Campo Elías Delgado (001)

Ni Campo Elías se suicidó, ni mató a la mamá el mismo día de la masacre de Pozzetto, ni intentó violar a la niña a la que le daba clases de inglés. Al menos esas son algunas de las conclusiones a las que llegó Edwin Orlando Olaya Molina, un técnico auxiliar de justicia especializado en criminalística que se dio a la tarea de reconstruir paso a paso los hechos de la tragedia que enlutó al país hace 20 años y que por cuenta del estreno de la película Satanás, basada en la novela de Mario Mendoza, ha sido revivida incluso por sus protagonistas.

Interesado desde sus años de estudio en los perfiles de criminales en serie, llegó a la figura de Campo Elías Delgado, un ex combatiente de Vietnam que en diciembre de 1987 había segado la vida de 28 personas, la mayoría de ellas en un prestigioso restaurante de Bogotá, donde comían plácidamente. El caso le llamó la atención no solo por el amplio despliegue que le dieron los medios de comunicación, sino porque encontró algunas ligerezas que bien valían la pena ser aclaradas, entre ellas la de que Campo Elías era un asesino en serie.

En principio éste fue un caso más de los que tomó en cuenta para su monografía de grado, pero más tarde, mientras dictaba conferencias sobre el tema, se dio cuenta de que eran demasiadas las preguntas que sobre Campo Elías que merecían ser respondidas.

El resultado fue Pozzetto, tras las huellas de Campo Elías Delgado, un libro que reconstruye paso a paso lo que pudo haber sucedido durante los últimos cinco días en la vida de este criminal, tristemente célebre por la manera macabra y fría con la que llevó a cabo sus actos.

En su momento, tanto periodistas como investigadores judiciales ataron cabos similares:

En la mañana del 5 de diciembre, el asesino visitó a su estudiante de inglés en el barrio la Alhambra y la mató a ella y a la mamá. Luego regresó a su casa y liquidó a su propia madre; le prendió fuego al apartamento y mientras bajaba del edificio hacia la calle, masacró a seis personas más (todas mujeres). Ya en la acera, se dirigió hacia el barrio Sears (hoy Galerías) para despedirse de una familia, a la que le dijo que se iba de viaje, y finalmente, al anochecer, comió en el restaurante Pozzeto, en Chapinero, antes de acribillar a 19 comensales y terminar muerto tras el fuego cruzado con la Policía.

Sin embargo, las versiones no fueron del todo concluyentes. Había testigos que decían que el ex combatiente de Vietnam había entrado disparando; otros, que había habido ráfagas de ametralladora y otros más, que Campo Elías se había suicidado. El propio Mario Mendoza, quien siempre dijo que se había basado en la masacre de Pozzetto y en la figura de Campo Elías para escribir Satanás, escribió como epílogo de la novela, que el matador se había pegado un tiro en la sien.

Veinte años después, y con la pericia de ser un investigador especializado en criminalística, Edwin Olaya reconstruyó los hechos y llegó a sus propias conclusiones, las cuales pueden ser las últimas sobre el sonado caso y dan claridad sobre lo que ocurrió y quién era en realidad Campo Elías Delgado:

1. Campo Elías no se suicidó. Aunque algunos testimonios de testigos dieron para pensar que el asesino se autoaniquiló al verse acorralado por la Policía, y a pesar de que la investigación del juez 38 de instrucción criminal no concluye de qué manera murió el criminal, Olaya está seguro en afirmar que, de acuerdo con la trayectoria de las balas que ingresaron en su cráneo (cuatro en total), y de las manchas de sangre que salpicaron la pared, era prácticamente imposible que Campo Elías se hubiera podido disparar en la sien. “De hecho, ya tenía dos balazos en el pecho que lo tenían tendido en el suelo -dice Olaya-. Él no pudo darse muerte a sí mismo”.

