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Un soldado escribió para este testimonio sobre su experiencia en un campo minado por las Farc. Esto es lo que se acaba si gana el Sí:

“He tenido múltiples experiencias de combate; pero traigo mi primera experiencia en ese año,para decirle a los que hablan de la guerra, la promocionan y la justifican, que no tienen idea de lo que es porque nunca han tomado un fusil, porque jamás han tenido que sacrificar a uno para salvar a muchos. A esos que sacan sus trompetas de revancha, los que creen que la guerra es la solución a todos los problemas… déjenme decirles que están equivocados.

El dos de abril del 2002 llegamos a la “quiebra:” una intersección de caminos que conducían a Sonsón, Nariño y Argelia. Era una noche tranquila. Habíamos llegado exhaustos a nuestro punto, instalamos la seguridad y reposamos al lado de la carretera.

Al despertarme hacia las cinco de la mañana para atender el llamado de mi comandante vi un cable que iba por la orilla del camino. No lo toqué, simplemente seguí su curso. Este cable tenía bifurcaciones hacia todos los puntos cardinales. Continué hacia el norte, acercándome al sitio donde había descansado el otro pelotón del escuadrón. Levanté a los soldados diciéndoles que se movieran de la manera más leve posible. Así lo hicieron. Ahí me aterroricé. Estaba en un campo minado, inmerso en una área de muerte.

 

El tiquete de entrada

Un sargento me tomó del brazo y me dijo: “tranquilo, mi teniente, por donde entró volvamos.”

Después de calmar el susto, llegó el grupo Exde (equipo de explosivos y demoliciones) y procedieron a marcar con aerosol de color fluorescente donde estaban instaladas estas minas: conté 72 puntos verdes, que hubieran podido representar 72 muertos, heridos y lesionados.

Tomé mi silla táctica y a la distancia vi como iban destruyendo las minas. Contaba las explosiones, deseaba que fueran las 72, que nada quedara sin destruir.

Recuerdo que al escuchar la ultima detonación, hablábamos todos de la suerte o la bendición que habíamos tenido. Así me fue entregado el tiquete de entrada a las puertas del infierno.

 

Las puertas del infierno

Días antes, el noveno frente de las Farc y las autodefensas habían sostenidos cruentos combates, y nos preocupaba encontrarnos con más campos minados.

Buscábamos alguna estructura armada, pero no logramos entrar en combate. Al evidenciar que tenía la situación bajo control,  opté  por regresarme por una ruta diferente. Resultó ser una vereda fantasma: fincas, casas, bares vacíos.

Mi falta de experiencia no me daba para entender el por qué de este escenario. De repente, sentí un olor nauseabundo; los gallinazos estaban dándose un banquete a la orilla de la carretera. Emplazamos las armas de acompañamiento y apoyo y salí de la maraña espesa a la carretera destapada. Di la orden de espantar aquellas aves y en una cuneta encontramos el cadáver de un niño, no pasaba de los ocho años.

Su cuerpo, a pesar del estado de descomposición, evidenciaba algunos impactos por arma de fuego. Procedí a informar al Comandante de la compañía. Jamás imaginé lo que me esperaba días más adelante.

Llegamos nuevamente a nuestra área de reunión y nuestro capitán ordenó reubicar la compañía. El clima frío nos obligaba a armar nuestras carpas en el piso y para ello se entierran estacas en el piso. La tierra era blanda y nos permitía excavar con nuestras palas para asegurar las carpas y hacer frente a los fuertes vientos.

De repente un soldado me llamó. un codo humano sobresalía de la tierra. Seguimos excavando, encontramos un brazo… y así, en los diferentes puntos iban apareciendo restos, cabezas, manos, piernas, troncos…

 

Jamás había fumado. Pero para calmar los nervios pedí un cigarrillo a un cabo, y sin saber fumar, tragándome el humo, me senté a ver aquella escena tan dantesca. Ordené que no siguieran excavando. Informé y mostré a mi capitán la situación.

