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Álvaro Gómez, la vigencia del hombre y de su pensamiento

El desarrollo fue su obsesión, para poner a crecer a Colombia. ‘’Soy desarrollista, me ufano de serlo’’ lo decía con orgullo y convicción. Decía que un país con falta de desarrollo, lo que hay que hacer es crearlo, para lograr prosperidad.  Este es Álvaro Gómez Hurtado, propuesta para Colombia, en donde lo que falta es ese propósito nacional para crecer, crear empresa para exportar, era su sueño.

El desarrollo se convirtió en el elemento determinante del destino de las naciones. Envuelve conceptos múltiples, que, al ser usada continuamente con diversos propósitos, se convirtió en un comodín, que muchas veces tiene un sentido inocuo. El desarrollo sirve como término de referencia que nos permite evitar continuas definiciones. Creemos entender su significación especifica en cada caso, y por eso nos referimos al mundo subdesarrollado, a países menos desarrollado, a los más desarrollados, con la esperanza de que las personas encuentren en su memoria los índices estadísticos que permitan colocar a cada país en su correspondiente casilla.

El hábito de poner el desarrollo como elemento definitorio de la condición universal de cada pueblo tiene un importante efecto promocional: el de convertir ese concepto del desarrollo en un objetivo de las energías nacionales. Aparece así que, sin ulteriores reflexiones, los pueblos pobres deberán buscar a cada costa su desarrollo, los países industrializados tendrán que mantener los índices de su crecimiento económico y las relaciones entre unos y otros estarán determinada por la cantidad de desarrollo transferible. Con razón uno de los últimos pontífices de la Iglesia Católica afirmó que “el desarrollo es el nuevo nombre de la paz”.

El desarrollo, esa meta obsesionante que desde entonces se considera indispensable conseguir, se estaba obteniendo con términos de comparación puramente internos, con prescindencia de los niveles de costos internacionales y sin una devaluación adecuada de la magnitud de los mercados externos. Surgieron así industrias que nunca podrían subsistir sino mediante un proteccionismo absoluto, o que, una vez obtenida la satisfacción de las demandas internas, estaban condenadas a un estancamiento mortal.

El desarrollo como objetivo no se puede eliminar. Sería aceptar una condición de empobrecimiento que además de crear una conmoción social continental, cambiaria ese destino hacia el progreso que los latinoamericanos creen haber conseguido ya como un derecho inalienable. El desarrollo tampoco se puede posponer. No hay posibilidad de diseñar un modelo de supervivencia sobre la base de un estancamiento. Porque los factores que se sitúan en el divisor seguirán creciendo, mientras que los únicos que permanecerían estáticos serían los del numerador.

El ímpetu del desarrollo hay que mantenerlo a despecho del mundo desarrollado. Hay que mantenerlo internamente, en nuestro país, como el arco toral que sostenga toda la estructura de la economía. Hay que impedir que la meta del desarrollo se distancie, se vuelva confusa o se considere como un objetivo inalcanzable o peligroso.

La disciplina del gasto, la ordenación de las inversiones, no pueden hacerse a largo plazo, tampoco a plazo mediano. La opinión pública no tolera esas dilaciones. El electorado en cada país ha perdido la costumbre de pensar elípticamente, o sea, de justificar el sacrificio de hoy en virtud del éxito del mañana. El futuro se ha hecho tan controvertible que no vale la pena ofrecerle ningún sacrificio.

Hay que romper el dilema de tener que escoger entre el capitalismo libertario, dogmático y a veces implacable, y el totalitarismo socialista, visionario, eficaz pero destructor de la dignidad humana. El primero, crea la libre empresa, estableció los sistemas jurídicos-liberales, el segundo, emplea la omnipotencia del partido único y la coacción estatal. Entre ambos debería brotar una tercera opción, de preservar la voluntad de la opinión pública e imponer, invocando la “razón de estado”, la disciplina social que involucre los propósitos a mediano y largo término y condujese al desarrollo.

Debemos rescatar los conceptos señalados como fundamento de toda posibilidad de desarrollo. Al público hay que familiarizarlo con el futuro. Y debe estar tan próximo como el propio apremio de la subsistencia. Pero esto, claro está, no se puede conseguir sino dándole entidad política a la “razón de estado”. ¿Pero cómo hacerlo orgánicamente, sin desafiar a los electorados y sin provocar amenazas contra la libertad?

Fuente: EL DIARIO

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