparar a Carmen con su abuela: Carmen es hermosa, pero no tiene la belleza moral de su abuela. Esta ligera reflexión, en verdad, empezó a afectar mi gusto estético por la Cremeniere, el mismo que ya había sufrido su primer sacrificio por la forma particular de su vestir.

El nueve de diciembre del año 2015 llegué a la casa de la abuela a comer con ella las galletas de soda y la encontré muy triste. Me le acerqué con ojos de asustado, le tomé suavemente sus hombros y le dije en voz baja ¿Qué pasó abuela? -Murió Alberto Podestá. ¿Su hermano? –No mijo, un cantante argentino que admiraba profundamente. Solté todo el aire que tenía retenido en los pulmones; por un momento creí que era una mala noticia acerca de Carmen. -Ya murió Agustín Magaldi y Libertad Lamarque; este año también murió Demis Roussos, no va a quedar quien cante bien en este mundo; decía la abuela aún desconsolada. -¿Qué música escucha usted mijo? Yo escucho a J.Balvin, Bruno Mars y Ed Scheeran, abuela. -¿Pero mijo, esos son grupos de música o de teatro? De música abuela. (Continuará)

En esos días tuve algo de temor al pensar que la distancia musical que había entre la abuela y yo había erosionado nuestra delicada y muy fértil amistad. Felizmente encontré un punto de llegada con la abuela, pues coincidimos en la música que interpreta Carlos Vives; especialmente con La gota fría y El cantor de Fonseca, canción que ella dijo haber sido escrita por un señor Carlos Huertas.

En esa navidad la abuela luego de rezar La novena de aguinaldos, escuchaba en su  inmenso equipo de sonido –del tamaño de mil smartphones juntos- toda la música de Alberto Podestá. Me dijo: cuando era niña mi padre al verme bailar me llamaba ”mujercita de caramelo” porque bailaba muy bien y movía suavemente las piernas. Noté, mientras escuchaba la música con aparente interés, que la casa grande de doña Carmen-lina tenía muchos deterioros, pero que ninguno para mi había sido hasta ese día notorio.

Encontré una extraña sincronía en la caída del esmalte de las ollas y la caída de algunas tapias de las paredes de la cocina. No entendía por qué todo se veía tan fino y acogedor, a pesar, del resultado de aquellas indiscretas observaciones. Concluí entonces, que si el deterioro ocurre con alguna armonía en todos los elementos que se reflejan en un espacio determinado, esto lleva consigo algún tipo de estética; la que sería, según dije: La estética del retroceso uniforme.

Para alentar a la abuela le traje un lindo regalo que guardaba para la bienvenida de Carmen: una mochila wayuu elaborada por las manos de Filia Rosa. Me la obsequió mi prima Priscila la última vez que vino de la Guajira cuando estuvo filmando uno de sus documentales de cine con el clan Uriana. No la había usado porque sus geometrías, aunque excelsamente bellas, las sentía un tanto femeninas. Doña Carmen-lina aclaró que estos trabajos manuales nunca le habían apetecido, pero que esta mochila en particular había producido en sus ojos una alta complacencia.

El veinticuatro de diciembre fue para mí un día penoso. Doña Carmen-lina me regaló un vestido completo con medias y zapatos, y también un bolso de cuero color miel que tenía muchos compartimentos, casi todos invisibles. –Este bolso es para que lo lleves a la universidad porque el otro año vas a estudiar en la Universidad Católica de Pereira. No puedo abuela, le respondí, quiero estudiar sistemas en Unitécnica; en la Católica la matrícula es muy costosa y apenas podría pagar la mitad del semestre; y eso si puedo seguir trabajando. Vergonzosa fue la entrega de mi regalo de navidad; le llevé doce billetes de medio peso que mi papá llamaba “Lleritas”.

El día que mi papá me los dio fui a venderlos, pero el anticuario de inmediato los rechazó gritando en voz alta como gritaban los fariseos: ¡son falsos¡ dicen estar emitidos por la Tesorería General de la República de Colombia, cuando debería decir por el Banco de la República. Luego de un innecesario silencio, volvió a gritar el tonto como si hablara de un asunto sobre la Mona Lisa: ¡son falsos¡ evidentemente lo son. Doña Carmen-lina apreció mucho este regalo y habló nuevamente con voz de melancolía: Mi padre, que en paz descanse, llamaba a estos billetes “Marianitos”. Decía que aunque cada uno valía medio peso, con dos no sea hacía uno solo. En ese momento sentí que mi regalo no alcanzaba a valer seis pesos.