Horas después, llegó la Cruz Roja. Recuerdo que en su mayoría eran italianos; para sacar aquella imagen de mi mente me concentré en la belleza de una chica que venía en esa comisión, dejé volar mi imaginación para distraerme por lo menos unas horas, antes que verle la cara a la maldad.

Día a día escuchábamos las trágicas noticias de la situación de Argelia, los desplazamientos, desabastecimiento, ejecuciones, desapariciones, nos sentíamos impotentes.

Llegó el día de nuevas órdenes: recuperar el orden en aquel municipio avanzando a la cabecera municipal. Era cinco de abril.

Organizamos los equipos, las maniobras, las misiones, todo con tal de neutralizar la acción de la estructura armada que tenía aislada aquella población. Algunos hablaban emocionados de dar de baja al enemigo.

Por un momento, puse atención a aquellos argumentos; no tenía ni idea de lo que era un combate, por lo que opté en pensar en el alistamiento para la marcha de mi pelotón.

Iniciamos en la madrugada, a la una de la mañana, armados hasta los dientes, listos, preparados, mentalizados a la ofensiva, nos separaban treinta y seis kilómetros de nuestro destino, pero plenos de espíritu los registrábamos con voluntad y energía.

Iba amaneciendo y pasábamos por fincas abandonadas. Nos habían advertido que era inminente el contacto armado, la ubicación de minas o artefactos explosivos improvisados era más que probables.

Haciendo caso omiso a estas recomendaciones, ingresamos en una finca, y qué cuadro tan aterrador, una familia entera ya en estado de descomposición, masacrada. Solo pensé: “¡estos hijos de puta deben pagar, malditos guerrilleros!” Fui llamado al orden por mi comandante, tan solo callé y acepté el regaño. Estábamos aterrados, veíamos más casas, más fincas abandonadas por esa vereda.

Un pelotón aseguró aquella zona, los demás avanzamos.

 

Mi bautizo de fuego

Hacia las tres de la mañana del 6 de abril, iniciamos la maniobra de acuerdo a lo planeado.

Mi emoción era evidente, el movimiento nos rendía, encontrábamos minas, pero no nos detenían, optábamos por cambiar la dirección del movimiento, total sigilo, nuestros rostros mimetizados, disciplina de ruidos, de movimientos, nadie hablaba, todo se hacia implementando las señales de mano, fue un magnífico desplazamiento, una verdadera infiltración.

Sin embargo llegamos a un puente, el río era caudaloso y muy difícil atravesarlo y si lo hacíamos, éramos un blanco fácil.

Di la señal: ametralladoras emplazadas, mortero listo. Íbamos a cruzar ese puente por lanzas, reduciendo nuestra silueta. Salió a la carretera la primera lanza, todos apuntábamos nuestras armas a los puntos críticos, ellos cruzaron sin problema, aparentemente todo estaba tranquilo. Ordené al equipo de la ametralladora que se alistara, procedimos a realizar con cautela el cruce del puente.

El puente era pequeño, tal vez unos diez metros de largo y dos de ancho. Cuando íbamos ya en la mitad, empezaron los disparos.

Yo opté por correr más rápido pero era tal el volúmen del fuego que sentía que la tierra y el pavimento se convertían en esquirlas a mi alrededor. Respondimos el fuego con un alto volúmen, podía escuchar la ametralladora y el mortero de mi pelotón.

Cuando llegaron los otros dos pelotones, logré cruzar el puente. Me tiré a una cuneta, no podía asomar la cabeza, a todo mi equipo le llovía plomo ¡era mi “bautizo de fuego”! ¡estábamos  en combate!