2. Campo Elías no mató a su mamá el jueves 5, sino la noche anterior. Aunque el incendio en el apartamento de los Delgado, en la carrera 7 con calle 52, fue el que alarmó a los vecinos, muchos de los cuales resultaron muertos a manos del perturbado mental, Olaya estableció con base en testimonios de familiares del criminal y de vecinos del sector, que doña Rita, la madre de Campo Elías, fue muerta en la noche del miércoles 4 de diciembre, después de un fuerte altercado con su hijo, que acostumbraba a golpearla. Un examen final del cuerpo de doña Rita también confirmó que no recibió ningún impacto de bala y que murió de un fuerte hematoma en la cabeza y de cuatro puñaladas.

3. Campo Elías no intentó violar a la estudiante de inglés. La película Satanás sugiere que, de pronto, el asesino se había sentido traicionado por su pequeña discípula de 15 años. Es un dato que nunca se sabrá. Lo que sí se pudo concluir, de acuerdo con las evidencias de la franela y la ropa interior rasgada, es que Campo Elías sí había intentado (quizás infructuosamente) abusar sexualmente de la mamá de la estudiante.

4. Campo Elías no era un sicópata. A pesar de que en múltiples oportunidades se habla del asesino de Pozzeto como un sicópata, la verdad, según las investigaciones hechas por Olaya sobre la personalidad del criminal, es que lo que sufrió fue un episodio sicótico. “Un sicópata -como lo es claramente Carlos Alberto Garavito- es un individuo que actúa sistemáticamente, sin culpa, sólo para satisfacer sus deseos personales y sin ningún remordimiento con la sociedad -explica-. Campo Elías, en cambio, era una bomba de relojería, un hombre perturbado mentalmente y que, no tuvo otro medio de expresión que el asesinato. Era una bomba a punto de estallar, solo que ni él mismo sabía cuál era el momento. En este sentido es posible decir que la masacre era un grito desesperado en busca de ayuda”.

Olaya sostiene que no entiende cómo un caso de estos terminó tan rápidamente archivado. “Quizás porque el asesino terminó muerto, las autoridades decidieron que no había por qué seguir insistiendo en el caso, pero en aras de conocer más este tipo de personalidades, lo mejor habría sido reconstruir los hechos, apelando a cuanto testimonio apareciera. Pero no fue así -concluye-.

Entre tanto, una duda queda flotando en el ambiente. Si Campo Elías disparó 39 balas en el restaurante para matar a sus 19 víctimas y luego enfrentarse con la policía, ¿por qué solo aparecieron 18 vainillas? Quizás este interrogante nunca sea respondido.

VICTIMA ILUSTRE

Suele decirse que la muerte real de una persona no es la fecha de su desaparición física sino cuando su rastro se borra por el inexorable paso del tiempo.

En el caso del economista bugueño podría decirse, entonces, que sigue vivo en ese grupo de amigos y amigas, de conocidos y de relacionadas que no solo se acuerdan de él con precisión, sino que pugnan por exhibir el título de haber sido el más querido, el más allegado o el más especial. Condición que Carlos Alfredo, con su trato singular, deferente y cariñoso, les otorgaba a quienes se cruzaron por su vida y a quienes convirtió en sus “llaves”, o, al menos, eso aseguran ellos.

“Nos hicimos amigos porque me pidió que ayudara a unos campesinos pobres de Cogua, para que no los desalojaran. Gané el pleito. El chiste, la broma, la tomadura de pelo y la risa permanente hicieron parte de nuestra relación, que fue larga y siempre muy grata”, comenta con emotividad el abogado César Jaime Gómez.

Siempre se distinguía. No era solo por su estatura –un metro con 87 centímetros–, sino por su sonrisa, su carcajada que era persistente e iluminaba el lugar donde estuviera. Tenía un tic que hacía que sus ojos no permanecieran quietos. En concordancia con esa actividad inagotable que lo hacía trabajar en varios temas a la vez y no ser indiferente a problemas grandes ni pequeños.