El seis de enero, en el nuevo año, amanecí pensando que la larga ausencia de Carmen ya se estaba volviendo un asunto de carácter policial, para mí ¡estaba desaparecida! aunque la abuela parecía no preocuparse. En el desayuno hice muchos intentos de plantearle el tema sobre la desaparición de Carmen, pero no encontré la manera; no quería parecer fatalista. La abuela me dio el último regalo, dijo que me lo habían traído Los Reyes… Un billete de quinientos pesos sacado a circulación por el Banco de la República en 1923 y que según le había advertido su padre, en Colombia, de éstos, sólo habían tres. Me sugirió que se lo vendiera al historiador Jaime Ochoa Ochoa que hace mucho tiempo lo pretendía, pero que no habían podido llegar a un buen acuerdo económico. Estaba esperando venderlo en las Subastas Antioqueñas, pero dijo haber evitado del viaje porque ya no resistía la ida hasta Medellín.

Con la venta del billete de quinientos pesos a don Jaime Ochoa Ochoa, pagué la matrícula en la universidad Católica – así como quería doña Carmen-lina -, y compré una moto roja, una Honda-Invicta de 150 c.c., venía con dos cascos protectores y una chaqueta de cuero negra. Fui donde la abuela para que conociera la moto; ya no estaba. La habían llevado a la clínica los Rosales a causa de un infarto de miocardio. Esa noche murió la abuela mientras llorando apretaba su mano.

Nunca había vivido la muerte de algún amigo, ella fue mi amiga. Con ella conocí en su plenitud todo el valor y el placer que contiene la amistad. No alcancé a entregarle mi último regalo: siete monedas de cinco mil pesos conmemorativas con la imagen de la Madre Laura que el Banco de la República, como una bendición para mí, había emitido hacía algunos días. Cuando vendí el billete y fui a comprarlas ya estaban agotadas. Logré comprarlas por internet en Terra.com, venían con una caja-estuche muy bonita, me las cobraron a treinta mil pesos cada una.

En la mañana siguiente y mientras tomaba un café en la funeraria, apareció Carmen como salida de la nada; estaba llorando vencida, siendo consolada por sus amigos del Clown. Esperé para acercármele, mientras ella insistía en querer despedirse de la abuela con un beso; levantaron el ramo fúnebre que estaba sobre el cofre de madera y Carmen pudo darle un beso a su abuela. Faltó poco para que hubiera solicitado también darle un beso, pero no lo vi totalmente conveniente.

Trajeron en ese momento varios ramos fúnebres a la sala y noté que uno de ellos con hermosas orquídeas catleyas decía en su cinta: de: La Sociedad de Mejoras de Pereira para: Sra Carmen-lina Tronchi Rojas. Carmen me abrazó y me besó cuando todavía las lágrimas no terminaban de dañar su exagerado maquillaje. Me dijo: Mathew, te amo, te amo. Disculpa un poco mi ausencia, me enteré por las vecinas que has estado al tanto de mi abuela, gracias Mathew, perdóname; y me abrazó largamente. Tal vez, Carmen nunca me había abrazado de verdad.

En los difíciles días siguientes a la muerte de la abuela, Carmen estuvo buscándome y me citó a las cinco de la tarde del veinte de enero en María Antonia Café. Estaba de negro, con un pantalón ancho de tela sutil que apretaba sus piernas a la altura de las rodillas. Los zapatos eran de charol sin ningún aplique raro, y sólo el pañuelo rojo con flores que amarraba su cabeza se veía excedido.

  En el tiempo que estuvimos hablando no encendió ningún cigarro, todo estaba  extraño. Mathew, me dijo, quiero que seamos novios, pienso mucho en ti y pienso en mi abuela.- Ahora no puedo, le dije, voy a empezar a estudiar y no sé de qué  tiempo disponga. Seamos amigos como antes y si quieres algún día te invito a la universidad y tú me invitas a Troya. Sus tiernos ojos se quebraron un poco, pero dijo que sí con su cabeza y me besó largamente. Extrañé que su cuello sudoroso ya no tenía el olor de  Club Havanna y esto me produjo algo de pena. Nos despedimos mirándonos un buen tiempo sin soltarnos de las manos.

Cuando vine del Cementerio la Ofrenda de visitar la tumba de la abuela, busqué al padre Nelson Giraldo que estaba en la parroquia de San  Nicolás y le entregué, lo que sería el último regalo amistad de parte de la abuela: siete monedas conmemorativas de cinco mil pesos con la imagen de la Madre Laura Montoya Upegui, la santa de Jericó.

Escribe: ALEXÁNDER GRANADA RESTREPO*

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*Escritor y destacado columnista de distintos medios, conocido con el seudónimo de “Matu Salem” y autor del libro “Las Caravanas de Matusalém”.

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