Cuando sentí que los disparos reducían su intensidad, vi a los guerrilleros atrincherados, tuve tiempo para apuntar, disparaba, estaba contento y nervioso a la vez, se levantaba la tierra a mi alrededor, sentía el silbido de los disparos de fusil y ametralladora, podía escuchar el sonido de las granadas de mortero, veía los cilindros caer, ¡era un fuerte combate!, pero seguimos avanzando, al mirar al cielo vi al helicóptero arpía, y escuchaba el avión fantasma. Les grite: “¡corran hijueputas!”

Podíamos ver como ellos corrían a refugiarse en una escuela. Los vi entrar a los salones, mi capitán ordenó alto el fuego.

Ellos sacaron los niños a la cancha de microfútbol y los formaron delante de ellos, en ese momento tome mis binoculares y les gritaba: “¡malparidos cobardes!”  Tenía mucha rabia, ya “¡había botado la lanza!”

En un acto tal vez de temeridad, me comuniqué con mi Capitán y le solicité acercarme con cautela. Obviamente su respuesta fue negativa. Insistí entonces en usar a los francotiradores, nuevamente una respuesta negativa…

En el momento maldecí, pero un cabo comandante de una sección se sentó a mi lado y me dijo: “mi teniente, no hay nada que hacer, es la mejor decisión, priman los niños.” Tenía toda la razón.

Nuestro esfuerzo de guerra se centró en poder llegar al casco urbano;  seguimos avanzando, en medio del fuego cruzado, las estructuras armadas del enemigo retrocedían.

Recuerdo que llegamos a una vereda llamada el Zancudo, procuramos asegurar la parte alta. Creo que ellos jamás se imaginaron que tomaríamos el punto de control crítico. Era perfecto: nos brindaba seguridad, visibilidad, la entrada al pueblo era de nosotros.

Subimos a la cima. Mi Capitán me llamó e instalamos juntos un puesto de observación: ya podíamos ver el pueblo. Casi que era fantasma y observamos por nuestros binoculares cómo muchas motocicletas se movían transportando gente con armamento.

A pesar de tener el punto predominante, fuimos hostigados desde las 2 pm hasta las 4 pm. Nosotros relajados, solo escuchábamos como pasaban las ojivas encima de nosotros.

Al oriente estaban unos “cambuchaderos” o  sitios donde dormían los guerrilleros. Por lo general colocaban plástico, tierra, procurando hacer como una especie de cama, y encima colocaban su colchoneta, y lo cubrían con una carpa camuflada, o de color verde.

Un pelotón aseguró la parte alta; a mi unidad le correspondía registrar el filo o “cuchilla” de aquella montaña y nos acercamos con el reemplazante de pelotón, un cabo primero, en formación de cuña con un equipo de combate.

Recuerdo que al llegar a la parte alta, había una cerca, podía contar 15 cambuchaderos, o sea que había espacio para una guerrilla, aproximadamente 30 hombres.

Sin embargo, nos miramos con el suboficial, y algo no estaba bien. Decidimos no cruzar la cerca. Los soldados mostraron su inconformidad, pero les recalqué la orden y exigí que nuevamente nos devolviéramos, y procediéramos a tomar la seguridad a media falda.

Yo proseguí hacia la carretera para explicar la novedad al comandante de la Compañía. Al bajar, subía un soldado de otro pelotón y le pregunté: “¿para dónde va?”

Él me respondió: “¡voy a hacer una necesidad mi teniente!” Le respondí: “¡en la juega eso está muy raro, puede estar minado! ¡está muy raro! ¡no cruce la cerca!” Me miró y prosiguió su camino.

No sé por qué no le ordené que se devolviera.  Bajé a la carretera a reunirme con mi Capitán y los comandantes de pelotón, cuando de repente una explosión nos tiró al piso. Nuevamente empezaron los disparos. Respondimos. Era otro hostigamiento. Una columna de humo salía de aquel filo y entendí que el soldado había caído en un campo minado.

Estaba aturdido, los oídos me silbaban. Organicé un equipo de combate, tenía la esperanza de encontrar al soldado herido o aturdido. Me reuní con un suboficial, analizamos el terreno, no podíamos rescatarlo por encima, tocaba meternos al cañón por la parte de abajo, para poder llegar.