“Comenzó en las juventudes pastranistas y terminó sin partido político, pero con la esperanza férrea de construir una alternativa democrática”, dice su primo Felipe Uribe Cabal.

Fue activista cívico, político y medioambiental, en épocas en que la ecología era una especialidad exótica. Sobresalió en su Buga natal, en Guacarí, en Cali, y en Bogotá, donde estudió en el Gimnasio Campestre y, luego, en la Javeriana, aunque por discrepancias con los jesuitas terminó graduándose de economista en la Universidad del Valle, de donde fue maestro.

Por donde pasaba invitaba a sus compañeros a participar en distintos escenarios. Les repetía que no se podía seguir cruzados de brazos sin intentar cambiar la situación inequitativa que se vivía. “Era un convencido de la actividad cívica y popular”, afirma Néstor Gutiérrez, otro de sus contertulios.

Por esas paradojas de la vida, murió en forma violenta, junto con 28 personas más, en la masacre de Pozzeto, en un hecho sin precedentes en este país que ha visto todas las formas de violencia.

Vos a voz

La generación a la que interpeló quería hacer cambios, pero no creía que el camino que mostraba Carlos Alfredo Cabal fuera el más adecuado. Sin embargo, siempre fue escuchado y seguido por intelectuales, periodistas, ambientalistas, gente del común, en cuanta idea y proyecto presentaba, y a su vez él se sumó también a varias iniciativas, de las que fue obrero infatigable.

Bueno, sensible, recto, honesto, militante de causas perdidas, comprometido hasta el tuétano en morigerar las desigualdades sociales, en cambiar los desatinos económicos, ambientales y sociales, ‘voseaba’ como todos los caleños y buscaba cada día ser mejor persona, así como buen cantante y guitarrista.

Lo de ser humano de excelencia se le dio sin mucho esfuerzo. Su voz y la interpretación musical no fueron su fuerte, pero cada vez que subía al escenario, casi que todas las noches en el mítico Ramón Antigua, a cantar La noche del italiano Salvatore Adamo y Qué tal te va sin mí, del compositor español Manuel Alejandro que popularizó Rafael, se sentía pleno, feliz, encantado de la vida.

La bohemia

Líder cívico, concejal de Buga y Guacarí, dirigente del Nuevo Liberalismo y de Firmes, creador de las ONG Fundavalle y Participar y defensor de los recursos naturales, sobre todo de la laguna de Sonso, Carlos Alfredo combinó todas estas actividades y muchas más con la rumba zanahoria de la que hizo gala a mediados de los ochenta en un sitio en el que el canto, la música, la presentación de libros, el lanzamiento de proyectos políticos, cívicos, medioambientales, el cine foro de los domingos hicieron parte de la carta como los licores y las empanadas.

Leonardo Álvarez, su creador y propietario, cuenta que, a punto de perder el negocio, por razones que no vienen al caso, y ante la urgencia de conseguir un aval para que un banco refinanciara la deuda que había contraído en su montaje, le propuso a Carlos Alfredo, uno de sus más asiduos clientes, que se volviera socio y le ayudara con la fianza. No lo dudó. Carlos Alfredo convenció a sus hermanos y entregaron las escrituras de la finca de San Antonio en Buga como respaldo, y además puso el dinero que se necesitaba para que Ramón Antigua siguiera gozando de buena y larga vida.

Era Carlos Alfredo un rumbero atípico, que mezclaba el whisky sello rojo con aguardiente del Valle; eso sí, sin excederse nunca, ni siquiera cuando estaba entusado”; bailaba solo como último recurso de conquista pero, eso sí, no desperdiciaba la oportunidad de que le pasaran el micrófono para cantar las dos únicas canciones que se sabía y en las que se lucía, a pesar de no ser el más afinado ni de tener la mejor voz, como afirma con sorna el entrañable cantante, musicalizador de la poesía de León de Greiff, Leonardo Álvarez, símbolo de la Juventud Moderna que condujo y propició Alfonso Lizarazo.