Llevamos sólo lo necesario. Eso sí, una gran cantidad de munición, y algo de ración de campaña y agua en nuestras cantimploras.

Toda la compañía tomó el dispositivo para apoyarnos con fuego de mortero, ametralladora y lanzagranadas en caso de ser atacados. Empezamos nuestro avance sigilosamente, el olor de la pólvora se impregnó en nuestro uniforme. Sentía su sabor en mi boca.

Llegamos a la media falda de la montaña y podía ver una gran cantidad de tierra removida. El tamaño de la mina era inmenso, por la cantidad de tierra que estaba esparcida.

Con los soldados analizamos la situación y llegamos a la conclusión de que la onda explosiva lo lanza hacia abajo, cerca a nuestra posición.

Registrábamos, revisábamos, de repente empecé a sentir el sabor de la tierra y la pólvora en mi paladar, en ese momento el olor a carne quemada era muy fuerte y esto se mezcló con el olor a sangre.

Un soldado señaló un punto del terreno, al elevar mi mirada, vi una pierna que colgaba de la maleza. En ese momento pregunté, en susurro, si teníamos un plástico y guantes, para recogerla.

Un soldado entregó un pedazo de plástico, que cargamos por si llueve o por si hay que dormir al “rangerazo.”

La verdad no fui capaz de tomar esa pierna, ya la boca me sabía a todo, a mi derecha estaba un brazo, ya  dentro de mí sabía que el soldado debía estar muerto. Sin embargo, nos preocupaba el cuerpo.

Ordené a los soldados desplegarnos, diez minutos, media hora, vi que un soldado se me acercaba con el rostro desencajado. Ya había hallado el cuerpo.

Tomé el radio e informé a mi Capitán, para coordinar el levantamiento, pero por obvias razones ese procedimiento nos correspondió a nosotros.

Con sutileza movimos el cuerpo ya que estaba boca abajo. Recuerdo que tome el rostro del soldado entre mis manos, saque mi cantimplora, y lave su rostro, lo toqué… sentí el frío de la muerte, pero también pude ver la cara de la guerra en ese cuerpo desmembrado.

El olor era penetrante, tomamos los ponchos, los soldados cortaron unas varas de madera e hicimos una camilla improvisada, procedimos a buscar otra ruta de salida, más larga y más extensa.

Al llegar a la carretera estaban sus lanzas, no sabía qué decirles. Pensé: “¿por qué están ahí?” Se me acercaron y descargué el cuerpo. Ellos observaron a su lanza, su amigo, desmembrado, unos se tocaban la cabeza y gritaban, otros derramaban las lágrimas en silencio, no quería llorar, pero ese sentimiento se me impregnó y lloramos juntos, abrazados.

Subimos el cuerpo a nuestra posición, lo ubicamos en un punto donde no le diera el sol ni el agua. El clima no era apto para que entrara el helicóptero, veía desfilar los soldados, con camándula en mano, otros con devoción se retiraban sus escapularios y los depositaban en su cuerpo, en su cuello.

Soy un libre pensador, y mi visión de la divinidad es racionalista, agnóstica, pero ese día recé un Padrenuestro, y un Avemaría junto al cuerpo del soldado.

 

En el corazón del infierno

Amaneció… aquel 7 de abril del 2002, hacia las 0800 de la mañana, llegó el helicóptero. El cuerpo del soldado fue evacuado.

En ese vuelo llego el grupo Exde, quienes iban a ser los encargados de destruir el campo minado. Yo estaba sentado tomando el desayuno, chocolate, arepa y jamoneta; no tenIa ganas de comer, pero quería quitarme el sabor a tierra, sangre, y pólvora.

Vi bajar del helipuerto improvisado a los integrantes del grupo que iba destruir las minas, recuerdo que un suboficial de grado Cabo Segundo se me acercó y se presentó. Le respondí su saludo, le dí la mano, y  le pregunté: “¿oiga hermano, ustedes están capacitados para destruir esas minas? ¡porque eso estalla muy fuerte y nos destrozó un muchacho acá!” Me miró a los ojos y me respondió: “¡ Mi teniente, no se preocupe estamos entrenados para eso!”

Lo miré tal vez con desconfianza y él prosiguió su camino. Me sentí muy intranquilo y opté por hablar con mi Capitán, organizando asuntos operacionales y administrativos.

El suboficial unas horas después, hacia las once la mañana, solicitó su autorización para llegar a los cambuchaderos, cruzaron la cerca y se colocaron todo su equipo para proceder a realizar sus protocolos.

En ese entonces, yo era un subteniente de escasa antigüedad, llevaba tal vez año y medio en el rango.

Me senté en el filo de la montaña, o sea al otro lado de la posición de ellos, y veía que revisaban los cambuches, pero no entendía algo: no destruían las minas, las ubicaban y las marcaban. Le pregunté a mi Capitán: “¿Acaso las minas no se destruyen?”.

En ese momento, hubo una fuerte explosión. En mi mente jamás me olvidaré de aquella escena: vi un cuerpo volar por los aires, parecía como cuando lanzas un muñeco de trapo al aire, todos empezaron a gritar.

Ese día fui testigo una vez más de la grandeza del soldado colombiano, de su arrojo y valentía. Los soldados subieron, atravesaron la cerca y en medio del campo minado, extrajeron los tres heridos.

Yo observaba, asustado e impresionado aquella escena ¡honor y gloria a nuestros héroes!

De repente empezó a llover, lo que significaba cero apoyo aéreo y que se debían estabilizar a los heridos.

Pero ¡alto! de los cuatro miembros del equipo solo aparecieron tres, dos soldados con heridas leves, el suboficial en estado crítico.

Veía al cabo que botaba sangre por sus poros, me acerqué y vi que su cuerpo estaba lleno de limaduras de hierro.

En ese momento yo reaccioné y procedí a realizar  el protocolo del día anterior, nuevamente me interné en la media falda de aquella montaña infernal, y procedimos a buscar al miembro del equipo Exde.

En en el registro encontramos la otra pierna del soldado que había muerto el día anterior. Recuerdo que un soldado regular que había sido miembro de las Farc me acompañó en la búsqueda. Pasó una hora y nada.

Ya iba a declinar en continuar la búsqueda, pues me preocupaba el estado de los otros miembros del equipo pero ese soldado conocía el sector y se perdió en la maraña. Tras 15 minutos llegó con lágrimas en sus ojos y me señaló el lugar: parte del soldado colgaba del árbol su tórax y parte de la cabeza.

En ese momento nos empezaron a disparar. Vimos cómo la tierra se levantaba, y cómo los árboles se astillaban a su alrededor, afortunadamente el apoyo de fuego fue efectivo y obligó a retroceder al enemigo.

Ya tras controlarse la situación, sin pensarlo lo tomamos, y colocamos sus restos delicadamente en una sabana. Ya el tiempo había mejorado, era una carrera contrarreloj.

Había iniciado vuelo el helicóptero hacía nuestra posición y debíamos sacar los heridos. Subí el cuerpo junto con los soldados, había llanto en los rostros…llegué al helipuerto, colocamos el cuerpo en un sitio que no fuera visible para ellos, porque podrían entrar en shock y podía ser peor…

 

El Cabo Segundo

Aquel Cabo Segundo estaba sentado en el suelo descansando, ya no portaba su uniforme, estaba en una licra negra. Todo su cuerpo estaba ensangrentado, de sus poros salía sangre…al ver tal cuadro me senté y coloqué su cabeza sobre mis piernas, tomé su mano, me miró y se puso a llorar.