Cuando Carlos Alfredo no podía cantar se empeñaba en acompañar con la guitarra.

“Le sobraba estilo, pero le faltaba conocimiento musical”, reitera Leonardo, quien lo recuerda como el empresario más prístino de los que ha conocido. La relación comercial se rompió por dos razones. Una, que Leonardo Álvarez se negó a contratar como gerente a uno de los protegidos de Carlos Alfredo, un joven que había recogido en la calle, pagado sus estudios de economía y se empeñaba en que manejara las finanzas del local que volvía a estar en aprietos. Y dos, porque contrataron a la cantante mexicana Alicia Juárez, esposa de José Alfredo Jiménez. Las dos presentaciones, una en Buga y otra en Bogotá, fueron un fracaso y perdieron muchísimo dinero.

Inquieto, solidario, generoso y…

Se suele decir también que de casi todas las personas muertas se habla bien. En el caso de Carlos Alfredo Cabal Cabal, la sentencia se potencia porque no encontré una sola persona que dijera algo desagradable que hubiera hecho o dicho, mezquino o salido de tono, sino todo lo contrario. Un santo varón sin marrón.

Su hermano Juan Pablo, quien ha preferido guardar silencio todos estos años, cuenta que el día del entierro multitudinario, una larga y triste manifestación salió de Cali y llegó hasta Buga; en el recorrido, gentes de todos los estratos sociales y de distintas profesiones salieron a la carretera, batiendo pañuelos blancos, muy compungidos.

Luego, en distintos homenajes que se han realizado a lo largo de estas tres décadas, esas personas y otras que se suman les expresan a él y a sus hermanos su pesar por la desaparición de un hombre que no aguantaba el dolor de los otros. “Era a su manera un sacerdote. Su bonhomía no tenía límites”.

Desde muy joven mostró su vena de organizador, su compromiso por defender a los más débiles y por alzar la voz cada vez que una injusticia o un desafuero era cometido en su presencia. Tal vez por esto abandonó el Nuevo Liberalismo del Valle, en donde era figura prominente.

Consideró que debía construir alternativas que sumaran, que multiplicaran y no que dividieran o restaran. Y así lo hizo. Nunca se sintió mejor que nadie y, por el contrario, buscaba siempre hacer que los otros, con los que interactuaba, estuvieran bien. Desarrolló un fuerte sentido de pertenencia entre quienes lo siguieron a estas estructuras organizativas a las que les puso tanto empeño.

“Fue un permanente contertulio en la revista Alternativa, en donde nos transmitía sus inquietudes sobre la contaminación de los ríos, quebradas y lagunas del país, sobre todo del Valle y sus novedosas –eso nos parecía– soluciones para limpiarlas. Estuvimos juntos en varios proyectos, como Participar; en la creación de revistas independientes y en el Movimiento Firmes. Era un idealista, un soñador que trataba de que esos sueños se hicieran realidad”, cuenta uno de sus mejores amigos, el periodista Hernando Corral Garzón.

Muy valluno, y sobre todo bugueño, provenía de un hogar de seis hermanos, en en el cual sus padres, muy católicos practicantes, dejaron a sus hijos a su aire, pero les transmitieron unos recios principios que fueron afianzados en el Gimnasio Campestre, en donde estudiaron cuatro de los cinco hermanos bajo la dirección de Alfonso Casas Morales, quien para Juan Pablo Cabal es uno de los más grandes y éticos educadores que ha tenido la capital. “Su influencia fue fundamental para todos, pero de manera particular para Carlos Alfredo”, reafirma.

El 15 de agosto de 1981, justo cuando cumplió 36 años, se hizo la Gran Marcha por la Laguna de Sonso, que fue uno de sus primeros y más exitosos proyectos, llevado a cabo en compañía de Aníbal Patiño y de muchos voluntarios que atrajo.

Así describió ese episodio. “Alrededor de 20.000 personas marcharon desde Buga –ciudad de unos 100.000 habitantes– hasta la laguna de Sonso, situada a unos 5 km de tal localidad, respondiendo a la convocatoria de una entidad naciente –Fundavalle, que planteó que los bugueños, los vallecaucanos, la comunidad científica, los amantes de la naturaleza y, más ampliamente, los demócratas y defensores de los intereses comunitarios deberían movilizarse y actuar para impedir que terratenientes deshonestos y entidades y funcionarios estatales cómplices concretaran el propósito de acabar definitivamente con aquella reserva natural en extinción. Por múltiples razones, el evento fue emocionante y sorprendente…”

Emociona y sorprende conocer la corta de vida de un buen y honrado hombre, caballero a carta cabal.

“Es imposible saber qué realizaciones habrían de alcanzarse en esa vida cargada de promesas. Bástenos decir que se hallaba en trance de maduración, que estaba demasiado picado por la pasión política y demasiado comprometido con requerimientos de la ética para no fraguar formas honradas de conciliación entre estos dos órdenes de exigencia”, consignó en su despedida el exconcejal Carlos Vicente de Roux, otro de sus mancuernas.

RETRATO DEL ASESINO

Delgado Morales nació hijo de padre y madre venezolanos , el 14 de mayo de 1934, en el municipio colombiano de Durania a las 7:30 de la noche, en su casa de habitación. De eso dio fe su padre Elías Delgado ante la Notaría de Durania, tres días después, y sirvieron como testigos Jaime Ariza y Jesús María Gamboa, según reza en el descolorido folio 11, considerado como única prueba física del enigmático personaje: En el municipio de Durania, departamento Norte de Santander, República de Colombia, a diez y siete de mayo de mil novecientos treinta y cuatro, se presentó el señor Elías Delgado, varón mayor de edad, de nacionalidad venezolana, domiciliado en este municipio y declaró: que el día 14 de los corrientes a las 7:30 de la noche, en la casa de habitación del declarante situado en esta población, nació un niño quien se ha dado el nombre de Campo Elías, hijo legítimo del declarante y de Rita Elisa Morales N. también venezolana y vecina de este municipio. Abuelos paternos Mercedes Delgado y maternos Luis María Morales y Elisa Nieto. Fueron testigos los señores Jaime Ariza y Jesús María Gamboa. En fe de la cual se firma la presente acta. En 1939, cuando tenía 5 años de nacido, viajó con sus padres a Chinácota y de allí, a Bucaramanga. Después de estudiar en el Provincial de Pamplona rompe relaciones con su madre y parte rumbo a Argentina donde contrae matrimonio y tiene un hijo. Cuando se entera del suicidio de su padre en un parque de Bucaramanga decide enrolarse con las fuerzas militares, hasta 1972 cuando concluye la guerra de Vietnam.

En 1970, fue reclutado durante la guerra de Vietnam, en donde estuvo presente en dos oportunidades, sirviendo en la segunda como voluntario, y fue ingeniero electrónico, parte de la Fuerzas Aéreas de los Estados Unidos y boina verde con algunas distinciones. Algunos de sus conocidos informaron que después de su experiencia en la guerra, se convirtió en una persona antisocial y amargada. Durante un tiempo vivió en las calles de Nueva York. Después de pelear contra un ladrón regresó a Bogotá. Después de su regreso, Delgado sobrevivía dando clases privadas de inglés y estaba estudiando en una importante universidad de la capital. Era incapaz de desarrollar relaciones o amistades con otras personas y culpaba a su madre; con los años el resentimiento contra su madre creció, hasta culminar con su asesinato y la masacre posterior.