Me dijo: “¡mi teniente mi hija nace en  una semana! ¡no me quiero morir!” Le respondí: “¡no se preocupe lanza, usted va estar bien y va a disfrutar su niña!”

Apretaba su mano izquierda, le hablé de muchos temas, nos reíamos y le contaba chistes, me preguntaba por los soldados, le decía que los soldados estaban bien, de repente su respiración se dificultó…empezó a convulsionar, expulsaba sangre por la boca. Lo puse boca abajo, grité: “¡venga enfermero de combate!”

Él lo revisó, lo intentaba reanimar, estabilizar, el enfermero me miró a los ojos y me dijo: “mi teniente hay que sondearlo, mi cabo esta pulmoneado.”

Le pregunté: “¿qué es esa mierda?” Era abrir un costado de la caja torácica  e introducir  una sonda… maldije mi suerte y mi inexperiencia, lamenté que mi Capitán no estuviera a mi lado, no pude tomar la decisión, el enfermero procuraba otros protocolos, y me preguntaba: “¿que hacemos mi teniente?” Yo le respondía: “¡ya viene el helicóptero, no se atortole!”

El Cabo apretó fuerte mi mano, me miró y me dijo: “mi teniente no me deje morir, mi hija nace la otra semana” repitió.

Entonces pensé que hablándole sobre ese tema podría distraer o alargar el tiempo de agonía mientras llegaba el helicóptero, pero no fue así. Empezó a botar mas sangre por la boca, los ojos, los oídos…con mi camuflado impregnado de sangre…recuerdo que ese día entendí porque dicen que cuando morimos “estiramos la pata”, en un movimiento no se si voluntario él llevó sus rodillas al pecho y al momento de llevarlas nuevamente hacia adelante… en mis brazos dio el último suspiro.

Me volví loco, lo abrazaba le gritaba llorando: “¡la niña… nace la otra semana, Cabo despierte, lanza, su bebé… va ser papá, no se vaya, despierte  bro!” lo sacudía.

Los soldados al ver mi reacción, solo me tomaron de los brazos y me ayudaron a levantarme, mis piernas no respondían… lloraba como un niño.

Llegó mi Capitán y me abrazó, yo gritaba entre sollozos. No recuerdo qué decía, maldecía, nuevamente me arrodillaba al lado del cuerpo ya sin vida…no sabia que hacer, ya mi cuerpo no podía más…  solo atiné a salir corriendo montaña arriba… literalmente arranqué mi chaleco, boté mi fusil, granadas fueron al piso.

Mi soldado radio operador fue corriendo detrás mío, me abrazó por detrás y me tiró al piso, yo pataleaba, había perdido el control. Me decía: “¡calma mi teniente, relájese, tranquilo!”

Al llegar el helicóptero vi cómo embarcaban a los heridos, ya los dos cuerpos del suboficial y el soldado estaban envueltos en sábanas, pero al subir los cuerpos, las sábanas salieron a volar por la acción de las hélices, y quedaron al descubierto.

Los heridos entraron en shock y empezaron a gritar y abrazar los cuerpos. Nuevamente perdí las fuerzas de mis piernas, y caí de rodillas mirando cómo despegaba el helicóptero, y sentía como mis lágrimas se mezclaban con la tierra en mi rostro…

Ese día algo dentro de mí se quebró. Ese día, la muerte me besó y sentí sus fríos labios, ese día conocí de cerca la maldad, ese día fui otro, ese día el orgullo de la victoria cambió por lágrimas de tristeza y desconsuelo.

Ese día dejé de ser niño, y me convertí en hombre de la manera más cruel, inhumana e injusta, porque mi único testigo y consuelo fue mi silencio y mi soledad… no hubo sacerdotes, no hubo sicólogos… solo las palabras de aliento de mis hermanos de guerra, solo nos teníamos los unos a los otros.

Honor y gloria a nuestros héroes”.

 

Fuente: LA SILLA VACÍA

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