El Origen

Don Elías, su padre, era un reconocido e influyente comerciante. Pero esa tranquilidad la interrumpió la idea loca de tumbar el único árbol samán del parque de Durania, cuya semilla había sido traída de Táriba, Venezuela, a finales del siglo XIX. “Don Elías, primero, pagó $5 a unos muchachos para que pelaran el árbol. Dos días después, el 15 de agosto de 1939, aprovechando la oscuridad de la noche lo mandó a cortar. Elías argumentó, en ese entonces, que el samán producía mucha basura con sus hojas y por eso lo iba a mandar a cortar. Esa acción hizo levantar al pueblo en su contra y entonces decidió irse, apenado, de Durania a Chinácota. . De ahí se mudó para Bucaramanga. La verdadera razón por la que decidió cortar el Samán fue porque allí era donde se escondía su esposa, Rita Elisa, con un ingeniero que vivía en San Cristóbal, antes de que contrayeran matrimonio. Él lo supo, pero le recomendaron que se casara. La tragedia continuó cuando se casó y descubrió que no era virgen. Eso fue marcando, muy seguramente, a Campo Elías. Y su padre se suicidó después, en Bucaramanga. Por este hecho , Campo Elías, le echó la culpa del suicidio de su padre a su madre y se lo recriminó en la cara hasta el día en que la asesinó.

El Asesinato

La masacre ocurrió al anochecer del 4 de diciembre de 1986. Los asesinatos comenzaron horas antes en el apartamento de una de sus estudiantes de inglés, en donde mató a su alumna y a la madre. Delgado regresó al edificio donde residía con su madre y en su apartamento llenó un maletín con municiones y cargó su arma. Luego, asesinó a su madre de un disparo en la cabeza después de una discusión, envolviendo su cadáver en periódicos, rociándolo con gasolina y prendiéndole fuego. Salió del apartamento y corrió por el edificio gritando “¡Fuego! ¡Fuego!”, llamando a los otros residentes para que abrieran y le dejaran llamar a los bomberos. Así asesinó a seis personas más, uno de ellos con el cuchillo que llevaba en el maletín. Luego se dirigió al restaurante Pozzetto, llevando con él un revólver calibre 32 largo, cinco cajas de municiones en un maletín y un cuchillo de caza, que desechó durante su recorrido por las instalaciones del restaurante.

Delgado llegó al restaurante hacia las 7:30 de la noche, hora local y pidió la cena. Una hora después, comenzó a dispararle a los otros comensales. Una mujer logró llamar a la policía, que llegó cuando Delgado ya había asesinado a una decena de personas. Su método era arrinconar a las víctimas, dispararles a quemarropa en la cabeza y continuar con la siguiente persona. Quince personas más resultaron heridas. Delgado se suicidó y no fue abatido por la policía.

En el año 2002, el escritor colombiano Mario Mendoza publicó Satanás, una novela testimonio que analizó el caso de Delgado. Mendoza conoció a Delgado en Bogotá, cuando era estudiante de literatura, y sostuvieron una amistad a partir de la literatura, la cual compartían. Conversó con él tan solo horas antes de la masacre. Ese año la novela recibió el premio Biblioteca Breve.

En 2006, el productor de cine colombiano Rodrigo Guerrero y el director Andi Baiz realizaron la adaptación al cine de esta novela enmarcando el caso en un contexto de soledad urbana en el mundo moderno, para dar luces sobre las motivaciones y ansiedades de Campo Elías Delgado, a quien en la película se llama Eliseo, pero evitando conclusiones explícitas al respecto.

Campo Elías Delgado Morales, tal su nombre completo, había nacido en Durania, 14 de mayo de 1934.

Como Delgado poseía solamente un revólver y un cuchillo, y muchos muertos fueron acribillados con balas de ametralladora Uzi se cree que la responsable de varios de los asesinatos fue la policía.

Falleció en circunstancias no aclaradas cuando en las inmediaciones del local gastronómico fue rodeado por la Policía Nacional, el 4 de diciembre de 1986.

Vea película basada en los hechos mencionados, haciendo click sobre el afiche de la película a continuación:

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Fuente: DIARIO EL TIEMPO

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